La ciencia-ficción doméstica
por Dixon Acosta

La ciencia-ficción suele relacionarse con argumentos alejados de las vidas normales de las personas, temáticas aparentemente reservadas para unos pocos elegidos, bien sea por sus conocimientos, habilidades o simplemente por caprichos aleatorios, al protagonizar viajes en el tiempo, exploraciones por el universo, contactos con seres alienígenas o situaciones que ponen en riesgo la existencia de nuestro planeta o incluso de la raza humana.

Sin embargo, no es necesario desplazarse a otras dimensiones espacio-temporales para comprobar que la ciencia-ficción está al alcance de la mano. La importancia de un desarrollo científico o tecnológico, al final de cuentas, se mide en el impacto que tenga en la vida de todos, desde el cohete interestelar, las redes sociales, internet, la televisión, el libro como objeto indispensable, el cepillo de dientes, cualquiera de las cosas que nos permite tener una mejor calidad de vida, o que nos lo hace suponer.

El cuento del escritor ruso Victor Saparin (Viktor Stepanovich Saparin, 1905-1970), LAS BOTAS MÁGICAS, me reveló lo que he llamado la ciencia-ficción doméstica, es decir una variante de la ciencia-ficción cuyas temáticas son ajenas a las clásicas (exploración espacial, viajes temporales, inteligencia artificial, etc.), para centrarse en la cotidianidad que puede verse alterada por un cambio científico y/o tecnológico. Expresa de forma adecuada la unión entre lo científico y lo social, admitiendo que la ficción especulativa enfocada en lo social, como los cambios políticos, económicos, e incluso climáticos, es otra vertiente muy rica de la variedad argumental de la ciencia-ficción.

El argumento del relato de Saparin es tan simple como complejo, Petja, es un chico que gasta sus energías jugando en la calle conforme desgasta las suelas de sus zapatos, hasta que un día recibe un inesperado regalo, por parte de un advenedizo que ha sido testigo de su brío incansable así como de las penurias económicas de su madre. Se trata de un calzado, que seguramente como los artefactos de la era soviética no se destacaría por su estética, pero sí por su eficacia.

Independiente de su apariencia, que a primera vista es de total normalidad, la esencia del relato reposa en el material en el cual está hecho aquel calzado, un sustrato eterno, interminable e indefinible, a prueba de cualquier niño, zapatos inagotables, el sueño de todo padre, sobre todo si el chico es hiperactivo. No develaré más el argumento del relato, que se anticipa a la nanotecnología actual, porque además es muy entretenido; pero hay que decir que plantea el enfrentamiento de lo racional y la superstición, cuando pareciera que no hay explicación lógica a un nuevo desarrollo y lo mágico surge como primera respuesta, facilista, cómoda e ignorante.

Este cuento, es un relato de ciencia-ficción doméstica, variante de este tipo de literatura, alejada de las grandes naves espaciales u otros argumentos rimbombantes y presuntuosos, para acercarla a los problemas cotidianos de la gente, que pueden ser tan intrincados como las distopías futuras. Una modalidad que perfectamente podría ser explorada desde nuestra lengua.

Los autores hispanoamericanos, en ocasiones, nos vemos repitiendo los tópicos trabajados hasta el cansancio por escritores de otras latitudes, olvidando los elementos y sustancias que están a nuestro alrededor. No estoy diciendo que no podamos probar los argumentos clásicos, no niego que es delicioso seguir imaginando cómo sería un viaje a través del tiempo e intentar decir algo nuevo; el reto de ser original en medio de un tema tan trajinado, siempre será un buen motivo.

Sin embargo, creo que tenemos a nuestra disposición una serie de temáticas que podemos utilizar pues hacen parte de la cotidianidad misma, esa misma que se altera con los pequeños y grandes cambios que la ciencia, la tecnología y las tendencias sociales van marcando y que en ocasiones pasan desapercibidos pero van modificando nuestro entorno. El futuro se va construyendo día a día.

Esto resulta clave para los que habitamos un continente como América Latina, o en general esa amplia patria que habla el idioma español, que resulta aplicable a otras vastas zonas del planeta, en donde usualmente no somos los protagonistas de la competencia tecnológica en la que se debaten las potencias del mundo, emprendiendo carreras como la nuclear, la espacial, la robótica y/o la cibernética.

En otras ocasiones, solemos creer que no podemos imaginar historias de ciencia-ficción porque tradicionalmente no hemos creado ciencia o tecnología avanzada y quizás por ello, terminamos refugiándonos en el cómodo terreno de la fantasía, en donde le dejamos todo el trabajo a la imaginación. Es como en el cuento de LAS BOTAS MÁGICAS, al no tener una explicación científica, podemos caer como cierto personaje a utilizar explicaciones de naturaleza mágica, mítica, paranormal, religiosa o fantasiosa.

El realismo mágico está bien para la poesía, o materia prima de imaginaciones exacerbadas como la del genio Gabriel García Márquez, pero no puede ser asociada a la ciencia-ficción, que es un género por antonomasia honesto con el lector, que pretende darle explicaciones racionales a fenómenos que posiblemente aparezcan como inefables, pero que siempre tendrán una justificación lógica.

Es un argumento falaz, además porque desde Hispanoamérica sí hemos aportado al mundo creaciones e inventos que son fundamentales para la humanidad. Demostrando que no somos incompatibles con la posibilidad de estar a la vanguardia de la ciencia y tecnología, porque nuestra historia reciente o pasada, es abundante con grandes y pequeños inventos, fabricados con sueños imaginados en idioma español.

El bolígrafo nació en Argentina, en España se crearon desde el submarino, el autogiro (que antecedió al helicóptero), el teleférico, la jeringa desechable, hasta la llamada fregona o trapero, que supuso una revolución en el hogar; uno de los primeros modelos de marcapasos fue obra de un médico e ingeniero colombiano, así como otro creó una válvula contra la hidrocefalia, solo para mencionar algunos casos.

Los que hablamos y sentimos en español, somos capaces de hacer ciencia, también podemos demostrar que somos capaces de hacer ciencia-ficción. Podemos escribirla en cualquiera de sus variantes, sea dura, suave, social, portentosa o doméstica, como hoy le propongo a quienes les parezca una alternativa argumental. En todo caso, lo importante es seguir creando ciencia-ficción en nuestro idioma.

© Dixon Acosta
(1.163 palabras) Créditos
En Twitter a ratos (más bien pocos) como @dixonmedellin.