Primavera del 2020
Un laboratorio de ideas enfrentado a la realidad
por Francisco José Súñer Iglesias

Que en el artículo de la semana pasada hablara de la ciencia-ficción como laboratorio de ideas fallido fue pura casualidad, hacía meses que tenía escrito un boceto y solo a finales de febrero me dio por completarlo.

En él ponía un tanto en solfa la capacidad predictiva y organizativa de los experimentos literarios. Una de las causas principales es que la mente de un solo autor no puede abarcar todos los escenarios que se plantean en una situación real.

Por ejemplo, hasta donde yo recuerdo ningún autor ha sido capaz de preveer que escasez marcará la desaparición de la civilización occidental. La crisis del COVID-19 lo ha expuesto con descarnada crudeza: el papel higiénico.

Aunque en los primeros días de histeria se encontraba en los lineales algún bote de cardo en conserva, bandejas de hamburguesas de pavo, y alguna que otra coliflor mustia, el papel higiénico desapareció por ensalmo. A ningún autor se le pasó eso por la cabeza.

Otrosi digo, mientras que conservas y productos empaquetados desaparecieron a la misma velocidad que el papel higiénico, en pescaderías, carnicerías, charcuterías y fruterías, los productos frescos esperaban pacientes a que alguien fuera a por ellos.

Por supuesto que aún no era una situación desesperada, y que solo se trataba de hacer acopio de productos que se conservaran con facilidad y que aguantaran de sobra las semanas que se vaticinan como más complicados.

Porque otra característica particular de este Apocalipsis zombi es que el COVID-19 es bastante vulgar. Como patógeno solo tiene la virtud de ser altamente contagioso, especialmente reticente en molestar a su anfitrión, hasta quince días en mostrar los primeros síntomas, y no demasiado virulento a no ser que el damnificado tenga el sistema inmunitario bastante deprimido. Si se piensa es un virus inteligente. Se propaga con rapidez, se esconde con paciencia, se hace relativamente poco molesto y no destruye, salvo los casos indicados, a su portador.

Generalmente las epidemias que se narran hablan de todo lo contrario, virus que dan rápidamente la cara, con unos síntomas espectaculares y altísimas tasas de mortalidad. Como se está demostrando ese tipo de virus no llegaría ni a la vuelta de la esquina. Si el COVID-19 hubiera tenido una sola de estas características, todas las medidas de clausura y blindaje de fronteras internas y externas estarían en marcha desde hace semanas. Si bien con el ébola no se llegó a ese extremo, hay que tener en cuenta que el flujo de viajeros desde y hacia los países donde se produjeron y producen los focos más importantes es mínimo y fácilmente controlable. China, por el contrario, es la fábrica del mundo, y poco de lo que suceda allí no va a tener repercusión a nivel mundial.

Otra cuestión que pocas veces se plantea es como se transmiten realmente las pandemias. Los mecanismos son conocidos desde hace años y están bien estudiados, pero nuevamente el COVID-19 nos ha sorprendido con un método tan poco novelesco como eficaz, por simple contacto y/o proximidad descuidada. En múltiples obras se nos ha mostrado como el virus se propagaba de forma elaborada y semisecreta. No es necesario, un simple apretón de manos y listo.

Tampoco hemos visto que políticos y militares hayan actuado con presteza y eficacia. Si bien los segundos dependen de las órdenes de los primeros, éstos han estado, como se dice en España, cagaleando durante muchas semanas más pendientes de sus propios intereses políticos (que traducido significa ego desmesurado, arrogancia ilimitada, ansias de poder y sabroso sueldecito a costa del erario público) que de pensar en soluciones y planes de actuación por si la cosa llegaba hasta aquí.

Así pues, de todos esos planes de contingencia y juegos de guerra ni rastro. Nada. No hay nada más inane, miedoso e irresponsable que un político que ve como una decisión puede acabar echándole de la poltrona, de modo que de todos esos personajes fuertes y decididos que marcan muchas de las pandemias literarias no hemos tenido noticia, y a los pocos que se mostraron beligerantes al respecto se les desacreditó y silenció hasta que la situación fue incontrolable.

¿Y de los informadores qué decir? ¿Dónde estaban esos reporteros intrépidos que deshacían conspiraciones y sacaban a la luz los sucios manejos de los políticos para tapar las epidemias? Pocos se han atrevido a decir con claridad lo que sucedía e iba a suceder. En España los medios están colonizados, cuando no dirigidos, por una generación de periodistas de corte progresista, que ya sea por afinidad, ya porque viven extasiados con los actuales partidos en el gobierno, se dejaron el ardor periodístico en casa, cuando no han atacado con virulencia a todo el espectro de la derecha y servido de vehículo al descrédito y acallamiento del que hablaba antes.

En una cosa que si aciertan los cineastas y literatos es poner en boca de los conspiranóicos y ocultistas la información más clara y veraz. Uno de los pocos periodistas que en España se ha mostrado realmente agorero ha sido Iker Jiménez. ¿El problema? Que su especialidad es el misterio y las cosas raras, algo así como Los pistoleros solitarios de Expediente X. Lógicamente, pese a tener un nutrido grupo de seguidores, no se le toma muy en serio.

En cualquier caso, siempre hay quien sabe leer con claridad la sociedad que le toca vivir y como reaccionará ante este tipo de circunstancias, en KRAKEN ACECHA, John Wyndham hace un retrato bastante pegado a la realidad de la reacción de políticos, periodistas y ciudadanos en general ante una invasión alienígena. No es una epidemia vírica, pero los retratos son francamente realistas.

Es más que probable que durante las próximas semanas el artículo de portada del Sitio se convierta en una especie de bitácora de mi propio encierro. Indudablemente, voy a tener muucho tiempo para escribir.

O no.

Ya les contaré.

© Francisco José Súñer Iglesias
(976 palabras) Créditos