Especial Vigesimoprimer Aniversario
Siglo XXI: De bingos y wikis
Especial Vigesimoprimer Aniversario
por Guillermo Ríos Álvarez

Todas las actividades humanas, absolutamente todas, tienen una dimensión mítica. Son relatos que quienes adscribimos a dichas actividades, tendemos a creer como parte de un discurso que justifica nuestros propios desvelos. Desde los políticos que presentan sus ofertones fungiendo como santones salvando a la sociedad, hasta los tangos exaltando lo sensual y genial del placer que es masacrarse los alveolos pulmonares con nicotina, pasando por los profesores sin quienes no existirían otras profesiones si no estamos para enseñar, los blogueros que creemos estar cambiando la sociedad un lector a la vez, o los almaceneros que somos los que damos trabajo e impulsamos la economía, todos de alguna manera intentamos, a través de estos relatos, creernos un poquito indispensables, considerar que nadie lo haría tan bien como nosotros, que no por nada nos crió mamita, y somos por lo tanto el postre de peras en almíbar dentro de ese opíparo almuerzo que es la sociedad. Por supuesto, algunos de estos grupos tienen razón, y otros no tanto. Se dice que tras todo mito hay un trasfondo de realidad, y éstos en particular no son la excepción.

Esa simpática secta que somos los lectores inveterados de ciencia-ficción, en realidad no somos demasiado distintos. También tenemos nuestros relatos fundacionales, nuestros mitos, los cuentos que nos contamos antes de irnos a dormir. Como que existe una buena ciencia-ficción, que es la que nos gusta a nosotros en particular, versus una mala ciencia-ficción que es la que no nos gusta a nosotros en particular, porque así de importantes somos. O que somos un grupito más o menos cohesionado y aparte de los demás, cuando en realidad los fanáticos del género tendemos a dispersarnos en otras aficiones, profesiones, oficios o domicilios, las condiciones más dispares que puedan existir.

Y el mito fundacional por excelencia del género: que la ciencia-ficción lo sabía antes. Todos lo conocemos: ayer fue ciencia-ficción, sueños de visionario, hoy es realidad, la vida cotidiana, etcétera. Antes del año 2000, la fecha del cambio de milenio tenía dimensiones míticas: iba a ser, en cierta medida, el primer día del resto del futuro. En realidad esto era así para todo el mundo, pero los fanáticos del género lo sentíamos como un llamado especial, porque la nuestra era la Literatura del futuro. El año 2000 llegó y pasó, el mundo siguió andando más o menos como siempre, con crisis como siempre han sucedido y seguirán sucediendo en tanto la civilización sea civilización, y... el deporte cambió. Ahora se trataba de evaluar cuáles predicciones se cumplieron, y cuáles no, y qué novelas o películas debemos leer o ver para entender mejor cómo funciona el futuro en que vivimos.

En realidad, los escritores de ciencia-ficción no sabían demasiado del futuro. Y los cineastas menos, debido a la obligación del cine por complacer a audiencias mayores y por lo tanto apelar más al mínimo común denominador, lo que por regla general significa pensar menos. Escritores y cineastas especulaban, es cierto, pero ni sabían, ni podían saber. La propia idea de tener un conocimiento claro y científico acerca de cómo iba a ser el futuro, era una idea que pertenecía al futuro, y uno muy distante y cósmico, si Isaac Asimov hubiere tenido razón, y tuviéramos que esperar hasta un Imperio Galáctico para desarrollar la Psicohistoria o algún equivalente. Especular es establecer presunciones, es decir, figurarse un hecho desconocido a partir de hechos que sí son conocidos. Pero es sólo eso, una presunción, algo que más o menos deducimos a partir de la observación del entorno, el conocimiento científico, y ciertas reglas de sentido común. Y las deducciones siempre pueden ser correctas o equivocadas, porque no son hechos, o al menos, no hechos conocidos: son, perdón por lo obvio, meras deducciones.

En cierta medida, algunos escritores de ciencia-ficción parecen haber dado en la diana. Exacerbación de las diferencias sociales, demolición de la democracia a dinamita limpia, gobierno de las grandes corporaciones, aplicación de las nuevas tecnologías para masificar a los individuos, invasión de la privacidad, poder estatal basado en la propaganda... Ese es el mundo de hoy, y determinados escritores de ciencia-ficción parecen haberlo predicho. MERCADERES DEL ESPACIO, por ejemplo, aunque lo hizo en clave de sátira distópica.

Luego están las predicciones que no se han cumplido, o al menos, no a los extremos postulados por los escritores. El mundo del cambio de milenio no estaba ni de lejos tan abarrotado y falto de espacio vital como pretendió la novela HAGAN SITIO, HAGAN SITIO, por ejemplo.

Y luego están esas predicciones que funcionan como test de Rorschach, es decir, que cada uno ve lo que quiere ver. 1984 de George Orwell por ejemplo. Su profecía de un futuro estalinista falló, pero luego están quienes lo leen como una metáfora de ciertos grupos actuales interesados en crear discursos funcionales a ciertos intereses dominantes, satanizar los estilos de vida alternativos, etcétera, interpretaciones que a saber si Orwell las hubiera suscrito o no, si hubiere llegado vivo hasta nuestros días.

Además, declarar los aciertos de una obra para profetizar el futuro, implica jugar a los sesgos, dejando fuera los elementos que no fueron proféticos. Es tentador considerar a la Psicohistoria de Asimov, o sea, a la predicción y manipulación del futuro mediante matemáticas sobre datos estadísticos de masas de seres humanos, como un anticipo de la moderna industria de minería de datos, que busca construir perfiles de consumidores y de ciudadanos a partir de sus datos personales. Y es todavía más tentador olvidar que Asimov, a un tiempo, profetizó un futuro galáctico poblado de androides humanoides, pero con computadoras de tubos y válvulas, al menos en sus historia de la Edad de Oro, lo que por supuesto es una profecía fallida.

Al final, acaba siendo que en cuanto a predecir el futuro, la Literatura de ciencia-ficción es una especie de enorme bingo cósmico, en donde los números son tales o cuales predicciones. Y con los escritores pudiendo escoger sus números, en vez de venir éstos impresos de antemano en el cartón. Pero en puridad, ningún escritor de ciencia-ficción del siglo XX puede apuntarse haber predicho el futuro hasta llevarse el premio total del bingo.

Porque cuando mucho, el siglo XXI acabó resultando más bien un conglomerado o amalgama de varias obras posibles, una especie de gigantesca wiki en donde cada escritor contribuyó a editar una pequeña parcela del futuro: la imposición de discursos dominantes de 1984, el hedonismo consumista de UN MUNDO FELIZ, el gobierno de las corporaciones de MERCADERES DEL ESPACIO, las matemáticas estadísticas como herramienta de control social de FUNDACIÓN, el relativo colapso de la clase media de NEUROMANTE, y un larguísimo etcétera adicional. Pero ninguna de esas obras, de manera separada o individual, acabó por describir en pleno y al detalle, cómo realmente es el siglo XXI en la actualidad.

En el siglo XX, la ciencia-ficción era un género joven: adquirió forma definitiva recién durante la década de 1930. Se le podía perdonar la indulgencia, la presunción inocente e infantil de querer traer el siglo XXI a los lectores de ese entonces. Parece ser que ahora hemos aprendido. No hay demasiadas novelas allá afuera intentando predecir cómo va a ser el siglo XXII, o que partan por un en el año 2100... También vemos las cosas con más perspectiva. Ya no nos preocupa tanto cómo la ciencia-ficción profetiza el futuro, ni siquiera aspectos del mismo. En realidad, esperamos otras cosas del género. Nos preocupa más que reflexione sobre nuestro lugar en la sociedad, la Historia y el universo, que en establecer un retrato más o menos costumbrista de cómo va a ser el futuro. Nos hemos vuelto más prudentes y sabios. O más escépticos y amargados. O un poquito de todo eso al mismo tiempo. Porque con el paso del tiempo, la dimensión mítica de la ciencia-ficción acabó encontrándose finalmente con la realidad.

© Guillermo Ríos Álvarez
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Guillermo Ríos es articulista y mantiene el blog Guillermocracia