Especial Vigesimosegundo Aniversario
La crisálida en su capullo
Especial Vigesimosegundo Aniversario
por Rodrigo Juri

Hace unos años escribí un breve artículo llamado De 1949 a 1984 y Más Allá, para revista Próxima. En ella comparaba 1984 de George Orwell y LOS HUMANOIDES de Jack Williamson, dos novelas que no solo comparten el hecho de haber sido publicadas en 1949, sino que además en ambas se nos muestra el conflicto entra la libertad individual y los imperativos del colectivo. En aquel ensayo me enfoqué en el cambio paradigmático, quizás soslayando la importancia de la tecnología como instrumento de represión o liberación.

Es claro que en 1984 la tecnología es cómplice del proceso de aniquilación de la libertad y la individualidad. La descripción de aquellos televisores que no solo sirven para observar, sino también para ser observados, aun hoy me inquieta, mientras contemplo la pantalla del televisor sintonizado en un canal muerto. Así, 1984 nos advierte del peligro y reaviva nuestros temores Frankensteinianos.

En LOS HUMANOIDES, ahora, la tecnología es la amenaza última. El ser humano se haya sitiado, literalmente, por las máquinas. Pero entonces sucede algo extraño. Aquel acto final de capitulación, que en 1984 nos repugna porque representa la derrota de la libertad, en LOS HUMANOIDES se transforma en todo lo contrario.

En ninguna de las dos historias el cambio es voluntario, pero en LOS HUMANOIDES, cuando ocurre, ya no podemos sino abrazar con entusiasmo nuestra nueva concepción de la realidad, nuestra nueva libertad.

Es la paradoja esencial de nuestra relación con las máquinas. Nos ofrecen la promesa de expandir nuestra libertad. Pero al igual que la metamorfosis de una mariposa, el precio es abandonar nuestras concepciones de lo que éramos previamente. Se exige que nuestra definición de lo que significa ser un ser humano sea modificada, o mejor dicho, actualizada.

Se nos exigió esa transformación con cada cambio tecnológico que hemos sufrido. A veces ha sido traumatizante, a veces no. ¿Cuantas quejas hubo sobre la televisión, la caja idiota, y de lo que le estaba haciendo a nuestros niños? Pues nosotros somos esos niños. Y no nos sentimos menos humanos por habernos empapado de esa tecnología.

Ya pueden vislumbrar entonces, cuál es mi postura en el debate. Quienes hayan tenido la gentileza de leer mi cuento /RELATOS/R188.HTM|UNA ENTRE UN MILLÓN en este mismo Sitio, lo tendrán todavía más claro. Es natural y entendible que nos resistamos a los cambios que nos propone un escenario de aceleración tecnológica. Sin embargo, cuando finalmente nos rendimos a ellos, cuando nos sometemos a la tiranía del smartphone o de Whatsapp, o incluso del Google Translator, descubrimos que somos capaces de hacer cosas que no podíamos hacer antes, de expandir nuestra identidad, de compartir nuestros sueños con quien queramos alrededor del globo, sin que ya ni siquiera importe la distancia o el idioma. Ahora mismo, lees estas palabras gracias a la tecnología de internet, y estarás tomando posición respecto de mis ideas, estando a favor o en contra. Incluso quizás te animes a argumentar en una posible respuesta. ¿Esto te hace más o menos humano? Preocuparse por el futuro es una cualidad humana. Compartir esas preocupaciones y discutir su significado con otros es también una cualidad profundamente humana. ¿Puede considerarse como deshumanizante una herramienta que permite hacer esto precisamente, con personas en cualquier rincón del mundo? Abrazar la tecnología es abrazar una promesa de ampliar nuestras cualidades humanas, en ningún caso lo contrario.

¿Hay riesgos? Por supuesto que los hay. Pero la pregunta que quiero plantear es, renunciar a nuestra intimidad, ¿es un riesgo o es un costo? Desde los orígenes de la humanidad, el ser humano ha sido gregario. Uno Es y Existe, en la medida que se puede comunicar con otros. Y esa comunicación siempre ha exigido, como precio, la privacidad. Estar con el otro, ser con el otro, significa abrir una ventana en el muro. Estar con todos, ser con todos, significa derribarlo por completo.

Cuando reviso en Amazon nuevos títulos de ciencia-ficción, y un minuto después abro Facebook para encontrarme con propaganda y un descuento de la última novela del género, ¿es eso una invasión de mi privacidad? Por cierto, lo es. ¿Cómo consecuencia de ello, mi libertad se incrementó o se redujo? Diría que lo primero. ¿Estoy dispuesto al canje? Con algunas precauciones en la forma, pero absolutamente convencido en el fondo, sí.

© Rodrigo Juri
(714 palabras) Créditos
Antonio Quintana es colaborador habitual del Sitio