Primavera del 2020
Un laboratorio de ideas imaginado el futuro ¿qué sociedad nos quedará?
por Francisco José Súñer Iglesias

La ciencia-ficción es proclive a profundizar en los cambios sociales. Es un tema agradecido en el que no es necesaria más que la idea y dejar que la imaginación haga el resto, se pueden plantear grandes distorsiones del tejido social y echar a volar la imaginación intentando entrever que implicaciones tendrán éstas.

Así en, HUMANOFOBIA, de Joel Santamaría, se describe una Barcelona radicalmente transformada por la victoria en las elecciones europeas de un partido teocrático de corte maoista. Uno de los sucesos que provoca un cambio tan radical en Europa es la llegada de 300 millones, nada menos, de refugiados del Sahel y extremo oriente, huyendo de catástrofes naturales y humanitarias. La premisa es desaforada, no hay sociedad que aguante una alteración étnica y cultural tan radical, de ahí que esa Barcelona que describe sea totalmente irreconocible, sobre todo por la alteración de la geografía humana.

Yéndonos sólo un poco más atrás, y siguiendo con autores locales, Nicholas Avedon en la duología compuesta por 11,4 SUEÑOS LUZ y LÁGRIMAS NEGRAS DE BRIN incide en un tema parecido, la presión migratoria que sufre Europa desde África no solo cambia esa geografía humana, sino incluso la forma en la que la sociedad se organiza, ahondando en un sistema de castas con pobres, ricos... mundos virtuales e inteligencias artificiales. Lo más interesante es, sin embargo, la autoorganización de una sociedad desde cero en una nave generacional donde, en un principio, reina algo parecido a una cordial anarquía que acaba convertida en un estado policial y represor, con sus élites políticas y soterrados golpes de estado por el bien general.

El mejor retratista de los cambios sociales quizá fuera J. G. Ballard. Nos regaló unas cuantas obras donde relata como se empiezan desestructurando, destruyendo y reorganizando las sociedades cuando falla el principio rector que las rige. RASCACIELOS es la más significativa, un elegante edificio residencial acaba sumido en el caos y el tribalismo casi sin que los habitantes se den cuenta de ello, pese a la activa participación que tienen en el proceso, pero RASCACIELOS es más una alegoría exagerada. Sin embargo MILENIO NEGRO toca cuestiones que ya vimos en la crisis del 2008 y probablemente veremos reproducidas en las que nos espera: Chelsea Marina es un exclusivo barrio londinense habitado por altos ejecutivos y profesionales de éxito que viven al límite. Sus sueldos son altos, casi tanto como su estatus, y es precisamente ese casi lo que les lleva a la catástrofe. Una simple subida en los gastos de mantenimiento de la urbanización rompe el elevado, pero a la vez ajustadísimo presupuesto de casi todos ellos y Ballard desarrolla uno de sus temas favoritos: la destrucción del entramado social, la vuelta al salvajismo y la anarquía.

Probablemente no llegaremos a tanto, aunque también muy probablemente asistiremos a espectáculos lamentables. La desesperación no es un buen plan de vida y las consecuencias económicas que se desprenderán de esta pandemia llevarán a mucha gente a buscar soluciones por las bravas, cuando no a seguir liderazgos mesiánicos con remedios tan poco realistas como destructivos. No será la debacle y la destrucción de Occidente, como adelantan estas y otras novelas, y ya le gustaría a más de un gurú populista. Pero veremos cambios, aunque no hay forma de saber hasta que punto ni cuales se convertirán en nuevas pautas culturales, ni hasta cuando nos acompañará el trauma.

Por lo pronto todas estas medidas de distanciamiento social y la imposición de barreras físicas en forma de mamparas, guantes y mascarillas van a hacer del verano del 2020 el más extraño que se haya vivido en décadas. Desde luego en lo que llevamos en el siglo XXI. Los abrazos, los besuqueos, el apiñamiento en lugares públicos son vistos, de momento, con recelo y hasta miedo. Con matices, hay quien vive en el pánico más absoluto y a quien todo eso le importa un bledo. Pero esos extremos son algo muy natural, que garantizan la supervivencia de la especie. Por un lado, los miedosos tendrán pocas posibilidades de contagiarse, y por tanto sobrevivirán, mientras que los inconscientes que sobrevivan al contagio, se prestan a la selección natural iniciando una nueva rama genética resistente a la enfermedad.

Eso nos puede llevar a la organización de un sistema de castas muy particular. Se está hablando mucho de los pasaportes sanitarios que certifiquen que el individuo, al haberla pasado con o sin síntomas, ya no es un posible vector de la enfermedad. Tendríamos pues un grupo privilegiado de población que podría moverse libremente mientras que el resto estaría sujeto a serias restricciones, o como mínimo a vigilancia constante. Por el momento hay bastantes reticencias, al menos en Europa, a hacer algo semejante, por un lado por una simple cuestión de privacidad, y por otro porque aún no se comprende del todo como funciona exactamente el SARS-CoV-2, que está siendo una fuente inagotable de sorpresas.

La medida, en cualquier caso, tampoco es nada que no se esté aplicando actualmente. Si se va o viene de ciertas zonas del mundo donde enfermedades altamente contagiosas siguen siendo endémicas, existe la obligación de vacunarse e informar de esos desplazamientos.

Más allá de ese pasaporte se ha sugerido la necesidad de hacer un seguimiento exhaustivo de toda la población para controlar la difusión de la enfermedad. La idea es que, sabiendo los movimientos de los individuos es posible acotar la expansión del virus. Nuevamente chocamos con los derechos individuales, y la cantidad de información de nuestro ámbito privado que tenemos intención de ceder. Conocer donde está y con quien se relaciona cada individuo en cada momento es el sueño húmedo de cualquier régimen totalitario consolidado o en ciernes. En China ya están en ello con su Crédito social, de momento, en las democracias occidentales la idea causa bastante rechazo, pero denles tiempo, y si, será por nuestro bien.

Otro de los ganadores de ésta crisis ha sido el teletrabajo. Muchas empresas lo tenían como opción un tanto secundaria para sus directivos en desplazamiento o puestos de un interés relativo, o una forma de que sus empleados hicieran alguna que otra hora extra los fines de semana. Algunas tenían sus infraestructuras preparadas y afinadas de forma que apenas hubiera diferencias a la hora de trabajar, otras eran más restrictivas por cuestiones de seguridad, y muchas apenas disponían de un triste portal corporativo. La obligación de cerrar la empresa y dejar a los empleados en casa ha destapado todo tipo de casuísticas, pero principalmente que para las tareas puramente administrativas y de gestión, el presencialismo no es necesario, e incluso se han detectado aumentos de productividad. Como contrapartida, en muchos casos el trabajo se ha imbricado de tal modo con la vida familiar que no era fácil dejarlo de lado, ya sea por afán de acabar las tareas o porque no se han dejado los límites claros. Como la asignación de recursos tampoco se había pactado previamente las dudas surgieron por doquier: ¿quién paga la luz? ¿y las llamadas? ¿y la conexión a Internet? ¿Por qué tengo que usar mi ordenador particular? Y otro largo etcétera.

A futuro, las medidas de distanciamiento impedirán la ocupación plena de las oficinas, potenciando aún más la necesidad de teletrabajo. Las empresas tendrán que ir cambiando paulatinamente los PC de sobremesa por portátiles, dotar a todos sus empleados de móvil corporativo que se convertirá en su extensión telefónica a la vez que proporcionará la conexión a Internet (el inminente 5G ayudará) las infraestructura de red, en forma de redes privadas virtuales y escritorios remotos se harán comunes, en definitiva, se volverá al paradigma de cliente-servidor de los viejos IBM 3270 pero infinitamente refinado.

Otro escenario que se abre es el del nacimiento de una clase ociosa, pobre y mantenida por el Estado... y al escribir Estado me viene a la mente la palabra Partido, así, en mayúsculas. La crisis económica que se avecina y las medidas de carácter social que se pretenden poner en marcha, unidas al abaratamiento de ciertas forma de ocio, e incluso la legalización de ciertos tipos de droga, da pie a imaginar un sector de la población clientelizado y adormecido, dispuesto a no perder sus derechos votando, en las mismas condiciones y con el mismo valor, que la clase productiva. La palabra soma sobrevuela el ambiente.

Donde si veremos cambios de comportamiento, más allá de especulaciones más o menos ociosas, sea en materia sanitaria e higiénica. La importancia de la higiene estaba clara y consolidada desde mediados del siglo XIX, y gracias a ello las grandes pandemias bacterianas parecían erradicadas, y como las víricas no pasaban de ser bastante puntuales o relativamente leves, no se les tenía el mismo respeto. Sin embargo, hemos visto como aquella insistencia materna de lavarse las manos antes de comer, se ha extendido institucionalmente a las entradas y salidas de casas y comercios, y el agua y el jabón se han convertido en uno de los remedios más eficaces para contener la pandemia. Es casi seguro que veremos como el uso de las mascarillas en lugares públicos ya no será motivo de sorpresa. Hasta ahora se veían raramente, y si alguien las llevaba era a causa de muy graves problemas respiratorios. El resto de la población compartíamos gripes y resfriados con gran generosidad, y este toque de atención puede que a la larga tenga efectos positivos, y esas afecciones, si se generaliza el uso de mascarilla, también se contengan en gran medida.

Habrá más cosas que veremos cambiar, unas sutilmente, otras de forma radical. No hay forma de saber cuales y en que medida. Estos solo han sido unos poco y breves apuntes. Observemos atentos.

© Francisco José Súñer Iglesias
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