Leonov
por Luis del Barrio

Entre la vorágine informativa de octubre de 2019 (repetición de Elecciones Generales en España, Elecciones en Argentina, Brexit, disturbios en Honk Kong, Barcelona, Ecuador, Bolivia, Chile...) pasó desapercibida la noticia del fallecimiento el 11 de octubre de uno de los héroes más significativos de la exploración espacial.

Alexei Leonov fue el primer humano en realizar un paseo espacial, o más técnicamente: Actividad extravehicular, EVA. Dicho así suena sencillo, o al menos todo lo sencillo que puede ser un ejercicio de este estilo, pero lo que rodeó al evento es digno de ser relatado una y otra vez porque, desde los preparativos, hasta el regreso a la Tierra, es una de las aventuras más alucinantes que ha protagonizado un ser humano. De hecho, fue una auténtica Odisea espacial.

La Vosjod 2 estaba al mando de Pavel Beliayev, siendo Leonov el copiloto. Por lo pronto las perspectivas no eran nada buenas. La idea era que desde la cápsula se extendería una cámara de presurización plegable, que permitiera salir a Leonov sin necesidad de perder la climatización de la cápsula. El primer ensayo sin tripulación, llamado Cosmos 57, salió bien, excepto por el pequeño detalle de que la reentrada en la atmósfera fue un desastre. Se hizo otro ensayo posterior, la Cosmos 59, que fue un éxito, excepto por el, de nuevo, pequeño detalle de que esta vez no se trataba de una cápsula Vosjod sino de una Zenit, basada en la vieja Vostok, es decir, el sistema funcionaba pero no se tenía la seguridad de que lo hiciera donde y cuando debía.

Pero como estábamos en plena carrera espacial, y los yankis podían apuntarse el tanto en breve (de hecho, tres meses después), el lanzamiento de la Vosjod 2 se efectuó según lo programado el 18 de marzo de 1965. Todo salió bien hasta que, en pleno paseo, Leonov vio como su traje espacial se hinchaba debido a la descompensación de la presión interior, comprobando estupefacto que ya no cabía por la escotilla de la cámara de presurización. En vez de dejarse llevar por el pánico, primero apagó la radio, para evitar que el nerviosismo de control de tierra se le contagiara, solucionó el problema dejando escapar algo de aire, y al fin pudo entrar en la cámara. Ahí se encontró con un nuevo problema: la escotilla exterior no se cerró automáticamente y tuvo que hacer un ejercicio de contorsionismo, con el traje medio hinchado y en un espacio mínimo, para darse la vuelta y cerrarla manualmente.

Pero no habían acabado las complicaciones. Debido a toda una serie de problemas con los controles de la nave la reentrada tuvo que hacerse en manual, afortunadamente los paracaídas de la cápsula funcionaron bien y aterrizaron sin problemas... a 400 kilómetros del punto previsto, en mitad de los Urales y en pleno invierno.

Mientras control de tierra hacía lo indecible por localizar la ubicación de la cápsula, porque la baliza de localización también se había estropeado, Beliayev y Leonov se enfrentaron a otro dos peligros, a cual más ridículo, o alucinante, según se vea. Acababan de llegar del frío del espacio exterior, donde habían sobrevivido bien protegidos por los sistemas de soporte de la cápsula, pero ahora se encontraban en mitad de ninguna parte, con esos sistemas averiados por el aterrizaje y a una temperatura de muchos grados bajo cero.

Eso no dejaba de ser una molestia, ¿Qué ruso no está acostumbrado al frío? Los rusos puede que si, pero el cuerpo humano no, y si no les rescataban a tiempo esa molestia se convertiría en una más que probable causa de su muerte.

La otra amenaza era la avifauna local. El paraje donde había caído la Vosjod 2 estaba plagado de osos despertando de la hibernación buscando su desayuno y lobos hambrientos para los que Leonov y Beliayev serían bocato di cardinale. Para defenderse, sólo disponían de la pistola de 9 mm que todos los pilotos de combate rusos llevan en dotación del equipo de emergencia. Por fortuna, un helicóptero de rescate avistó los paracaídas prontamente e informó de su ubicación... pero también de que no podía aterrizar porque era zona boscosa y no había un lugar adecuado para hacerlo en las cercanías. Así que se les lanzó unos cuantos paquetes de supervivencia a la espera de que un grupo de rescate pudiera llegar hasta ellos... esquiando.

Finalmente Belieyev y Leonov pudieron regresar a casa sanos y salvos.

Leonov acabó de director del Centro de Entrenamiento de Cosmonautas Yuri Gagarin, y debido a su mala experiencia, impulsó la creación de un arma muy particular que equipo las expediciones soviéticas y rusas al espacio hasta hace bien poco, la TP-82, un arma de tres cañones, convertible en machete, que hacía la función de pistola de señales, arma de caza y defensa personal, aunque solo estaba concebida para usar en tierra en caso de se volviera a repetir uno de esos accidentados aterrizajes rodeados de lobos y osos.

No se hasta que punto la película GRAVITY, de Alfonso Cuarón está inspirada por esta aventura, no obstante, los rusos han rodado recientemente, de mano de Dmitriy Kiselev su versión de los hechos, en occidente la película se ha titulado SPACEWALKER.

© Luis del Barrio
(864 palabras) Créditos