Especial Vigesimosegundo Aniversario
El Gran Hermano ya está aquí
Especial Vigesimosegundo Aniversario
por Antonio Quintana Carrandi

Internet, la red de redes, es la revolución tecnológica más importante de las dos últimas décadas. Una revolución que no ha hecho más que empezar, y que todavía nos deparará enormes sorpresas. Internet ha intercomunicado el mundo de una forma que ni los más visionarios escritores de ciencia-ficción pudieron prever. Esta red informática de alcance global ha cambiado nuestra forma de entender el mundo que nos rodea, convirtiéndose en una herramienta imprescindible para innumerables profesionales y también en una auténtica mina de conocimiento y ocio para los particulares. Atrás quedaron, por ejemplo, los tiempos en que era necesario recurrir al lento correo postal, o a las complicadas conferencias telefónicas para ponerse en contacto con otras personas. Hoy podemos comunicarnos en tiempo real con cualquiera en cualquier lugar del planeta. Puede afirmarse, por tanto, que las ventajas de Internet son casi infinitas. Pero, como cualquier avance tecnológico, tiene también su lado negativo. Me refiero, como el amable lector habrá adivinado, a las posibilidades que ofrece a aquellos que pretendan espiar nuestras vidas privadas, ya sean gobiernos o empresas.

Privacidad es uno de los términos que más aparecen últimamente en la red, prueba irrefutable de que los usuarios van tomando conciencia de que sus datos personales son una golosa mercadería con la que ciertas empresas hacen negocio. Sin embargo, el ochenta por ciento de los usuarios habituales de la red o bien no es plenamente consciente del problema, o bien le resta importancia. Gracias a eso, la inmensa comunidad de cibernautas, que crece exponencialmente día a día, se ha convertido en campo abonado para las más variadas maniobras mercantiles, no siempre del todo lícitas.

El problema es que, siendo Internet una herramienta de trabajo imprescindible hoy día, continuamente estamos instalando nuevos programas o actualizaciones de los mismos, que nos permiten trabajar con más eficiencia, pero que también sirven a las empresas para recabar datos sobre nosotros y elaborar perfiles personales con fines quizás no ilegales, pero indudablemente espurios. Cuando instalamos determinados dispositivos en nuestra oficina o en nuestra casa, le estamos abriendo las puertas al Gran Hermano informático, facilitándole su labor de espionaje y control. Como es obvio, tales prácticas generan alarma, y ahí está, si no, el caso de la red social Facebook, acusada de manejar de forma poco ética —o sea, sin su consentimiento— la información personal de decenas de millones de sus usuarios. El debate social y legal está abierto. En nuestro mundo globalizado e interconectado Internet cumple una función esencial. Pero su uso torticero por empresas y gobiernos amenaza seriamente nuestra libertad individual, el bien más preciado de las personas en una democracia.

La lógica nos dice que debería delimitarse legalmente lo que se puede hacer o no en el ciberespacio, pero esto no es tan simple. Los avances tecnológicos, por su velocidad exponencial, van siempre muy por delante de los legislativos, ralentizados por la dinámica política. A este hecho incuestionable hay que sumarle el escaso interés demostrado por la clase política a la hora de legislar sobre estas cuestiones. Claro que, cuando se trata de obtener algún tipo de beneficio político, esos que se dedican a la cosa pública son capaces de agilizar los trámites burocráticos al máximo. Es lo que ha ocurrido recientemente en España, donde todos los partidos se han puesto de acuerdo para aprobar una ley que les permitirá recabar información de cualquier ciudadano en la red, aun sin su permiso, con el objetivo de elaborar perfiles ideológicos. Sólo una formación política ha votado en contra, pero no nos engañemos: lo ha hecho exclusivamente para quedar bien ante la población de cara a las próximas elecciones, pues tiene muy presente el tremendo varapalo que ha recibido no hace mucho en Andalucía, y que ha llevado a su líder más conspicuo a renegar del paraíso bolivariano que aspiraba a importar a España.

Es preocupante que nuestros datos sean utilizados como moneda de cambio en oscuras tramas mercantiles, pero lo es muchísimo más que las organizaciones políticas los empleen para compartimentarnos ideológicamente. Esa ley que han aprobado los partidos españoles es muy peligrosa y antidemocrática, pues los faculta para invadir nuestra privacidad. Los líderes políticos, en un intento de defender lo que es éticamente indefendible, alegan que si los ciudadanos han vertido libremente sus datos en la red, es lícito que estén a disposición pública. Pero eso no es así. Yo puedo estar en una playa nudista, en chinchorro como decía mi abuela, a la vista de todo el mundo. Pero nadie tiene derecho a sacarme una foto y colgarla en la red sin mi permiso.

Pero lo que realmente me preocupa, como usuario, es lo que los partidos políticos pueden haber estado haciendo hasta ahora en la red. Esa ley tan deleznable, ¿no será un intento de dar cobertura legal a ciertas actividades informáticas que las formaciones políticas vienen practicando desde hace tiempo?

¿Qué podemos hacer ante semejante panorama? La verdad es que no mucho. Lo ideal sería que los usuarios de la red nos rebeláramos en masa y exigiéramos la desaparición de tan totalitaria ley, pero eso no va a ocurrir, y por muchas razones. Internet forma parte de nuestras vidas, y las ventajas que obtenemos de su uso parecen superar a sus inconvenientes. No obstante, lo que sí podemos hacer es ser más cuidadosos a la hora de dar nuestros datos, así como utilizar la red sólo para lo verdaderamente importante y llevar un control de nuestro tráfico, a fin de saber en todo momento a qué páginas, sitios o servicios hemos accedido. Hay que huir también de los sitios que exigen a sus usuarios registrarse, porque, a pesar de las políticas de privacidad que dicen respetar, nunca se sabe que destino o empleo van a dar a los datos que se les proporcione. En todo caso, registrarse en una web debe ser sólo una excepción, y no la norma.

Por supuesto que tales prácticas no impedirán que gobiernos y empresas utilicen nuestros datos como les venga en gana, porque una vez que entramos en la red somos seguidos y controlados de mil maneras. Pero al menos se lo pondremos un poco más difícil.

© Antonio Quintana Carrandi
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Antonio Quintana es colaborador habitual del Sitio