Michael A. Stackpole, el churrero de la ciencia-ficción
por Antonio Santos

Cuanto más he leído de este señor es su nombre en lo que parece ingente cantidad de libros de temáticas de género pero distintas colecciones. Desde ampliaciones de juegos de rol a Star Wars, imagino que también Star Trek si se tercia, y cualquier añadido del sword-against-sorcery que el editor de turno considere oportuno.

¡Aclamemos al versátil autor! Es como un jeep: todoterreno que transita las escabrosidades de los argumentos citados a voleo y a los que se adapta con capacidad líquida, más que plástica habilidad. Tanto le da escribir sobre bárbaros rompecráneos que de Jedis con tendencias Sith o trekkies confusos con la talla de su pijama espacial. Lo aborda sin problemas. Su truco: tiene una máquina similar a la del churrero. Pero en vez de arrojarle masa, le echa pasta de papel y un par de diccionarios con rimas concluyentes, gira la manivela un rato y, he voilá! novela del tema sugerido. ¿Misterio? ¿Complicación? Ninguna.

Esto justifica que sea tan prolífico. No sé cuánto ganará un escritor como él. Parece que bastante. Hasta supongo tendrá un hueco preferencial en las convenciones, donde lo asaeteen a preguntas tontas los freakies acostumbrados a torturar así a los profesionales inmersos en la movida. Demandas idiotas sobre disfraces y relaciones o concordancias poco concordantes, personajes muertos que no encajan luego con una futura referencia. Hasta pueden tenerle un reverente respeto, porque ha estampado su firma en la Leyenda. Ha participado en su ampliación. Alguna de sus ideas hasta pueden verse reflejadas ora el juego, ora la película, ora el cómic adaptando no sé qué.

La actividad de Stackpole no es deshonrosa, dentro de la Literatura. Tiene cientos de precedentes. Les contratan por su talento camaleónico y capacidad para ofrecer una sabrosa comida rápida, mas no alimenticia. Un ejemplo magnífico a citar: Lin Carter y Sprague De Camp. Tenían algo propio, de escasa repercusión; sólo subiéndose al coche fúnebre de los apuntes que Robert E. Howard dejó sobre Conan, han pasado a la Leyenda.

Estos escritores surten las librerías y las querencias de los aficionados desde un competente pero plano/inocuo estilo literario cuya fuerza radica en eso: su versatilidad. No tiene complicaciones, carece de personalidad, se moldea al encargo sin dificultad. Stackpole nunca dejará una obra que le inmortalice por las cualidades que sí hacen Legendarios a los escritores que definimos como Clásicos; entre ellas: emplear las palabras para causar emociones.

Son Clásicos porque abordaron un tema tabú, o la bordaron con un llamativo estilo genuino, un uso particular de la prosa (o el verso). Nos animan a ser únicos, individuos, sujetos. No masa. Y, sin embargo, los editores matan (carreras literarias) por tener impersonales escritores/camaleones en nómina que no aporten realmente nada a las Letras. Parecieran temer el individualismo literario. El carácter. La firma. El Estilo. ¿Por qué? Debe ser, en el fondo, doloroso ser Stackpole, comprendiendo todo esto.

Los que amamos las Letras me entenderán enseguida. Los que agradecen las grandes descripciones y personajes, los párrafos epatantes, las urdidas analogías, la greguería, el barroquismo en prosa. Vamos a encontrar en Stackpole (hay más como él; de vez en cuando, una Firma de Renombre aporta un texto porque es un capricho personal, a la vez que un intento del editor por prender a lectores exigentes) a alguien que llena el buche en plan comida china. Dentro de dos horas: volverás a tener hambre.

Dignifico su esfuerzo; ya digo, muy constante y diversificado. Pero condeno su falta de estilo. Personalidad. Corre el riesgo de ser mencionado en el futuro como un activo juntaletras con cierto donaire. Mientras, tirados como Edgar Rice Burroughs, o Lester Dent, seguirán marcando estilo y recuerdo. Generando comentarios.

© Antonio Santos
(613 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 31 de julio de 2016