Es cierto, no toda historia de ciencia-ficción debe incluir necesariamente la violencia. Pero es de las primeras cosas que se nos viene a la cabeza cuando escuchamos el nombre del género. Más aún si se trata de space-opera; ahí sí que esperamos ver a los protagonistas disparando sus pistolas láser y a las naves espaciales haciendo uso de sus rayos de la muerte. Es uno de los estereotipos de la ciencia-ficción, sin duda, pero es más que eso. Es uno de esos elementos nostálgicos que nos transporta a un tiempo donde la ciencia-ficción no aspiraba a ser más que una aventura de capa y espada ambientada en una lejana galaxia o en las planicies de Marte.
Hoy, por supuesto, no basta con imaginar algún dispositivo aniquilador, y con un nombre que le haga honor a su capacidad mortífera. La ciencia-ficción contemporánea exige verosimilitud. Se trate de las bombas atómicas que reducirán nuestra ciudad a cenizas radiactivas, o los cañones de plasma con los que defenderemos la estación espacial, el adjetivo atómico
o plasmático
ya permite vislumbrar la naturaleza física del poder destructivo de nuestro arsenal.
Muchas historias no tienen mayores pretensiones de rigurosidad científica y con eso les basta. Las palabras técnicas asociadas al armamento en cuestión constituyen algo así como una invocación mágica y el lector debe hacer un ejercicio de suspensión de la incredulidad para no persistir en preguntas acerca de cómo funcionan esos artefactos. De hecho, en el ámbito de la tecnología bélica es mucho más frecuente apelar a este recurso, la suspensión de la incredulidad, qué en otros temas, como la propia ingeniería espacial o la física de los viajes interplanetarios. Por alguna razón parece haber más información sobre cómo viajar al otro lado de la galaxia y mucha menos sobre como hacer estallar una nave enemiga.
Sin embargo, si se trata de ciencia-ficción dura las exigencias se incrementan. Ya no se puede apelar a la mera complicidad del lector. Es necesario que las especulaciones no solo parezcan razonables, sino que lo sean, fundamentadas en el conocimiento científico contemporáneo (ver aquí entrada sobre ciencia-ficción dura y blanda).
En primer lugar, desde siempre, está el láser; el arma favorita de la ciencia-ficción. ¿Es realmente tan fabulosa? Su gran ventaja es que se mueve a la velocidad de la luz, lo que sería útil en largas distancias, como en una batalla entre flotas espaciales separadas por miles de kilómetros. Pero en el caso de combate personal esa característica se vuelve irrelevante; una bala o un láser resultan igualmente difíciles de esquivar.
El principal problema con los láseres es que están hechos de fotones y estas partículas no tienen masa. Por lo tanto, el daño que pueden provocar se basa en la radiación, principalmente en forma de calor, que puedan producir al momento de impactar un objetivo. Eso significa que se requiere mucha energía para poder producir un láser con la intensidad necesaria para poder ser considerado como un arma efectiva. Esto a su vez implica la necesidad de generadores o baterías de un tamaño que los hacen inviables como arma portátil. Además, el aire y los mismos vapores producidos por las quemaduras del láser hacen que se disperse parte de su potencial destructivo, debido a que los fotones chocan y rebotan contra las partículas en suspensión.
En el vacío la situación es más favorable. Ya sea que se trate de torretas defensivas o fragatas espaciales, un láser puede ser una opción, en principio. Aquí el problema es que no es difícil elaborar contramedidas. Superficies reflectantes y nubes de partículas pueden reducir la potencia del haz de fotones hasta convertirlo en un puntero para jugar con el gato. Otra posibilidad es un blindaje reforzado con fibras superconductoras capaces de desviar el láser e irradiar el calor producido desde una amplia superficie. Esa tecnología ya existe y se usa para enviar haces láser de un continente a otro vía cables submarinos.
Por lo tanto, el láser presenta diversas dificultades que lo hacen poco atractivo como opción ofensiva. En los ejércitos de hoy en día se usa principalmente para determinar distancias y marcar objetivos, y como mucho, para derribar proyectiles enviados por el enemigo (o sea, como un arma defensiva). Es posible suponer que en las naves espaciales del futuro siga cumpliendo estas mismas funciones, pero difícilmente llegue a convertirse en los dispositivos de destrucción masiva que solemos observar en el cine.
Cabe mencionar, además, que si los láseres fueran usados en combate estos no se verían como rayos luminosos de diferentes colores. Es más, no se verían en absoluto. Primero, porque el haz está hecho de luz, y por lo tanto solo puede observarse reflectando en las superficies donde impacta. Cuando un láser puede verse como una línea de color (y el color dependerá de la longitud de onda en que está siendo emitido) es porque hay gas u otro tipo de materia donde los fotones están impactando, y por lo tanto significa que el rayo está perdiendo energía, lo que es una mala noticia si se quiere usar tanto para aniquilar algún objetivo como para apuntar la pizarra de clases.
