El futuro en que vivimos, 28
Obsolescencia programada
por Francisco José Súñer Iglesias

Hace diecisiete años publiqué un artículo en el que despotricaba de forma virulenta contra la obsolescencia programada.

Pero he cambiado de forma de pensar.

Si, no se asombren, es posible.

Cambiar de forma de pensar, quiero decir.

Ahora creo que si bien existe ese concepto, los malvados fabricantes no manufacturan sus productos con ello en mente, la cuestión es más compleja que el simple intento de sacar los cuartos a sus clientes una y otra vez. Que también, pero no como único objetivo.

Por no hablar de la responsabilidad del propio comprador.

Ocurre con cierta, notable, frecuencia que al comentar la compra de algún producto o servicio alguien nos pondrá sobre la mesa un producto o servicio de características similares pero mucho más barato, e incluso en ocasiones se permitirá dudar de nuestra inteligencia por no haber sido capaces de buscar el chollo de turno y, en vez de ello, gastarnos nuestros dineros de una forma tan despreocupada. De hecho lo extraño es que durante el proceso de decisión de compra no busquemos previamente el producto o servicio menos costoso. Hay multitud de estudios al respecto y, a no ser que el consumidor tenga un presupuesto holgado o una querencia especial por una marca en concreto, el precio es uno de los factores más influyentes en las decisiones de compra.

Por tanto, fuera del mercado del lujo, los fabricantes deben tener una gama lo bastante amplia de productos para cubrir todas esas necesidades, lo que nos lleva a dos cosas: abaratamiento de los costes de producción y deslocalización, pero hoy no hablaré de la segunda.

Abaratar costes implica elegir materiales más económicos, aligerar el proceso de fabricación y levantar la mano todo lo que la legislación permita en el control de calidad. Así, una lavadora en vez de fabricarse con chapa de 10 décimas (de milímetro) de espesor lo será con chapa de 6 décimas, todo el metal que se pueda sustituir por plástico lo será, donde el artefacto se sostenga con solo dos puntos de soldadura no llevará más, en vez de controlar el buen acabado de una de cada cien unidades salidas de la cadena de montaje solo se controlará una de cada mil.

Y así el consumidor tendrá una lavadora por, digamos, 250 euros en vez de los, supongamos, 600 que podría llegar a costar con materiales de mayor calidad y procesos constructivos más minuciosos. El consumidor estará encantado con su chollo, pero no deberá esperar milagros a largo plazo.

Otro factor determinante es la famosa innovación. ¿Quién no ha exhibido orgulloso el último artefacto lleno de maravillosas novedades, por el momento, exclusivas? La oferta de prestaciones y características que rozan la extravagancia, significa que el fabricante fuerce los procesos de fabricación hasta límites absurdos, y ponga en nuestras manos artefactos tan formidables como frágiles, pensados más en la exhibición que en un uso intensivo. El consumidor entra a su vez en el juego de la oferta y demanda de aparatos cada vez más complejos, con más megas, pulgadas y pixeleres que impulsa al comprador a deshacerse de su aparato cuando éste sigue siendo perfectamente funcional.

El ejemplo de la empresa Vertu es significativo. Se dedicaba a fabricar teléfonos móviles de lujo (hasta 30.000 euros por sus topes de gama) chapados en oro, con pantallas de zafiro y teclas de diamantes. Pero quebró en poco más de diez años. Un Rolex de cuarenta años se sigue cotizando casi como el día que se fabricó gracias, sobre todo, a que su sencillez funcional lo hace eterno, pero un móvil de 2005... por mucho que en su momento costara 12.000 euros, fuera de un museo no sirve más que para reciclar las piedras preciosas y los chapados de metales nobles. La naturaleza del smartphone hace que en un par de años esté muy lejos de ser tecnología punta, y por muy lujoso que sea un móvil, si el sistema operativo no ha pasado de la versión 1.0 y es imposible hacer funcionar el güasap no sirve de nada. Incluso a los milmillonarios pagar 30.000 euros cada dos años por un móvil les resulta una idiotez (a no ser que desgrave, recordemos que son milmillonaros porque no son gilipollas). Por poco más de 1.000 pueden cambiar cada año entre los tope de gama de diversos fabricantes, porque recordemos, lo que vende de un móvil es la novedad, lo que es capaz de hacer, y no lo extravagante que sea. Quizá cierto tipo de mafiosos dados al oropel no piensan igual, pero sospecho que no representan al consumidor medio del mercado de lujo.

Piense en las veces que ha cambiado de móvil en los últimos años. La media viene a ser esos dos años de los que he hablado. Y no porque el aparato haya dejado de funcionar, muchos de los problemas vienen dados por un mal mantenimiento (todas esas fotos que nunca se copian y menos aún se borran, esas apps que instalan despreocupadamente y nunca se usan, esos ciclos de carga de batería infernales) que por la calidad constructiva del aparato.

Mi móvil actual (smarfon, of course) tiene cinco años, y sigue funcionando igual de bien que cuando se lo regalé a mi mujer (aunque está al borde de la jubilación, porque lleva un año pidiéndome que le regalé el sustituto del que sustituyó al mío, que sustituyó a su vez a otro más antiguo, que a su vez...) y es un gama media, sin extravagancias, pero lo he usado con cierta cordura. El fabricante no construyó el aparato pensando sólo en dos años vista, obviamente tampoco lo hizo eterno, pero en esos años han surgido una serie de cuestiones que han hecho del teléfono en cuestión un objeto anticuado, que no obsoleto: velocidad de procesador, cámara, memoria interna, pero incluso la batería sigue siendo la original ¡¿Cinco años una batería de móvil y sigue como el primer día?! No, pero no está maltratada y cubre de sobra mis necesidades. Incluso gracias a los chicos de LineageOS he podido tener el sistema operativo actualizado hasta hace bien poco.

Estas y otras cuestiones me han llevado quince años después a considerar que realmente la obsolescencia programada no es un objetivo principal, ni es una conspiración de los malvados capitalistas contra los cándidos consumidores. Los aparatos se vuelven obsoletos debido a múltiples presiones desde ambos lados de la transacción comercial, pero no porque se calcule minuciosamente la vida útil de aparato (que también se hace porque hay que cumplir con las garantías legales) sino porque el precio es una variable muy importante en el proceso de compra y la innovación un significativo valor añadido, de hecho, del que más se habla, y que al consumidor le encanta.

No hay más que ver el modelo de negocio de Zara. Una rapidísima rotación de escaparate porque su público objetivo es lo que demanda. Nadie duda de la calidad de la ropa de Zara: es ínfima, no da ni para cuatro puestas, pero Zara no vende calidad, nunca la ha vendido, vende diseño, variedad y que cada pocos días habrá modelos nuevos y a unos precios de risa.

Según mis noticias no les va demasiado mal.


Notas

Paradójica palabra en los tiempos de la robótica.

Recuerden los famosos iPhone 6 flexibles https://tinyurl.com/iphone-doblados

Con ese modelo de negocio, lo raro es funcionara durante tantos años https://tinyurl.com/vertu-quiebra

© Francisco José Súñer Iglesias
(1.242 palabras) Créditos