Primavera del 2020
Un laboratorio de ideas tratando los medios de comunicación
por Francisco José Súñer Iglesias

El género apenas se ha preocupado de la profesión periodística, más allá de dar protagonismo a una variada colección de reporteros dicharacheros buscando, sobre todo, la pista de formidables conspiraciones cósmicas.

No obstante la atención por la difusión y manipulación de la información ha sido ampliamente tratada, empezando por el gran grimorio de las manipulaciones: 1984, si bien Winston era más historiador que periodista, su labor no dejaba de ser la de contar una verdad adaptada a los intereses del partido.

Por lo general el periodista es tratado como una figura romántica, descubridor de conspiraciones y aireador de trapos sucios, como el Martin Seymour de ZENDEGI. También los hemos visto presionados y a punto de ser asesinados como Jane, la locutora de la ISN en Babylon 5, un papel pequeño, pero que evolucionaba durante la serie, empezando por recitar mecánicamente y con el adecuado entusiasmo las noticias que se redactaban en las cancillerías, y terminaba por demostrar que hasta los bustos parlantes pueden tener ética periodística.

Pero si alguien tenía claro como se comporta el mundo en este tipo de situaciones era John Wyndham. En KRAKEN ACECHA narra una invasión extraterrestre en la que, me autocito Los medios de comunicación son dibujados más bien como medios de desinformación. Exageran, minimizan, manipulan, ocultan... con el único objetivo de aumentar su difusión (ergo, los beneficios) La verdad pura y dura no importa, incluso se hace molesta, sin embargo, el sensacionalismo, el prestigio periodístico y la connivencia o ataque al gobierno de turno son el santo y seña de sus gestores.

¿Ha sido este el papel de los medios durante la pandemia?

Ha habido de todo un poco. Ciertamente se ha informado puntualmente de lo que iba sucediendo en China, al menos de lo que al gobierno chino le apetecía comunicar, de la expansión de la pandemia por Europa, por España y finalmente del largo periodo de confinamiento.

Los medios escritos, sobre todo los diarios electrónicos, han servido una enorme panoplia de puntos de vista, de modo que si usted quería organizarse su cámara de eco a la medida no tenía problema, elegía los cuatro o cinco medios afines y de ahí se podía nutrir hasta el empacho con loas o críticas a la labor del gobierno. Al gusto.

Con las radios pasa otro tanto, ¿qué quiere usted recrearse los oídos con Federico? Ahí lo tiene, ¿qué prefiere las diatribas de Julia? Tampoco hay problema, basta con buscar en el dial. Incluso dentro de la misma emisora, a distintas franjas horarias, es posible oír programas que cubren casi todo el espectro ideológico y crítico. Es lo que tiene la radio comercial, hay que contentar a todos y comer de todos, lo que además enriquece los puntos de vista.

Igualmente, decenas de medios alternativos, léase blogueros, tuiteros, youtubers, la gran mayoría desde un plano más amateur, también daban sus pareceres y distribuían entre su congregación la hoja parroquial correspondiente.

Pero las televisiones son palabras mayores. El poder de la caja tonta (que de caja ya no tiene nada) sigue siendo intenso. La media de cinco horas diarias de consumo de televisión durante el confinamiento son significativas: las explicaciones de entendidos y profesionales se han atendido atentamente, las ruedas de prensa de los expertos del gobierno disparando datos se han seguido con fervor, no tanto las de los gobernantes, que en algún caso alcanzaban la categoría de homilias. Se han visto intervenciones brillantes y auténticas mamarrachadas.

La polémica más agria se produjo cuando el 31 de marzo el gobierno destino quince millones de euros para compensar una parte de los costes de los prestadores del servicio de comunicación audiovisual de televisión digital terrestre de ámbito estatal, derivados de mantener durante un plazo de seis meses determinados porcentajes de cobertura poblacional obligatoria. En general, aquello se interpretó como una forma de engrasar la maquinaria televisiva para que no fuera decididamente contraria a la labor del gobierno. No hay forma cabal de afirmarlo sin temor a equivocarse, pero hay pautas que muestra una tendencia común en todas las cadenas grandes.

Informativamente había poco que hacer, más allá de dar el sesgo correspondiente a la noticia, 400 muertos son 400 muertos aquí y en Creta, que un general de la Guardia Civil declare en riguroso directo que se están investigando informaciones para minimizar el clima contrario a la gestión de crisis por parte del Gobierno no se puede tapar ni con toda la lava del Teide, que el presidente del gobierno se empecinara en dar por cierto datos que la fuente ya ha había corregido, por falsos, tampoco tiene mucha justificación. Es en el tratamiento, el cariño con el que se trata a unos y otros, y la orientación principal de cada cadena y cada programa lo que, a su vez, da mayor o menor sensación de independencia. En ese sentido, ha sido notable como, según avanzaba el tiempo, cada vez más comunicadores se atrevían a salirse del tiesto y plasmar su particular parecer sobre la evolución de los hechos.

En realidad el uso de esos quince millones ha sido el de suavizar el tratamiento general del confinamiento. Ha sido interesante seguir el mensaje que se quería enviar a la población. De una forma más que unánime todas las televisiones han tocando la misma melodía. El tonto entre triunfalista y melodramático con el se ha tratado la información estaba dirigido a crear un clima de moderado optimismo entre la población, de evitar que cayera la moral y que el populum asumiera mansamente que todo lo que se hacía era por su bien (que al cabo, es así), pero a la vez se disipara cualquier veleidad crítica. Ha sido continuo y sistemático el ensalzamiento de la labor del personal sanitario y de seguridad, se les ha elevado a la categoría de héroes, se han afeado comportamientos, que si bien eran perfectamente inofensivos (ya me contarán que mal hacía un señor haciendo flexiones en SU azotea) se salían del camino marcado. Esto ha sido así en todas y cada una de las televisiones.

El tratamiento de la muerte ha sido muy particular. Han sido muy contados los casos en los que se ha mostrado abiertamente las consecuencias, en forma de morgues, tanto permanentes como improvisadas, repletas de ataúdes a los que costaba dar salida. Apenas hay fotografías de los ataúdes acumulados en el Palacio de Hielo de Madrid ni otros lugares similares habilitados al efecto. Se informaba diariamente, si, el número de fallecidos, pero no se los mostraba, pero solo los de España. No han tenido el mismo pudor con imágenes de Guayaquil o Nueva York, por ejemplo. Este tratamiento contrasta con el que se dio en 2015 al niño Alan Kurdi. Pudimos ver su cadáver, postrado en la arena, desde decenas de ángulos, se nos machacó con aquello de forma casi pornográfica, con la intención evidente de enternecer los corazones de los arrogantes europeos para que se abriera la mano a los refugiados de la guerra de Siria. Sin embargo, han conseguido que solo se hayan visto unas pocas decenas con los ataúdes de nuestros compatriotas fallecidos. Significativo.

Otro tratamiento gráfico interesante fue el del 26 de abril, la suelta de los niños y el del 2 de mayo, haciendo deporte.

Mientras que la policía no reportaba una especial falta de civismo, los medios se empeñaron en mostrarnos una y cien imágenes de aglomeraciones. Excepto por algún caso evidente que se saltaba a la torera la letra, el espíritu y hasta la encuadernación del decreto, el resto de las imágenes eran de largos paseos y avenidas, con tomas que se perdían en la lejanía. A poco que ponga usted a cinco personas en fila, a esos dos metros recomendados, haga un par de ajustes con la distancia focal de su cámara, y refuerce la aparente aglomeración con una narración adecuada, tirando a lo melodramático, parecería que hordas de infantes dejados de la mano de dios por sus irresponsables padres habían invadido las ciudades. Quienes hayan tomado el metro de Madrid a la siete de la mañana saben lo que es una aglomeración, y lo que nos mostraban esas imágenes estaba tan lejos de serlo como Plutón del Sol.

De nuevo, lo más significativo eran las narraciones melodramáticas de los locutores y presentadores, las reacciones histéricas de opinadotes y todólogos comentando esas imágenes, y las ulteriores declaraciones de algún político haciendo insinuaciones respecto a las consecuencias. En ningún caso se nos ofreció una imagen global de la respuesta ciudadana ante la suelta, solo casos espectaculares de incumplimiento relatados entre grandes aspavientos. Llámenme exagerado, pero eso me estaba sonando a poner vendas antes de la herida, a tener de antemano la justificación para posibles medidas futuras que de otra forma serían mal recibidas. Para ser justos, el 3 de mayo ya se nos ofreció una estampa más relajada de la salidas de corredores y ciclistas, pero el mensaje ya estaba lanzado.

Estos son solo algunos ejemplos de manipulaciones más o menos sutiles orientadas no a ocultar los hechos, sino a procesarlos para crear el clima adecuado. Evitar que la desmoralización y el descontento crezcan, hacer creer a la población que las medidas tomadas eran las únicas y correctas, y en última instancia hacerla ciegamente partícipe de la aplicación de las mismas, cuando no convertirse en vigilantes de su estricto cumplimiento, era el objetivo. En gran medida, se ha cumplido.

© Francisco José Súñer Iglesias
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