El futuro en que vivimos
21. EmDrive
por Luis del Barrio

La forma de impulsar las naves espaciales ha ocupado páginas y páginas en los relatos de ciencia-ficción. El método clásico es el que aprovecha la tercera ley de Newton que dice Todo cuerpo A que ejerce una fuerza sobre un cuerpo B experimenta una fuerza de igual intensidad en la misma dirección pero en sentido opuesto, más conocido como principio de acción y reacción. Los artefactos que los aprovechan son variados, el más habitual es el cohete, aunque en los principios de los viajes espaciales el más popular fue en cañón. Ya el barón de Münchhausen saltaba sobre una bala de cañón en un fino ejercicio de sincronización para llegar hasta la Luna. Julio Verne metía a los viajeros directamente dentro de la bala de cañón para lanzarlos hacia nuestro satélite. Incluso la invasión marciana de H. G. Wells daba la impresión de estar basada en el mismo principio.

No tengo claro cual fue el primer cohete ficticio en ponerse en órbita, pero los primeros en describirlo con cierta sofisticación son Fritz Lang y Thea Von Harbou en UNA MUJER EN LA LUNA, marcando el camino del futuro de la cohetería (no en vano su asesor técnico fue Hermann Oberth, profesor nada menos que de Wernher Von Braun).

Otro método popular ha sido el de las velas solares (aunque no necesariamente necesitan del viento fotónico de una estrella para funcionar), que se basa en el mismo principio de acción y reacción. Tenemos un poderoso precedente en el viaje a la Luna que imaginó Luciano de Samosata en la Grecia clásica, en el que un barco es impulsado hacia nuestro satélite por vientos huracanados, pero no es hasta mediados del siglo XX que el concepto se populariza, siendo Arthur C. Clarke su principal valedor.

Otra variante muy explorada ha sido el Colector Bussard, que se basa en grandes colectores en la proa de la nave que capturan el hidrógeno espacial para quemarlo en el impulsor de la nave. No deja de ser una variante del cohete de toda la vida que evita transportar ingentes cantidades de combustible, Lo tenemos presente en las novelas de Poul Anderson y en MUNDO ANILLO, entre otras.

Ya dejando de lado a Newton nos metemos en el más pantanoso terreno de la relatividad y la mecánica cuántica. El problema de viajar más rápido que la luz se solucionó doblando el espacio. De esa forma se unían dos puntos sin importar lo alejados que estuvieran y, alejop, un pequeño salto y trillones de años luz salvados en un parpadeo. Ejemplos hay muchos y variados, pero en general, se dan pocos detalles técnicos al respecto. Como decía Jack Vance, las máquinas funcionan, y muy bien por cierto, y sólo sus inventores y los técnicos que las reparan, y no los aventureros que las usan, tienen porqué saber como funcionan.

Así llegamos a finales del siglo XX el ingeniero aeronáutico británico Roger Shawyer propuso el controvertido EmDrive, una nueva forma de impulsar naves espaciales. Simplificadamente y a grandes rasgos, su idea se basa en que la luz transfiere energía a las cosas, de hecho es el principio en el que se basan las velas solares, por tanto, se puede usar para impulsar un objeto en el espacio. Pero la idea de Shawyer va más allá, la luz no deja de ser la parte visible del espectro electromagnético, y aunque se puede canalizar y concentrar, ¿Por qué no usar una parte del espectro más manejable para impulsar las naves en el espacio? De ahí surgió en concepto de EmDrive, un artefacto en forma de cono metálico con un inyector de microondas. En teoría, debido a un fenómeno llamado velocidad de grupo, las microondas aumentarán su velocidad, empujando la parte ancha del cono y provocando entonces un impulso aprovechable.

Claro, algo falla, para empujar la parte ancha del cono las microondas han debido impulsarse en la parte estrecha. El pelma de Newton vuelve a rondarnos, al ser un sistema cerrado (recordemos que el magnetron solo inyecta microondas, no regenera las que ya están encerradas en el cono) la misma fuerza que empuja la microonda hacia la parte ancha ha tenido que impulsarla desde la parte estrecha... ¡Aja! Fuerzas contrapuestas de la misma magnitud solo consiguen ¡inmovilidad!

Sin embargo, parece que en varios experimentos y pruebas de laboratorio el invento de Shawyer ha ofrecido resultados, cuando menos, desconcertantemente positivos, el problema es que nadie sabe porqué, aunque las voces más autorizadas lo achacan a algo tan simple como un mal diseño de los experimentos.

Como dice la Agente Scully en Expediente X, Nada sucede en contradicción con la naturaleza, sólo en contradicción con lo que sabemos de ella. Un filón infinito para los más avispados autores de ciencia-ficción, por supuesto, también para una abundante fauna de magufos y conspiranóicos.

© Luis del Barrio
(799 palabras) Créditos