Especial Vigesimosegundo Aniversario
Dios, el primer gran hermano. El problema del exhibicionismo humano
Especial Vigesimosegundo Aniversario
por Antonio Santos

El Hombre ha tenido desde siempre una compulsión exhibicionista... que detesta. Tan pronto como puede, inventa un Alto Panteón dominado por un Ente Supremo que tiene en sus manos salvarnos o condenarnos en atención a nuestra conducta en esta sufrida Tierra con cuya Naturaleza tan poca compasión estamos mostrando.

El Hombre alardea de sus triunfos: la rueda, el empleo del fuego (que deriva también en la forja de armas, no sólo cuece ladrillos o sus alimentos), el dominio de la electricidad, el motor de combustión, el poder atómico (por no referirnos a las manipulaciones del ADN tanto humano como de virus). Muchos avances científicos tienen contrapartidas letales. Creo huelga referirse a ellas. Pero: el vapor aplicado que impulsa la locomotora es el mismo que recarga una vez tras otra las armas automáticas.

De ahí, de ese conocimientos secreto, o subconsciente, de que su facultad para hacer el Bien de pronto puede devenir en catástrofe, procede el tener a alguien vigilándonos, para tutelarnos, enmendarnos, e imponer topes, frenos, mesura, a nuestras conductas.

Para los judeocristianos, se impone Dios. Lo han ido perfeccionando durante siglos, alternando sus momentos apoqueclípticos del Antiguo Testamento con los Woodstock del Nuevo Testamento, como si Jesús fuese ya una especie de crédito de que podemos dominarnos; ya Dios no tiene que estar tan por la labor de espiarnos. Puede confiar en que sabremos impedir cualquier tremenda calamidad.

Mas las nuevas corrientes filosóficas y políticas van arrancando poder a Dios; la fortaleza del ateísmo (nadie piensa en Dios más tiempo que un ateo), vinculada a concepciones socialistas/comunistas/populistas, desbancan casi del todo/completamente al Solitario Morador del Sinaí, entregando al Hombre el control absoluto de su destino e ideas. La Humanidad sin embargo por dentro empieza a sentir que su exhibicionismo, desnudo, sin ese Control Superior, va a causarle serios problemas.

El comunismo no cree en Dios ni confía en la conciencia del ciudadano, pese a lo que sus heraldos prediquen. Sí entiende que el exhibicionismo humano (en su caso, una ideología rival) puede amenazar su continuidad en el Poder y crea una sucesión de aparatos de visión y represión (no hay que leer 1984 para saber a qué o cuáles me refiero) que sustituyen al Altísimo por el comisario o el Politburó, y embrida la exhibicionista conciencia del ciudadano con sanciones de gran dureza. Todo vuelve a estar bajo control.

Occidente tiene que ponerse a la altura del Otro Bloque. Y ¿qué hace? Por mor de sus mismas estructuras democráticas, adversarias del Otro Bloque, inventa internet. El Gran Hermano Definitivo. Nada violento. O impositivo. O invasivo... a primera instancia. No obstante, entra con alegría en todos los hogares como no lo permitiríamos a un policía. Para saber qué somos, cómo pensamos, lo hinchan de blogs, redes sociales, porno, videojuegos, descargas... ampliando la oferta de control a las APP que te localizan doquiera estés. Lo saben de ti TODO. Y entregas esa información, de doble filo, voluntariamente. Los móviles parecen ser la última frontera sobre cómo tenernos fichados. Pero no es así. El Hombre aún no tiene entero satisfecho el sentimiento de autoridad observándole.

El robot va a ser (en cualquiera de sus versiones) el Gran Hermano Realmente Definitivo. La ciencia-ficción ha escrito mucho sobre robots, pero soslayando el tema, pese a que lo toca de manera subconsciente. ¿Qué es el robot? Hasta esa suerte de replicante hecho de retales de cadáveres que es el MONSTRUO DE FRANKENSTEIN es ya versión primitiva del Gran Hermano.

Refleja las pasiones, tonterías y desavenencias que Víctor Frankenstein almacena. Un macabro espejo donde Frankenstein se examina (¡fíjate qué he hecho, Dios! ¡Infundir vida a lo muerto!), descubriendo horrorizado que su desbocado exhibicionismo le ha metido en un grave problema. Se erizó el corpus colossus de su arrogancia y como se creía ya fuera del control moral de Dios y lejos de sus Oportunos Castigos, remienda un émulo nuestro, que por eso no es mejor que nosotros.

El robot de la ciencia-ficción es nuestro retrato; copia nuestros defectos sólo para poder tirárnoslos a la cara y descubrirnos más íntimamente de lo que, por sí, o mediante terapia, podríamos hacer. El robot aparece no para hacernos la vida más gozosa, sino para sentirnos vigilados y evitar desmandarnos más de lo debido, como que sin remisión nos aniquilemos, o practiquemos las perversiones más oscuras y sórdidas que nuestra alma pueda concebir.

Necesitamos estar fiscalizados, tanto en lo público como en lo privado. No somos de fiar. Podemos citar ejemplos de culturas que, apenas tienen un tanto mínimo-nimio de libertad, la convierten en libertinaje y se desmelenan a veces de mala manera. La Biblia nombra a Sodoma y Gomorra (sabemos qué perversión practicaban en Sodoma, pero ¿y en Gomorra?), más recientemente las comunas hippies donde el amor libre y el paz, hermano, y lo demás, terminan degenerando en conflictos, celos y bandas dedicadas al narcotráfico. (Los que tienen una disciplina más férrea no es que lo hagan distinto. Empero siendo los malos, es lo que debemos esperar de ellos.).

Las APP y demás chuminadas master que incluyen los celulares, o piden te descargues ¡gratis! son la manera, primero física (el Poder Constituido), luego personal, de tener apaciguada a la bestia interior del exhibicionismo. Sea o no pornográfico. La APP te dice dónde has estado o qué has pagado (supongamos un extremo: un prostíbulo) y, en la factura, aparece el cargo. Momento de ponerse de rictus erectus de pánico. ¿Cuándo, cómo, por qué, hice yo ALGO opuesto a mi naturaleza? El castigo, el flagelo, viene ahora como remordimientos. Mi priapismo exhibicionista consideró que lo merecía. He aquí ahora la sanción. Qué bien.

Hemos construido una hermosa jaula de bits para confeccionar una prisión adicional a las muchas que nos rodean por el simple hecho de que dudamos de nuestros actos. El descrédito de la mala conciencia, vinculada a la religión, verdugo histórico, obliga a construir un dios electrónico servido (aunque parezca lo contrario) por millones de empleados, o sombríos funcionarios estatales, que pueda administrarnos el adecuado correctivo cuando el exhibicionismo se disparate.

El Gran Hermano orwelliano, el eterno paradigma, no existiría si nosotros, el IngSoc en el caso de la novela, no lo hubiéramos creado, permitido estar echándonos ojeadas todo el tiempo-todo el día. Un líder. Un castigador. Un dios que se entrometa en nuestro exhibicionismo cotidiano íntimo intracraneal, incluso listo a apalearlo.

© Antonio Santos
(1.061 palabras) Créditos
Antonio Santos es escritor e ilustrador y mantiene el blog Una historia de la frontera