Especial Vigesimosegundo Aniversario
La pantalla indiscreta
Especial Vigesimosegundo Aniversario
por Alejandro Caveda

No hace mucho volví a ver en DVD MINORITY REPORT (2002), la película de Steven Spielberg inspirada en un relato de Philip K. Dick, en concreto la escena en que Anderton (Tom Cruise) escapa de la sede de Precrimen, y durante su fuga docenas de pantallas interactivas le reconocen y le van ofreciendo publicidad personalizada de todo tipo. Algo que en el 2002 todavía parecía futurista, pero que a día de hoy resulta de lo más cotidiano. Y es que tanto Google como Facebook utilizan sendos algoritmos para rastrear tu actividad en Internet y ofrecerte así una experiencia (o sea, publicidad) lo más personal e individualizada posible.

Hace tiempo, de hecho, que vengo advirtiendo (inútilmente) a mis alumnos de que en Internet no hay nada gratis, y que si no pagas por un servicio, el pago eres tú o, más en concreto, tu intimidad. Los recientes escándalos acerca de las vulneraciones de privacidad por parte de Facebook y otras empresas de la red deberían de haberle abierto los ojos a mucha gente, pero lejos de eso parece que los internautas estamos asumiendo de forma tácita sacrificar parte de nuestra alma a cambio de un Internet libre (entre comillas) y gratuito (más entrecomillado).

Y eso que yo no soy precisamente un ejemplo a seguir. A día de hoy, tengo perfil abierto en varias redes sociales, además de tener activada la ubicación en mi teléfono móvil para que Google Maps me oriente mejor. En mi descargo, diré que también soy un maniático de la privacidad y de la seguridad, y que sólo comparto lo que realmente me interesa, evitando airear mi vida privada en dichas redes, que ya se han convertido en la tumba de más de una carrera profesional y/o política por escribir más de la cuenta donde no se debía. Y es que a estas alturas del siglo XXI nada pasa ni cae en el olvido, aunque la UE haya sacado adelante una Ley que recoge, precisamente, el derecho al olvido en Internet.

El caso es que la mayoría de escritores de anticipación de la primera mitad del siglo XX erraron al vaticinar por donde iría el futuro. Camino del 2020, aún no tenemos coches voladores, ni colonias en Marte (ni siquiera en la Luna), ni los viajes espaciales son algo tan cotidiano como bajar al quiosco de la esquina, ni podemos viajar al futuro o retroceder al pasado. Por el contrario, pocos de ellos supieron intuir cual era la auténtica revolución que se avecinaba: los ordenadores personales, Internet, la telefonía móvil y las redes sociales, que han cambiado casi por completo (y muy rápido) la manera en que nos relacionamos e interactuamos con los demás. Y digo rápido porque cuando un servidor nació en 1969, el mismo año que el hombre llegó a la luna, nada de todo esto existía aún. Los miembros de mi generación hemos tenido que irnos adaptando sobre la marcha a una tecnología que evoluciona a una velocidad de vértigo, y que quienes vienen detrás asumen como algo natural, dando por hecho que siempre estuvo ahí. Evolución que, dicho sea de paso, no tiene visos de pisar el pedal del freno a corto plazo, sino todo lo contrario. Da vértigo pensar que nos encontraremos dentro de diez, veinte, treinta años. ¿Inteligencia artificial? ¿Ordenadores cuánticos? ¿Nanotecnología? En cualquier caso, a mi modo de ver, semejante situación plantea un par de reflexiones.

La primera, que la rapidez a la que avanza la tecnología puede acabar dejando atrás a quien no sea capaz de mantener el ritmo, abriendo una brecha entre usuarios de primera, segunda y hasta tercera categoría, que necesiten de la ayuda de algún amigo o pariente experto para no acabar convertidos en los parias del nuevo universo digital.

La segunda, si la misma tecnología no estará avanzando más rápido de lo que, como sociedad, podemos asimilar. No es sólo un problema de privacidad (que también), sino que cada vez es más habitual ver gente que se pasa media vida enganchada a la pantalla de un dispositivo móvil incluso mientras camina, personas que son incapaces de apagar el móvil incluso cuando se van a la cama, o que padecen auténticos ataques de ansiedad si no les contestan de inmediato al mensaje que acaban de enviar vía Whatsapp (que también es del Todopoderoso Zuckenberg), por no hablar de los adolescentes que acceden cada vez antes a un smartphone de gama alta con tarifa ilimitada de datos (sufragado por sus gentiles progenitores). Términos como googlear, youtuber, influencer o instagrammer ya casi forman parte de nuestro vocabulario habitual, aunque mucha gente no termine de tener claro a qué diablos se refieren. El mundo es cada vez un poco menos real y más virtual. En Reino Unido se plantean que los médicos atiendan a algunos pacientes vía Skype, mientras que en UP IN THE AIR (2009) Jason Reitman especulaba con la posibilidad de despedir a los empleados por videoconferencia. ¿Demasiado cruel para ser cierto? No más que arruinar la reputación de una persona difamándola en Internet. La distancia reduce la empatía, y ya hay videojuegos que parecen más reales que la vida misma. Quién sabe, tal vez la realidad no sea más que una sofisticada simulación informática, como planteaban las hermanas (antaño hermanos) Wachowski en THE MATRIX. (1999), o Josef Rusnak en la menos conocida e infravalorada NIVEL 13, del mismo año, e inspirada en la novela SIMULACRON-3 (1964) de Daniel F. Galouye, en la que es una de las primeras descripciones literarias de la realidad virtual (vale, tal vez Galouye si lo viese venir).

Volviendo al punto de partida, ¿dónde está el límite? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a sacrificar nuestra privacidad en aras de una mayor comodidad, o diversión? Y es que, aunque acusemos de villanas a las grandes empresas de Internet, todos somos cómplices necesarios de nuestra propia explotación, al entregarnos voluntariamente al enemigo a cambio de más seguidores y por un puñado de likes, que diría Sergio Leone. Pero recuerden: la buena voluntad de un hombre (o mujer) de negocios es un mito sólo comparable al de la seguridad en Internet, como bien saben los usuarios de Ashley Madison que vieron sus datos personales y bancarios expuestos en la red por parte de un grupo de hackers justicieros. O como diría mi santa madre, si tú mismo no te valoras, ¿quién lo va a hacer por ti? Pues eso. El que quiera saber más que pague, o que se lo trabaje. He dicho.

© Alejandro Caveda para el Sitio de ciencia-ficción, con motivo de su XXII Aniversario.
(1.078 palabras) Créditos
Alejandro Caveda mantiene el blog El zoco de Lakkmanda