Los horrores cósmicos de Lovecraft
por Francisco José Súñer Iglesias

Llegué a Lovecraft gracias a las lecturas de dos revistas de cómics, las legendarias 1984 y la primera época de Creepy. Se le mencionaba aquí y allá como autor de referencia y sus monstruosas creaciones, que capitaneaba el infatigable Cthulhu, tintaban de negro las pesadillas del más pintado. El primer librito que compré fue EL QUE ACECHA EN EL UMBRAL, allá por 1980. Se trataba de una de esas recopilaciones que se reeditaban una y otra vez por distintas editoriales (Burguera, Alianza, Caralt) con diferente nombre y quitando y poniendo apenas un par de relatos para diferenciarla unas de otras. Leerlo con diecisiete años resulta impactante, con esa prosa barroca y recargada que, sin embargo, al cabo de los años ha dejado de llamarme la atención. De hecho hace veinte años que no leo a Lovecraft, aquellas descripciones intensas se adaptaban bien al pulp y una época en la que el audiovisual estaba en pañales. Hoy día me sobran adjetivos y héroes imprudentes.

Pero entre sombras, covachas, humanos degenerados, hombres pez y monstruosos seres innombrables, hubo algo que me llamó la atención y que debió ser impresionante para la época.

Por entonces, y aunque ya la física había desbaratado la visión newtoniana del mundo, el concepto de lo que ves es lo que hay y la fe infinita en la capacidad humana de ir siempre más allá de los límites de la naturaleza lo impregnaba todo. Ni siquiera la sangría de la Primera Guerra Mundial (que por entonces se conocía como la Gran Guerra) había hecho perder esa confianza en la capacidad de moldear la naturaleza al antojo del ser humano. Pero desde que los Einstein, Bohr, Heisenberg pusieron patas arriba el concepto de realidad y reformularon la física a un más enrevesado lo que ves es solo una percepción de lo que hay abrieron una infinidad de caminos para que la imaginación los explorara ansiosamente.

Ahí es donde nuestro amigo Lovecraft se destaca de sus contemporáneos y lleva tanto el terror como la ciencia-ficción a otro estadio. Los monstruos, los seres infernales, las abominaciones sin nombre que acechan por los rincones, dejan de ser entes sobrenaturales con orígenes legendarios y no muy bien explicados. Se convierten en primitivos habitantes del Universo, que dominaron galaxias y planetas a su antojo, pero que tras una prolongada decadencia se han visto relegados a lúgubres mazmorras donde unos pocos acólitos contrahechos acuden a reverenciarles.

En cierto modo Lovecraft ya puso las bases para que años más tarde Clarke afirmara que Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. Si bien prudentemente Lovecraft pasó casi siempre de puntillas por las cuestiones tecnológicas (con excepciones como el relato póstumo EN LOS MUROS DE ERIX, ambientado en Venus) no lo hizo así con la naturaleza del universo. Sus Primigenios son seres que transitan entre dimensiones, los describe en un estado de semi inconsciencia: No está muerto quien eternamente puede yacer, y con el paso de los eones, la misma Muerte puede perecer caos y locura que bien puede interpretarse sencillamente como incomprensión de su naturaleza por parte de los pocos humanos que han tenido acceso a ellos. Goscinny, en otro contexto, lo resumió más claramente: están locos estos romanos. Lo que no entendemos nos parece obtuso y caótico, y si además resulta poco atractivo, terrorífico y amenazador.

Lovecraft acabó convirtiendo a sus Primigenios, en horribles exiliados en un planeta atrasado y supersticioso, cuyos habitantes, incapaces de vislumbrar, no ya solo la verdadera naturaleza de la materia que los sustentaba, sino la condición intradimensional de aquellos monstruos erráticos y caprichosos, los habían convertido en dioses espeluznantes. De igual modo, los Primigenios, no consideraban a aquellos animaluchos miedosos más que como rarezas aferradas a una limitada naturaleza material.

Aunque la creación de los Mitos por parte de Lovecraft fue un proceso tan caótico y deslavazado como ellos mismos, plantó la idea de que en el Universo no solo hay alienígenas más o menos belicosos, sino otros seres que viven entre dimensiones y entienden ese universo de forma muy diferente: los horrores cósmicos, a los que tanto deben universos como el de Warhammer 40.000, Babylon 5 o películas como HORIZONTE FINAL.

© Francisco José Súñer Iglesias
(695 palabras) Créditos