Los lenguajes y la comunicación
por Francisco José Súñer Iglesias

Durante la primera mitad del siglo XX tuvo mucho éxito la hipótesis de la relatividad lingüística, que postulaba que el lenguaje condicionaba la forma de percibir el entorno y la realidad. A partir de los años sesenta esa hipótesis fue paulatinamente desechada, entre otras causas, ante la constatación de que en comunidades multilingües, donde es el entorno, antes que la lengua, quien marca la pautas culturales de las comunidades, son los idiomas los que se adaptan a las necesidades comunicativas de los hablantes, y no al revés.

El caso es que esas teorías dieron para que varios autores de ciencia-ficción elaboraran algunas obras cuando menos curiosas.

El caso más extremo, es EMPOTRADOS, novela de Ian Watson con varios hilos relacionados con el lenguaje y su influencia en la percepción del mundo. En uno de ellos a un grupo de niños, aislados y usados como cobayas humanos, se enseña un alambicado lenguaje, en otro, en plena selva amazónica, un lingüista estudia el lenguaje ritual de una tribu perdida al borde de la desaparición a causa de la construcción de un embalse gigantesco, y por si eso fuera poco, llegan unos extraterrestres a la Tierra con unas muy particulares exigencias respecto al intercambio de tecnología por idiomas raros. La novela no suele gustar, por un lado por lo extremo y estrafalario de las propuestas de Watson y por otro porque no consigue hacerlas creíbles.

Por su parte, en LOS LENGUAJES DE PAO, Jack Vance planteaba como podría intentar modificarse la forma de pensar de todo un pueblo a través del idoma, la idea era que los habitantes de Pao, acostumbrados a la inacción y la pasividad, habían moldeado su lengua alrededor de esa forma de entender la vida, lo que por un lado les reportaba algún que otro beneficio, pero a la vez les suponía significativas desventajas. Con la introducción de varios lenguajes más dinámicos, Lord Palafox pretende dar un nuevo impulso a la civilización de Pao, pero el plan tenía oculto un objetivo insidioso: nuevos lenguajes, nuevas formas de pensar, nuevas fronteras, más facilidad para invadir y someter Pao por fuerzas exteriores. No obstante los pérfidos planes de Palafox chocan con la necesidad humana de comunicarse, intercambiar y comerciar, y acaba por establecerse una lingua franca, quizá ajena a todos, pero conocida por todos, que convierte las barreras en algo anecdótico.

Es reseñable que Vance sitúa la atención del lenguaje como arma política en la percepción del mismo por parte de sus hablantes. Como en Pao, la barrera idiomática no es algo que realmente importe, cuando ambas partes quieren obtener provecho se llegará, con más o menos dificultades, a un entendimiento beneficioso para todos.

El problema está cuando una lengua se percibe como una imposición que va más allá de la necesidad de comunicación, y se demoniza como una herramienta ajena y forzada. Ya no estamos hablando de un instrumento, sino de un elemento más en la política opresora del invasor, por lo que la lengua extranjera es un símbolo más del oprobio que supone verse conquistados. Es más, la lengua propia se ensalza y hasta distorsiona como símbolo, más allá de su mera utilidad como instrumento de comunicación, suponiéndosele más cualidades de las que realmente tiene, porque de hecho, y que me corrijan los lingüistas de guardia, no creo que haya un idioma superior a otro en lo que respecta a sus capacidades comunicativas, al fin y al cabo desde que las primeras expresiones guturales pasaron a articularse la adaptabilidad de los idiomas, ya sea inventando o adoptando nuevas palabras, ha quedado más que demostrada a lo largo de la historia.

Como en LOS LENGUAJES DE PAO, los hablantes acabarán usando la lengua que más les convenga en cada situación, la necesidad de comunicación no es la barrera, las barreras las imponen grupos e individuos, que más allá de las necesidades reales tienen, como el Palafox de Pao, intereses espurios que en poco o nada benefician al común de a pie.

© Francisco José Súñer Iglesias
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