La persona, el personaje: Orson Scott Card
por Francisco José Súñer Iglesias

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo.

Evelyn Beatrice Hall transmutada en Voltaire.

Más allá de EL JUEGO DE ENDER, la producción de Orson Scott Card me ha interesado muy poco. La lectura de la soporífera ENDER EL XENOCIDA me alejó para siempre de su obra, a la que solo volví al poco con un EL MAESTRO CANTOR, siempre al borde del empalago, que no me convenció para volver a intentarlo. En es sentido soy un rara avis. Card no ha dejado de vender libros, sigue siendo uno de los autores más relevantes del género y, pese a que por lo visto su producción ha decaído en calidad en las últimas décadas (¿De verdad?), sigue suscitando interés y mantiene una legión de fieles lectores.

Más allá de su calidad como literato, lo que llama la atención de Card es que en estas últimas décadas también se ha radicalizado y sus ideas respecto a ciertas cuestiones sexuales y administrativas se han enrocado hasta extremos que para mucha gente son insoportables. Por resumirlo mucho, es fervientemente contrario al matrimonio homosexual y sus opiniones al respecto son, por describirlas suavemente, bastante reaccionarias.

Pero tampoco hay que sorprenderse demasiado. Hubo quien en su momento se asombró hasta extremos inconcebibles cuando estas opiniones de Card se hicieron públicas, o más bien publicadas. Todos sabíamos desde el minuto cero, lo ponía bien clarito en las biografías de las contraportadas, que Card es un piadoso mormón. Los mormones tienen un rígido sentido de la moralidad, y todo lo que transcienda a ella es pecado. Los mormones creen que el cuerpo es un don de Dios que hay que mantener puro y virtuoso, tienen prohibido el tabaco, el alcohol, el café, el té, y las drogas, por supuesto, el sexo se limita exclusivamente al matrimonio y con estrictos fines reproductivos. Hasta tienen reglado el tipo de ropa interior decente que deben usar.

De hecho, cuando leí EL MAESTRO CANTOR, y de eso hace ya veinte años, lo que me chocó fue precisamente la visión laxa que daba sobre las ambiguas relaciones afectivas de Ansset con amos y compañeros. La clave, al parecer y hasta donde tengo entendido, es que los mormones no tienen mayores problemas con la homosexualidad, no les importa que usted lo sea... siempre y cuando mantenga las manos quietas y a la vista. Su problema es más con el sexo que con las apetencias, si las controla, bien, incluso puede ser miembro de la Iglesia (de lo Santos de los últimos días), si no, mal, no tiene cabida entre ellos. En ese sentido, creo que tenemos claro que Card es un mormón ortodoxo, y por tanto conservador, muy conservador.

Pues bien, resulta que para la edición del festival Celsius 232 de 2020, se ha anunciado la presencia de Card, y ha faltado tiempo para que se haya organizado un enorme revuelo criticando duramente su presencia en tierras asturianas, hasta el punto de exigir imperiosamente a la organización su retirada de la lista de invitados.

Al igual que Card es muy libre de pensar lo que le de la gana, quienes piensan lo contrario está en su derecho de decir que está profundamente equivocado, pero nos metemos en terrenos pantanosos cuando se sugiere, y ya no digamos se exige, que sería mejor prohibir y acallar a según que autores por sus ideas en ámbitos que no tienen nada que ver con el objeto de su convocatoria como tales autores.

La organización del Celsius 232 ya ha dicho que lo suyo es un festival de carácter literario, que a eso se van a ajustar conferencias y debates, y que no van a ceder a ningún tipo de presiones. En el comunicado hay un par de interesantes aclaraciones más. Una de ellas es que si en este tipo de reuniones priman criterios extraliterarios, quienes ganan son autores poco relevantes y de un interés marginal, ocupando el lugar que dejan autores brillantes, pero ideológicamente heterodoxos desplazados sin importar su calidad e importancia dentro el género.

Otra, aunque de forma un tanto lateral, es que si alguien no le gusta o no está cómodo con los criterios de la organización, no está obligado a asistir al festival, que el festival es propiedad de la organización, que lo monta con sus propios criterios y objetivos, y que nadie tiene el menor derecho a apropiárselo e imponer los propios.

Es muy de agradecer esa actitud porque de lo contrario volveríamos a los tiempos negros de la represión y la censura, del Comic Code o del Nihil Obstat, donde solo aquellos autores certificados con obra vida y milagros moral y/o éticamente conformes puedan ser publicados, leídos y hasta nombrados. Peor todavía, que cualquiera que se sienta menoscabado en sus derechos y dignidad, más allá la protesta legítima, se crea con la potestad y el privilegio (que no derecho) de coartar la libre expresión de terceros incluso, y es aquí donde está el verdadero peligro, sobre temas que nada tienen que ver con el motivo de su señalamiento.

Resultaría ridículo, de no ser preocupante, que la mejor forma que hay de prevalecer es la de imponer, no la de persuadir. Ni la moral mormona ni la liberal tienen el menor derecho de imponerse a nadie porque si, el proceso debería ser el diálogo (tan de moda ahora) el debate, y el convencimiento, aparte de elegir los foros adecuados, no aquellos que nada tienen que ver con la naturaleza de la discordia.

Además, una cesión abre un camino muy peligroso por cuanto se crea un precedente en el que apoyarse para evitar la presencia de algún autor que, por cualquier motivo, sea molesto. De atender todas las peticiones, finalmente la lista de cédulas de pureza ideológica que debería presentar un creador para ser universalmente aceptado como persona, simplemente como persona, sería tan larga que se convertiría en un despropósito elevado a la enésima potencia.

© Francisco José Súñer Iglesias
(984 palabras) Créditos