Especial Vigesimoprimer Aniversario
Los autos voladores, la gran decepción del siglo XXI (por fortuna).
Especial Vigesimoprimer Aniversario
por Dixon Acosta

Algunos autores y directores de ciencia-ficción cuando soñaban con estos primeros años del siglo XXI, eran bastante optimistas frente a los desarrollos tecnológicos e imaginaban que ya a estas alturas del partido, la humanidad había concretado hitos como los primeros contactos con civilizaciones extraterrestres, colonias humanas en otros planetas, al menos en nuestro sistema solar. Aunque, a decir verdad, poquitos vislumbraban el poder de internet, que en eso también se anticipó el padre de todos, Julio Verne, quien en 1863 en la novela PARÍS EN EL SIGLO XX, habló de una red de telegrafía mundial.

No voy a extenderme en esas grandes aspiraciones de los creadores de la ciencia-ficción, mencionadas en el primer párrafo, sino en algo mucho más prosaico, la manera como nos transportamos, especialmente en las grandes ciudades, afectadas por la imparable explosión demográfica. Es un hecho, que especialmente en las grandes capitales de Asia y América Latina sufrimos graves problemas de tráfico vehicular, congestión y polución entre otras situaciones. Posiblemente pensando en que las calles ya no alcanzaban a albergar a todos los artefactos automotores, palpable en la escasez de sitios de parqueo, algo recurrente en Europa y América del Norte, es que se pensó en alternativas como la que hoy vamos a analizar.

Pues si en algo coincidían ciertos realizadores de películas de ciencia-ficción era en imaginar para estas horas de nuestra realidad, invisibles autopistas en el cielo, por las cuales circularían decenas o cientos de autos voladores. Sin embargo, uno se asoma por la ventana y todavía no hay asomo de esos artefactos volando sobre nuestras cabezas, por lo cual podría antojarse como la gran decepción de lo corrido del siglo XXI, lo cual se agradece por los motivos que explicaré más adelante.

Durante este año de 2017 cuando el mundo cinéfilo ha recibido con moderado entusiasmo la continuación de BLADE RUNNER, no podemos olvidar que la original de 1982 transcurría en el 2019, en medio de una bruma permanente, anuncios gigantescos y autos voladores. De manera más alegre en VOLVER AL FUTURO II (1989), cuya acción se desarrolla en 2015, también el automóvil con alas resulta una manera corriente de transportarse por los ciudadanos del siglo XXI. Eso para mencionar solo dos películas emblemáticas, que sirven para ejemplificar nuestro tema.

El hecho que el automóvil volador se desplace sobre un fluido, sin barreras aparentes, facilitaría que los dichosos autos se desplacen a su antojo (o de sus pilotos conductores), con la facilidad de violentar normas, señales o advertencias, lo que deja serias dudas de su posibilidad real de desarrollarse en nuestras sociedades. La sociedad no colapsa, ni entra en caos, gracias a las regulaciones, bien sea aquellas consignadas en leyes, o en aquellas no escritas, impuestas por las tradiciones y cotidianidad de las mismas comunidades.

No es solo un tema tecnológico, sino ante todo social. A diferencia de otros desarrollos insinuados por la ciencia-ficción, cuya dificultad reside en el aspecto científico y técnico, considero que la dificultad de implementar el transporte público y privado en los aires, pasa primero por perfeccionarlo en el suelo. De hecho, existen artefactos voladores del tamaño de un automóvil y sabemos de varios prototipos que cumplen con lo que los guionistas y realizadores han anticipado sobre estas máquinas. El tema es que, si no hemos sido capaces de manejar aceptablemente en el suelo, ¿cómo es que aspiramos a conducir medianamente bien en el cielo?

Confieso que soy un pésimo conductor, de hecho, no me gusta manejar, no creo tener la suficiente capacidad para asumir la responsabilidad de llevar a cuestas un aparato que pesa varias toneladas y encima la integridad de otros seres humanos, dentro y fuera del artefacto, así que menos me veo conduciendo y esquivando nubes en el cielo, o turbulencias inesperadas, cual baches en la carretera.

Como mencioné antes, el tema pasa por lo social, ese contrato no escrito que todos suscribimos para convivir sin matarnos, regulado por las normas y controles. Solo para dar un ejemplo, debería definirse a qué altura deberían ir los autos voladores, para no interferir con los vuelos comerciales, los militares u oficiales, los vuelos de helicópteros privados e incluso los diversos aparatos voladores como drones e incluso con las inocentes y asustadas criaturas voladoras, llámense aves o insectos. Eso sin hablar, de las cometas, papalotes, barriletes o como se denomine ese bello pasatiempo que espero siempre exista y no se vea amenazado por los automóviles con alas.

¿Se diseñarían autopistas? ¿Existirían semáforos? ¿Cómo se puede reducir la velocidad en caso de ser necesario? ¿Cómo podrían inspeccionarse los autos, para evitar temas como el terrorismo? ¿Cómo se impondrían las multas y sanciones? ¿En caso de un choque aéreo, si no hay más testigos, a quién se le cree? ¿A quién pega por detrás (o por arriba, o por debajo?) ¿Se imaginan a los borrachos conduciendo sus autos voladores en zigzag por el horizonte? ¿Cómo mitigar los efectos de los eventos, que podrían volverse catastróficos si los autos defectuosos o accidentados caen en áreas habitadas?

Dejemos las preguntas, por un momento y veamos la realidad del transporte humano en la actualidad y sus riesgos. La mayor accidentalidad se da en el transporte terrestre, en cualquiera de sus modalidades, pero especialmente en el vehicular, mientras que el sistema aéreo es el más seguro estadísticamente hablando, pero para serlo, este último debe seguir una serie de normas, controles y limitaciones que solo profesionales, como pilotos, tripulaciones calificadas y controladores aéreos pueden asumir, no la gente común y corriente que maneja su coche diariamente.

Entonces, ¿para qué pretender llevar el riesgo de las ruedas a los aires? No me parece lógico, no al menos que avancemos en materia de civilización y fenómenos como la conducción irresponsable se hayan superado. Pero suponiendo que logramos alcanzar ese grado de desarrollo en materia de convivencia, surgen las dudas con fenómenos como el terrorismo, que podría utilizar estos autos para tener más impacto en su accionar destructivo.

Por todo lo anterior, creo que estamos todavía muy lejos de las escenas de las películas mencionadas arriba. Es posible que primero nos encontremos un extraterrestre caminando por el barrio, o inventemos el tele-transportador, antes de observar a través de la ventana una fila interminable, porque hay un trancón (colombianismo para los embotellamientos de tránsito) de autos voladores.

Por mi parte, con el vehículo inteligente que mostraban en la serie televisiva del Auto Fantástico, me conformo, suficiente que ese carro pueda estacionar y conducirse solo, mientras disfruto del camino en el asiento del piloto.

© Dixon Acosta En Twitter como @dixonmedellin
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Dixon Acosta es colaborador habitual del Sitio