Especial Vigesimosegundo Aniversario
Solucionadores problemáticos
Especial Vigesimosegundo Aniversario
por David Quintero

La llegada de dispositivos dotados de cierta inteligencia artificial que ayudarán, desde una posición privilegiada en el salón o en nuestra habitación, a gestionar nuestras vidas, se ve como una cierta amenaza a la privacidad de nuestros datos. Y de hecho lo es. Ni el software más seguro del mundo puede garantizarnos al cien por cien que no tendrá fugas, que un hacker habilidoso no podrá acceder a él. Desde un lado se aboga por restringir enormemente el tráfico de datos, desde otro se asume que no debe ponerse ningún tipo de traba a la libre circulación de información. Sospecho que, como suele pasar, el punto medio es el camino a seguir.

Por un lado, parece claro que cierta información especialmente sensible (médica, por ejemplo) debe estar especialmente protegida, con todos los medios posibles para evitar su difusión, a menos que el usuario quiera libremente hacerlo, claro. Por supuesto, es posible que pueda haber fugas, pero robar datos siempre se ha podido hacer y la seguridad del cien por cien, como mencionaba antes, nadie puede ofrecerla en esta vida. Es probable que en nuestra sociedad digital haya más recursos hoy en día para robar datos que en el pasado, pero también hay muchísimos beneficios derivados de la existencia de este tipo de sociedad. En un análisis de coste-beneficios creo que los beneficios ganan claramente a los costes. Debemos buscar asintóticamente la seguridad del cien por cien de nuestra información más sensible sabiendo que, por definición, no podremos alcanzarla nunca.

También es cierto que los potentes algoritmos del incipiente campo de la inteligencia artificial se alimentan con datos. Cuando más y mejores sean los datos, más fiables y precisos serán los resultados de los algoritmos. Estos algoritmos no están solo diseñados para una publicidad más efectiva o para incrementar el nivel de ventas de una empresa. No son pocos los científicos que consideran que un cierto grado de fusión de la mente humana con la inteligencia artificial puede ayudar a resolver grandes problemas actuales, como el diseño de nuevos fármacos (especialmente contra cepas resistentes de bacterias), tomar mejores decisiones de cómo gestionar recursos limitados o en definitiva hacer progresar a la ciencia y la tecnología (https://www.theatlantic.com/science/archive/2018/11/diminishing-returns-science/575665/). Creo que el desarrollo de la inteligencia artificial será uno de los grandes desafíos de este siglo y creo que será beneficioso para la especie. No creo que haya un riesgo de que las máquinas conquisten el mundo, pero tampoco desacredito a quien piense así y concedo que es necesario crear una inteligencia artificial ética. Pienso que más bien las máquinas y nosotros nos iremos fusionando progresivamente, de tal modo que la frontera entre máquina y humano se difuminará. Lo más importante es intentar que nadie quede atrás por causa de estos avances y que estos algoritmos no sean solo para unos pocos.

Los seres humanos somos muy buenos en muchos asuntos, pero tenemos también muchas limitaciones. Nuestras sociedades son cada vez más complejas y cada vez asumimos retos más ambiciosos. El flujo de información en el que nadamos complica la búsqueda de la señal sobre el ruido. En una escala de Kardashev somos todavía una civilización de tipo I, pero nuestro espíritu inconformista y de busca de mejoras nos impulsa a ir más lejos. Toda ayuda (incluida la de una proto-inteligencia artificial) creo que debe ser bien recibida.

© David Quintero
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David Quintero es colaborador habitual del Sitio