Toy Story: de villanos y héroes
por Diego Escobedo

Soy un convencido de que la mitad de una buena película la hace un buen villano. Harry Potter no sería lo mismo sin Voldemort, ni Star Wars sin Darth Vader. Personajes complejos, seductores y tridimensionales, que evolucionan con la trama. Y que tienen tantos fans como el mismo protagonista.

De ahí que las últimas películas de Star Wars han generado reacciones diversas. Tu villano, Kylo Ren, no puede ser un adolescente inseguro con problemas de control de ira. Hasta Zuko de AVATAR era un villano más complejo que eso. Eso explica en parte el éxito de la bioserie de Luis Miguel: Luisito Rey terminó siendo un villano mucho más trascendental. Y también explica el fenómeno generado por Toy Story.

La evolución de los villanos de la saga de juguetes es de antología, casi paradigmática. El primero, Sid, era el villano natural de los juguetes. Un niño agresivo que se entretenía destruyéndolos. Para la segunda entrega, el Capataz era la reacción natural al primer villano, un juguete que despreciaba a los niños por ver a los juguetes como algo efímero y desechable. Si hacemos el análisis político, Sid es un dictador típico, que mata y tortura sistemáticamente. Y el oloroso Pete, es un reaccionario, un revolucionario que busca romper con el dominio de esa elite explotadora. Una suerte de Che Guevara o de Tupac Amaru de los juguetes, que terminó también derrotado y con un trágico final.

De ahí que el tercer villano, el Oso Lotso en Toy Story 3, sea tan potente como antagonista. Es la suma de todos los males. Tiene el mismo control que ejercía Sid sobre sus juguetes, y el mismo resentimiento del Capataz. Es un dictador, pero su régimen no es autoritario, sino uno totalitario, que es peor todavía.

Y la película no deja dudas al respecto. Cómo no recordar la memorable escena en que Barbie (la rubia tonta del grupo) le espeta a Lotso: La autoridad debe derivar del consentimiento de los gobernados, no debe ser impuesta por la fuerza. Pero una de las líneas de antología de Lotso es cuando exclama ¡todos somos basura, esperando a ser desechados! ¡eso son los juguetes!. Una frase muy significativa, que resume magníficamente el pensamiento de un dictador: un déspota por definición es alguien que desprecia a la humanidad. O a la juguetidad en este caso. Un nihilista consiente de su propia inferioridad quien, impulsado por el resentimiento fruto de algún trauma (en el caso de Lotso, que lo abandonara su niña), corrompe el sistema (se plantea también explícitamente en la película), lo convierte en una pirámide, y se pone a sí mismo y a la elite que lo secunda en la cima. Todos somos basura, pero algunos son más basura que otros (parafraseando a George Orwell). Y esos otros son los más débiles. En eso basó Lotso, y todo déspota, a su régimen. Los juguetes más fuertes obligaban a los más débiles a ejercer los trabajos más duros en Sunny Side. Y después de su línea para el bronce, su guardia pretoriana, Bebote, fue el encargado de derrocar a Lotso y arrojarlo a un oscuro pozo. Cual Darth Vader y el Emperador al final de El regreso del Jedi.

En suma, Lotso dejó la vara alta. He ahí otro de los grandes desafíos de los realizadores de Pixar ¿cómo superar a ese villano en esta cuarta entrega?

Los guionistas optaron por una ingeniosa solución. Lotso ya era la cúspide de la maldad. En lugar de mostrar un villano aún más malévolo, nos trajeron a Gabi Gabi: una muñeca que no es mala por que quiera, sino porque necesita (su objetivo es la caja de resonancia de Woody, la cual terminan transando). Lo que permite desarrollar su reconciliación con los protagonistas y su redención como personaje. Cosa rara en la saga, el villano termina encontrando la felicidad.

No es la única sorpresa de esta entrega, claro. Justamente porque ya no descansa tanto en el villano, Toy Story 4 plantea un desarrollo más profundo de los demás personajes, los cuales terminan tomando decisiones que parecían impensables un par de películas atrás. Buen síntoma de que a una saga ha sido estrujada hasta sacar la última gota de su potencial: cuando los personajes toman giros difíciles de explicar. Y no obstante funcionan, cada minuto está bien pensado y nada sobra en esta nueva proeza audiovisual de Pixar.

Otra aventura de Woody, Buzz y compañía que saca más de una lágrima a los espectadores. Sin lugar a dudas un digno final que conviene respetar.

© Diego Escobedo
(753 palabras) Créditos