El futuro en que vivimos
24. La vuelta a la oscuridad
por Francisco José Súñer Iglesias

Llevamos ya unos años en los que gracias al poder difusor de Internet se están extendiendo una serie de ideas y contra-ideas muy alarmantes. Antivacunas, anti-antenas de móviles, terraplanistas, y toda una serie de proclamas acientíficas e irracionales se propagan poniendo en duda, cuando no contradiciendo de lleno conocimientos técnico-científicos sólidos y que ¡funcionan!

Lo peor de todo es cuando esos movimientos se asientan, y sobre todo en el aspecto médico, los remedios milagrosos y soluciones quiméricas se ponen en práctica dejando de lado tratamientos largamente probados. Los mencionados movimientos antivacunas o la homeopatía han provocado dramáticas situaciones cuando, al abandonar las soluciones propuestas por la medicina tradicional, han agravado las patologías que se pretendían curar.

Hay muchos estudiosos que están analizando el fenómeno. En redes sociales se propagan y aplauden esos movimientos, y cuando se pretende razonar sobre la poca consistencia que tienen esas posturas, una legión de seguidores ataca con virulencia los intentos de volver a la racionalidad, o bien se exponen casos y más casos de éxito en los que es imposible encontrar una pauta o sacar una conclusión general.

A esto solo se puede llegar desde la ignorancia y la comodidad del mundo que nos rodea. Hoy en día, el término viruela es algo que hay que buscar en el diccionario porque nadie sabe, ni ha visto, lo que es morir por su causa. Hasta que se inventaron las vacunas era una enfermedad desgraciadamente común. Esa falta de pruebas es la que lleva a pensar que las vacunas no son necesarias. Total, no sirven para nada y no vale la pena exponerse a sus peligrosos efectos secundarios.

Por no hablar de la irracional corriente que pone a las farmacéuticas al frente de malvadas conspiraciones encaminadas a hacerse con el control del mundo y mantener a la humanidad enganchada a carísimos tratamientos crónicos. No voy a poner la mano en el fuego por estas empresas, demasiados escándalos ha protagonizado, pero de ahí a suponerles un poder casi sobrehumano, hay un trecho, y no hay mejor demostración de que su poder no es omnímodo que las medidas tomadas por los sucesivos gobiernos (de cuando en cuando, algo se hace bien) para la progresiva desaparición de las marcas en las farmacias españolas a favor de los medicamentos genéricos que se venden solo atendiendo a su principio activo.

Y ojo, ya no hablamos de curanderismo, brujería o remedios de la abuela. Aquellas soluciones venían dadas por la falta de recursos y acceso a médicos y medicamentos. Sin embargo, la palabra del médico, del arquitecto, de la persona con estudios en general, era atendida y respetada, quizá de una forma excesivamente religiosa pero no se la ponía en duda, y solo se acudían a los remedios alternativos cuando se había pasado la línea del desahucio.

Sin embargo, basta una entrada en una red social para cuestionar, cuando no tachar directamente de mentira manipuladora, a decenios de investigación clínica y años de aplicación práctica de las soluciones. La conspiranoia lo empapa todo y hasta el conocimiento científico más sólido es cuestionado desde la pura irracionalidad achacándole no se sabe muy bien que extraño objetivo opresor surgido de unas muy misteriosas cloacas del estado y las multinacionales. Una cosa es cuestionar la conveniencia de la aplicación práctica del liberalismo o el comunismo, otra tachar de falacia el punto de fusión del hierro, y no es broma, lo he leído.

Pero es una situación a la que se ha llegado con paso firme. Desde la política, donde la mentira y el desdecirse es el pan nuestro de cada día, hasta el mundo científico, lastrado por circunstancias ajenas al puro conocimiento (las presiones por publicar si o si, las luchas por el presupuesto, el propio ego de los científicos, que al cabo son humanos, que a veces les lleva a forzar el éxito de sus investigaciones), hacen que la desconfianza haya crecido hasta esos límites irracionales. El hecho de que menudeen las noticias de estudios científicos falseados por diversas razones hacen que la gente pierda la confianza en el método científico y sus resultados, sin caer en la cuenta que, precisamente, es el propio método científico el que descubre los fraudes y mentiras.

Paradójicamente, estudios desacreditados desde el mismo momento de su publicación, como el de Andrew Wakefield en 1998, que relacionaba directamente la triple vírica con el autismo, y que enarbola el movimiento anti-vacunas para justificar sus argumentos, siguen teniendo crédito pese a que el consenso entre la comunidad científica es unánime: las vacunas salvan millones de vidas y para nada tienen que ver con el autismo. Sin embargo, el mantra de algo hay cuando nos quieren ocultar la verdad sigue latente. Basta con que un famosete se alinee con estas o similares tesis para que la palabra de la autoridad de turno (¡y la experiencia de décadas de investigación y aplicación práctica!) no valga de nada.

¿Volveremos a una edad oscura? La verdad es que no lo creo, pero es preocupante que gente a la que se supone formada e informada, pueda caer en tanta irracionalidad.

Quizá el problema sea como se les forma y donde se informan. Si es así, algo se está haciendo muy, muy, muy mal.

© Francisco José Súñer Iglesias
(871 palabras) Créditos