Primavera del 2020
Un laboratorio de ideas entre cuatro paredes
por Francisco José Súñer Iglesias

A los autores de ciencia-ficción les encanta el aislamiento, ya sea en búnkeres subterráneos, ya sea en estaciones espaciales, tener a sus personajes encerrados entre cuatro paredes enfrentados a si mismos y entre ellos, les encanta, y si las condiciones exteriores son especialmente desfavorables, más todavía.

Aunque no sea precisamente ciencia-ficción, el más venerable precedente que recuerdo es EL DECAMERÓN donde una alegre pandilla de amiguetes que, visto que Florencia está apestada por la peste, deciden irse a una villa en el campo para evitar el contagio.

El aislamiento de poblaciones ha sido una práctica más o menos común durante la historia. El propio término de apestado es sinónimo de aislado, apartado. Sin conocer el mecanismo exacto, se sabía que el portador de una enfermedad la podía transmitir, así que en muchas ocasiones a los afectados se les apartaba, de ahí la creación de los lazaretos, lugares donde se recluía a los afectados por la lepra, o el cierre y sitio de ciudades infectadas para evitar que sus habitantes transmitieran la enfermedad o, a la inversa, impedir que los viajeros la trajeran hasta ella. Recordemos la tampoco ciencia-ficciónera LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA, (Edgar Allan Poe, Roger Corman) donde otro grupito de alegres fiesteros se aislan para evitar que la Muerte Roja llegue hasta ellos.

El primer caso de aislamiento dentro del género lo podemos encontrar en LA MÁQUINA DEL TIEMPO. Efectivamente, los morlocks se habían encerrado bajo tierra para escapar de la hecatombre de la superficie, y así les pasó lo que les pasó. Ya a partir de ahí nos encontramos con múltiples ejemplos de sociedades encerradas a cal y canto para evitar caer bajo los efectos de la radiación, enfermedades devastadoras y hasta invasiones alienígenas.

Pero si hay algo que diferencia a todos los encierros literarios y cinematográficos, es que en esta ocasión disponemos de la ayuda de la tecnología para que las penas, en compañía, sean menos. Nuestros autores favoritos describían deprimentes estancias grises y sin casi entretenimientos, o bien se iban al extremo opuesto, con ciudades enteras, con su vidilla, pero sin que sus habitantes tuvieran conciencia de que había algo más allá de las cuatro paredes, como pudimos ver en CITY OF EMBER, novela de Jeanne DuPrau, película de Gil Kenan.

En este caso no, no solo estamos informados segundo a segundo de lo que ocurre ahí fuera sino que además el entretenimiento, el trabajo y la interacción personal están garantizados. Kevin O´Donell Jr. se acercó mucho a este escenario en ORA: CLE, aunque allí se trataba de no dejarse ver demasiado por unos alienígenas bastante irritables.

Es decir, vivimos un aislamiento de lo más relajado en el que todos, desde pequeños a mayores están convirtiéndose en unos formidables expertos en configurar Skype, hacer funcionar esa webcams que, desde el desembalaje del portátil habían permanecido tapadas con un papelito (y a todo esto los móviles con cámara frontal y hasta cuatro posteriores vigilándonos en silencio), y retransmitir memes por el WhatsApp.

Las operadoras han puesto a disposición de sus clientes y no-clientes (altruistamente, pero con la para nada inconfesada intención de captarlos cuando esto acabe) casi todo su catálogo de series y películas de forma gratuita, han disparado la oferta de gigas, y el gobierno ha prohibido desconectar a los morosos (pero de perdonar el IVA, nada).

De hecho la primera semana fue un festival de llamadas, intercambio de memes y conversaciones atropelladas. La verdad es que el asunto era bastante sugestivo. Como decía uno de esos populares memes Para una vez que puedes salvar el mundo tocándote los cojones, ¡no la cagues! haciendo referencia a que era la inacción el mejor método para sortear la pandemia. De modo que la novedad tenía a todo el mundo sobreexcitado. Nada parecido a lo que estamos acostumbrados a esperar: paranoia, terror y ansias por encerrarse.

Además tampoco es un enclaustramiento estricto, se pueden dar breves paseos sin miedo a que te coma un zombi o caer fulminado por la radiación, eso si, como las fuerzas del orden requieran la causa y ésta no esté lo suficientemente justificada podemos volver a casa con un multazo en el bolsillo o, si no se ha tratado de una conversación respetuosa, acabar en el cuartelillo prestando declaración. Se puede pasear al perro, ir a la compra sin necesidad de terciar el fusil ni afilar la katana, llevar viandas a los yayos y ver como están, aunque el surrealismo de las conversaciones desde el descansillo todavía no esté todo lo estudiado que se merece.

Estamos ante un enemigo que, por lo general, da la cara de una forma tan vulgar, (eso que se da en llamar malestar general) que nadie ha tenido la necesidad de salir corriendo para quitarse de la circulación, al contrario, el confinamiento ha sido acogido con cierta incredulidad, escepticismo y una imposición bastante molesta. Tiene más de toque de queda que de reclusión real.

Obviamente no todas las circunstancias son las mismas. Quienes se vean obligados a compartir unas pocas decenas de metros cuadrados con cuatro personas están más cerca de los relatos apocalípticos que aquellos que disfrutan de casita con jardín, piscina, y tres plantas con garaje. De momento la novedad puede con casi cualquier cosa, pero según avance el tiempo, las cosas irán cambiando.

Para mal. Seamos serios, hasta ahora habíamos jugado la baza optimista, pero hay que dejarse de tonterías y trabajar en el escenario pesimista: lo vimos en China y lo palpamos en Italia, estos confinamientos no van a ser de semanas, sino de meses, al menos un par de ellos, a los que seguirán algunos más con serias restricciones de movimientos.

En mayo, tras casi seis semanas y unas estadísticas desalentadoras, las cosas ya no serán tan divertidas.

© Francisco José Súñer Iglesias
(961 palabras) Créditos