El futuro en que vivimos, 25
Las paradojas del teléfono inteligente y el reloj de muñeca
por Dixon Acosta

Si hay un invento de ciencia-ficción que se hizo realidad y ha superado con creces las expectativas ha sido el de los teléfonos inteligentes. Ahora el móvil o celular sirve para tantas cosas, que ya casi no lo usamos para hacer o recibir llamadas y para lo primero que lo usamos es para ver la hora. Sin embargo, seguimos atados al reloj de muñeca, quizás por cierta atávica costumbre que no nos permite quitarnos ese amable grillete. Esclavos del tiempo, posiblemente.

La verdad es que no tiene mucho sentido, insistir en llevar el reloj de muñeca, pues casi todo el tiempo, para revisar el ídem, lo que hacemos es consultar los números digitales del teléfono inteligente en lugar de ver el reloj analógico en la muñeca, pero insistimos en gastar dinero en comprar relojes, incluso con números romanos, así no los comprendamos. Nos siguen atrayendo los anuncios de relojes clásicos con pulseras de cuero, o los brillantes metálicos pero también los deportivos de plástico y los hombres soñamos con los de aviadores o marineros que marcan alturas, velocidades, fuerzas y otras variables que los mortales nunca entenderemos. Pero insistimos tozudamente.

Resulta interesante, apreciar cómo se ha dado la evolución de móviles y teléfonos de muñeca en los universos de la ficción. El único aparato similar que recuerdo haber visto cercano al celular actual, era el comunicador del capitán Kirk en sus diálogos con la Enterprise, además con cobertura universal, pues generalmente se daba entre la nave que estaba en el espacio y su comandante en un planeta distante. A riesgo de equivocarme, no recuerdo ningún otro aparato en la ciencia-ficción que fuera tan cercano al actual teléfono celular.

En cuanto a teléfonos, en cambio sí había más adelantos. Incluso en la época de los cavernícolas, como lo demostraba Pedro Picapiedra, quien solía lucir varios tipos de relojes con diferentes usos. A los productores Hanna y Barbera, al parecer les interesaba el tema, pues en la serie animada de ciencia-ficción Los Supersónicos, también había algún modelo interesante. Pero sin duda el rey de los relojes de muñeca era el de Dick Tracy, el detective de gabardina amarilla, que contaba con un telecomunicador. Ese era el sueño de cualquier niño que leía la historieta en las páginas dominicales de los periódicos.

Cada película de la saga de James Bond, ha traído su propio reloj que llama tanto la atención como las chicas que desfilan a lo largo de la serie. En particular recuerdo el que hizo la presentación de Roger Moore en VIVIR Y DEJA MORIR, cuando en la primera escena, aparecía el reloj con un imán que servía entre otras para bajar la cremallera del vestido de la bella actriz Madeline Smith. Se trataba de un Hamilton Pulsar P-2 2900 LED. Para 1973, año del estreno de la película, este reloj digital con números que podían verse en la oscuridad, resultaba toda una revolución tecnológica.

Hace veinte años cuando estuve en mi primer destino diplomático en Venezuela y ese bello país vivía una realidad tan diferente a la actual, pues nadie imaginaba que se iniciaba la gran tragedia de la actualidad, aparecía un teléfono celular más pequeño, ligero y de atractivo diseño que Pierce Brosnan había lucido en EL MAÑANA NUNCA MUERE de 1997, era un Ericsson que tuve oportunidad de comprar. En Colombia todavía usábamos los móviles grandes y pesados cual ladrillos y debo confesar que fui la sensación en el Ministerio en Bogotá, gracias a ese Ericsson, el mismo de James Bond, bueno, sin los aditamentos especiales, se entiende.

De todas formas, aunque en teoría ya no fuera necesario, casi todos seguimos llevando nuestro reloj de muñeca, el mismo que nos deja marcas por usarlo. Ahora bien, una conocida empresa ha diseñado un reloj con las mismas aplicaciones del aparato celular. Es posible que ese adelanto tecnológico logre que por fin nos quitemos el reloj de pulsera, pues nadie en sus cinco sentidos, debería estar dispuesto a trasladar la locura que hemos creado en los teléfonos celulares, para atarla permanentemente a nuestro cuerpo.

¿O acaso sí estamos tan locos?

© Dixon Acosta
(684 palabras) Créditos
Publicado originalmente en El correo del golfo el 20 de diciembre de 2018