Especial Vigesimoprimer Aniversario
El siglo de las lucecitas
Especial Vigesimoprimer Aniversario
por Jacinto Muñoz

El cerebro humano ha sido, es y esperemos que siga siendo un mecanismo bastante fértil, de él hemos cosechado abundantes frutos y con él hemos imaginado infinidad de mundos y futuros. En ocasiones por mero divertimento, en otras con afán descubridor y a veces profético, ora anunciando paraísos ora terribles infiernos.

No es de extrañar. Según parece este órgano que trabaja en lo más alto, es el encargado de controlar los peligros que nos acechan y para ello, descartando la presciencia, no le queda otra que reunir información, analizarla y adelantarse a los acontecimientos, haciéndonos saltar o alzar un brazo de manera inconsciente o decidiendo, con lo que creemos mucha consciencia, el mejor plan de inversiones que nos garantice una plácida vejez. En este largo intervalo que va desde los gestos puramente instintivos a la toma de decisiones complejas, tanto en lo inmediato como en lo lejano, preferimos evitar los sobresaltos y dejar la incertidumbre para los regalos, la lotería de Navidad y el final de las películas. Lo único malo es que, en lo de adivinar el futuro, no siempre es posible aplicar la ecuación del Sr. Heinsenberg.

Los físicos de partículas son capaces de determinar, con cierta exactitud, la evolución de un conjunto de protones, neutrones y electrones a lo largo de segundos, minutos, horas, incluso años. Hasta los meteorólogos pueden acertar a unos días vista y los geólogos arriesgarse a pronosticar sucesos que tendrán lugar dentro de un montón de siglos, pero al otro lado de las ciencias experimentales las cosas se tuercen un poco. De los matemáticos mejor no hablar, por que van a lo suyo, aunque ahora trabajen con unas teorías del caos que podrían tener algo que decir en este tema. Los estadísticos a veces y con mucho margen, logran aproximarse a los resultados de unas elecciones, los economistas ya se sabe que predicen el pasado, los sociólogos qué sé yo y el resto de las ramas del frondoso árbol por ahí andan, peleando. Menos mal que nos quedan los expertos en el tema, los que dedican su tiempo y esfuerzo a discernir qué nos depara el mañana en el sentido más amplio de la palabra: los escritores de ciencia-ficción. Sí señores, obviando insustanciales debates sobre si es dura o blanda, si tiene fundamento o carece de él, si es o no es y otras menudencias que cualquier asiduo a esta página conoce de sobra, hay que reconocer que la literatura de anticipación, o gran parte de ella, ha sido capaz de recoger nuestros sueños y temores y proyectarlos en el futuro y el siglo XXI fue de los primeros en recibir la luz de sus focos.

Cuando nació en el XIX, las tierras ignotas iban cayendo una a una, la era de los grandes viajes de descubrimiento llegaba a su fin y con ella el género de novelas de aventuras que lo habían reflejado. En el siglo XX, el planeta se nos quedo pequeño, la última frontera estaba al otro lado de nuestra pequeña atmósfera y la ciencia-ficción se ocupó de tomar el relevo y llevarnos de la mano hasta horizontes infinitos. Nada en el tiempo y en el espacio podía escapar a su largo brazo y a su aguda vista. Coches voladores, humanos sintéticos, el sistema solar recorrido por líneas regulares de naves conectado las colonias de la humanidad en expansión. Todo esto o su contrario, en forma apocalipsis de diversos pelajes, nos esperaba a la vuelta del milenio y el milenio llegó y ya veis, parece que a las predicciones se les escapó algo. Ni siquiera considerando el intervalo de sesenta o setenta años transcurridos desde la llamada edad de oro, no recuerdo a nadie que, mediado el pasado siglo, vaticinara que este no sería el siglo del espacio sino el siglo de las lucecitas y no hablo de esas hermosas fotos de la tierra nocturna iluminada como un árbol de navidad, no, con este ingeniosísimo título quiero hacer referencia a otras luces, a los millones de led, de píxeles, de pantallas que nos rodean, nos conectan y amenazan con devoramos, al menos a los más viejos del lugar.

Algunos objetarán que ningún escritor de ciencia-ficción sensato se cree Hari Seldon, que lo suyo es reflexionar sobre sobre las consecuencias que la ciencia y la tecnología puedan tener para nuestra sociedad o bien soñar aventuras en el espacio infinito o el futuro lejano, no adivinar el aspecto real de determinado aparatito al cabo de unos años. También que, hablando de tecnologías de la información, hay todo un subgénero dedicado al tema y que otras muchas cosas: guerras, hambre, el despertar de China o el cambio climático, sí estaban avisados. Y tendrán razón, pero sólo parte, porque a nuestro maravilloso magín le resulta imposible trabajar con aquello de lo que no ha tenido experiencia, directa o indirecta, por eso el siglo XXI real ha resultado algo distinto al imaginado por los que juntamos cinco décadas de vida o más. Por poner un par de ejemplos, los conflictos y lo colapsos sociales y económicos, llevan con nosotros desde siempre y el boom de la informática comenzó en los ochenta, cuando surgió el ciberpunk.

Simplificando un poco, lo que hacemos en estos casos, es tomar lo conocido y aplicar el lema olímpico: más rápido, más fuerte, más alto o más potente, más pequeño, más eficaz. Desde esta perspectiva, después de que, a los pocos años de proponérselo, la humanidad consiguiera llegó a la luna, lo lógico era que en unos cuantos más hubiéramos estado en Plutón cerca o que, una vez descubiertos los antibióticos y el ADN, las enfermedades hubiesen claudicado en unas pocas décadas. Y no, a día de hoy los presupuestos han dejado la carrera espacial es paseíllo, los antibióticos son un peligro, la única forma de garantizar una vida larga y sana es la dieta, el ejercicio y el dinero y nadie, ni los físicos ni los meteorólogos ni los geólogos ni los economistas ni los sociólogos ni los escritores de ciencia-ficción ni, por supuesto, los matemáticos predijeron la cantidad de horas que en dos mil dieciocho, íbamos a pasar pegados a pantallas luminosas interconectadas entre sí, ni los cambios sociales que han provocado y van a provocar.

Así es, estamos en la era de la información y este siglo lleva su nombre, aunque nos gusta precipitarnos y esto acaba de empezar, hay otros horizontes además de los virtuales, la ciencia tiene muchas bazas que jugar y quizá la visón de una humanidad longeva, creciente y poderosa, expandida por el espacio, termine realizándose en los próximos cien años o quizá el tipo ese de Corea del norte logre hacer realidad otro de los temas clásicos de los sesenta o puede que las nuevas IA demuestren que alguien acertó con su pronóstico en los ochenta. Sí, son muchas las cosas que están por ocurrir, buenas o malas, y como no tengo el don de la profecía usaré el de la paciencia, ya escribiré sobre ellas cuando llegue el especial ciento veintiuno de el Sitio.

© Jacinto Muñoz
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Jacinto Muñoz es colaborador habitual del Sitio