El futuro en que vivimos
22. La inteligencia artificial... no es tan lista como la pintan
por Francisco José Súñer Iglesias

Llevamos decenios viendo como máquinas inteligentes dan palizas formidables a ajedrecistas, jugadores de go y estructurando por su cuenta casi cualquier cosa que tenga que ver con procesos industriales. Si algo tienen en común todas estas disciplinas es que hasta un crío de once años es capaz de ser un brillante jugador de ajedrez, de Go e incluso organizarse con bastante competencia antes de que la preadolescencia le confunda.

La inteligencia artificial, en estos casos, aporta las ventajas de la memoria infalible de la máquina y la capacidad de comprobar millones de opciones por segundo antes de decidirse por la más óptima, y si está bien programada, hasta no volver escoger esa optimización cuando no resulta ser tan óptima como pensaba. No es que vea el fututo, es que dados unos resultados pasados y mediante unas reglas (y hasta no-reglas) más o menos complejas, pero finitas, es capaz de determinar que futuro tiene más probabilidades de ser.

¿El problema? Que los datos del pasado podrán ser todo lo completos que sea posible y que las reglas sean igualmente completas y exhaustivas, pero... es imposible determinar cuantas de esas reglas quedarán invalidadas por nuevas reglas que a su vez harán de los datos pasados papel mojado.

Eso ya lo intuyó con claridad Isaac Asimov cuando propuso la psicohistoria. Según su concepción solo podría aplicar sus capacidades predictivas a grandes masas de población, y además los algoritmos que la sustentaban debían ser revisados a perpetuidad para adaptarlos a los hechos que realmente habían sucedido más allá de sus previsiones.

Por eso las máquinas son tan buenas jugando al ajedrez o al go. Nada cambia, todo es inmutable, no habrá sorpresas, las combinaciones son enormes, pero no infinitas. Pero las máquinas, cuando se enfrentan a imponderables de difícil previsión, fallan irremediablemente.

Antes del pasado mundial de fútbol de Rusia un grupo de investigadores en Inteligencia Artificial se atrevieron a dar una previsión de los resultados. En cierto modo no hace falta tener un talento especial para saber que el fútbol es un deporte que juegan once contra once... y en el que siempre gana Alemania. Así que uno de los modelos del estudio auguraban mayormente eso: Alemania campeona del mundo. Incluso un algoritmo daba a España las mayores probabilidades de ganar el Mundial.

Si todo hubiera salido como las estadísticas suponían.

Pero no fue así, en absoluto. De hecho, el primer sorpresón del Mundial fue que Alemania quedó eliminada a las primeras de cambio. Mientras que el resto de los resultados de grupos se ajustó bastante a lo que el estudio avanzaba, esa simple circunstancia lo hizo saltar todo por los aires. ¿Qué había pasado?

Los complejos algoritmos usados por los investigadores se basaban en datos pasados, y circunstancias actuales, pero al igual que la psicohistoria, no podían incorporar en sus cálculos los particulares estados de ánimo de cada componente de un reducido grupo de apenas treinta personas que, pese a su indudable calidad profesional, no se encontraban como grupo ni física ni, sobre todo, anímicamente en disposición de pasar, siquiera, de la fase de grupos.

Los algoritmos tampoco podían prever que la suerte, si, la pura suerte, intervendría para clasificar a otros equipos que para nada habían seguido el guión que habían preparado los algoritmos. Los resultados reales, comparados con los previstos, resultan engañosos al coincidir con bastante exactitud, pero las causas de esa coincidencia no son las mismas que las previstas, es decir, que en vez la calidad intrínseca de cada equipo, fue la suerte las que les puso ahí.

Por supuesto, en el momento en el que se produjeron variaciones en la fase de grupos los emparejamientos de octavos de final apenas se parecían a los pronosticados, y así sucesivamente hasta que el campeón, Francia, obviamente no fue Alemania ni España, como predijeron los algoritmos concebidos por los investigadores.

¿Estamos pues ante un descalabro del concepto de inteligencia artificial? No, esto es solo la enésima constatación de que adivinar el futuro fuera de entornos muy controlados y delimitados es una quimera. Cuantos más factores intervienen en un sistema más difícil es aventurar el resultado final.

Es más, como bien adelantó Asimov los investigadores deberían haber rehecho sus algoritmos en tiempo real adecuándolos a las nuevas variables y circunstancias descubiertas durante la fase de grupos, y así sucesivamente. ¿Eso es hacer trampa? Tampoco. Es perfeccionar el proceso. Naturalmente eso solo nos lleva de nuevo a la conclusión de que estas predicciones solo pueden hacerse con una proyección temporal muy corta, y más acertada será cuantos más datos y menos variaciones existan. La meteorología es un buen ejemplo de ello. Ningún meteorólogo pondría la mano en el fuego por lo que sucederá a más de tres días vista. Hay épocas del año más estables, como en pleno invierno o pleno verano, pero ni siquiera en ese caso se comprometerán con una previsión firme.

Ni las máquinas con su músculo de memoria y procesamiento, ni el humano con su intuición (que no deja de ser lo mismo) son capaces de llegar a todo, y basta con que una simple variable se desvíe, o simplemente aparezca inesperadamente, para que todo se altere y los ejercicios de futurología se vayan al garete. De momento, la ventaja del humano es que puede adaptarse mal que bien a las nuevas circunstancias, la máquina, llegado cierto punto ya no computa y se ve abocada a la parálisis o el absurdo.

Además, según recientes investigaciones el desarrollo de una auténtica Inteligencia artificial todavía está fuera del alcance de la tecnología, y más aún de la economía. La mejor prueba la encontramos en que es más barato irse a China o a la India a contratar decenas de trabajadores medianamente cualificados por unas pocas perras para crear una Inteligencia artificial artificial que interactúe inteligentemente con el usuario, que desarrollar una verdadera Inteligencia artificial que ni siquiera se está seguro de que, al menos, será avispada.


Notas
© Francisco José Súñer Iglesias
(1.149 palabras) Créditos