Especial Vigesimoprimer Aniversario
El siglo XXI contado por nuestros antepasados
Especial Vigesimoprimer Aniversario
por Enric Quílez Castro

La ciencia-ficción siempre ha tenido una componente prospectiva o especulativa. Algunos escritores presumen de haber previsto internet o la revolución de la robótica. Otros no se enteraban de que estaba a punto de caer el muro de Berlín unos meses antes de que sucediese. De todo hay.

Y desde luego, el siglo XXI ha sido prospectado, especialmente desde el siglo XX, cuna de la ciencia-ficción moderna en innumerables ocasiones. Decía el escritor del género, David Brin, que predecir el futuro a corto o largo plazo no es problemático: el corto plazo suele ser sencillo y en el largo plazo, si te equivocas, tampoco pasa nada porque no vas a estar allí para que te lo recriminen.

Lo difícil es el medio plazo, a cincuenta años vista, por poner el caso. Él lo intentó con una novela que yo siempre he encontrado deliciosa llamada TIERRA, con superpoblación, cambio climático desbocado, desinterés total por la carrera espacial, agotamiento de los recursos y búsqueda desesperada de metales en antiguos vertederos, el fin de la intimidad con algo muy parecido a las cámaras de los móviles, terrorismo ecológico...

La verdad es que lo acertó bastante, hay que reconocérselo. De hecho, la ciencia-ficción especulativa se acaba aquí. Cuando se utilizan escenarios muy en el futuro, estamos o ante una novela más bien de corte fantástico o simplemente ante una metáfora que extrapola a un futuro lejano lo que realmente está sucediendo hoy o sucederá muy pronto.

Y el siglo XXI estaba entre el corto y el medio plazo, pero también ha sido empleado como escenario metafórico para explorar tendencias que estaban surgiendo entonces.

Curiosamente, lo que llevamos vivido del siglo XXI se parece poco a vivir en un mundo de ciencia-ficción. A parte de los móviles, que son unos fantásticos ordenadores portátiles con una potencia de cálculo inimaginable hace tan sólo un par de décadas y dotados con GPS, cámaras fotográficas de increíble resolución, giróscopos, etcétera, la cosa no parece haber avanzado mucho.

Bueno, sí, está internet, la red de redes. Inicialmente parecía que iba a ser una especie de escaparate global combinado con una enciclopedia total. Todo eso es y mucho más. La importancia comercial de internet, hoy día, es innegable. Algunas de estas cosas sí que fueron previstas.

Pero cuando desde el siglo XX se pensaba en el siglo XXI, ¿qué nos imaginábamos? La respuesta es: depende. Depende de en qué parte del siglo XX nos colocásemos.

En el primer tercio del siglo XX, nos vienen a la memoria imágenes como las de METRÓPOLIS: coches voladores, megaurbes utópicas, el fin del trabajo...

Durante el segundo tercio del siglo XX, la ciencia y la tecnología continuaban dominando el panorama y seguían prometiéndonos la utopía tecnológica. Pero la era atómica lo cambió todo. Se introdujo una componente negativa, una desconfianza y un recelo hacia éstas que desembocó en las visiones distópicas de finales del siglo XX.

Así, aparecen nuevamente megaurbes, pero si las de METRÓPOLIS son luminosas y de mármol, las de BLADE RUNNER son oscuras y decadentes, con vapores y enormes carteles de neón (por cierto, hoy ya obsoletos).

Uno de los escritores que nos previno de lo que se nos venía encima fue Frederik Pohl y sus novelas y relatos sobre el hiperconsumismo, como MERCADERES DEL ESPACIO o LA PLAGA DE MIDAS.

De hecho, la propia ciencia-ficción parece virar hacia estos mundos distópicos hipertecnificados con la aparición del subgénero cyberpunk y su complementario, el steampunk. Novelas como NEUROMANTE de William Gibson se nos quedan cortas y relatos como QUEMANDO CROMO son de rabiosa actualidad.

Otra cosa interesante que se preveía del siglo XXI que sí que se está cumpliendo a marchas forzadas: el cambio del centro de gravedad desde Occidente (especialmente de Europa y Estados Unidos) hacia el extremo Oriente (Japón, China y el Sudeste asiático).

Otro fenómeno bastante interesante es que la Humanidad, lejos de unirse, parece más dividida que nunca y las naciones se comportan de una manera ciertamente egoísta, tirando a ególatra. Nada de gobiernos mundiales —ni capitalistas ni socialistas—. Ni si quiera las macrocorporaciones que se nos vendían en el siglo XX se parecen a las del XXI, ya que éstas tienen los pies de barro y tan pronto ascienden, como se hunden. Es cierto que la Coca-cola aún existe, ¿pero quién se acuerda de AT&T o de Nokia? por poner un par de ejemplos.

Y desde luego, el salto al espacio no ha tenido lugar, para nada. No tenemos ascensores espaciales, ni colonias en la Luna, ni hemos llegado a Marte. Con un poco de suerte volveremos a la Luna un día de estos y mucho me temo que van a ser los chinos los que se lleven el pato al agua, como sucedía en 2010: ODISEA DOS, de Arthur C. Clarke, con la llegada de una nave exploratoria al satélite joviano Europa.

De momento nos tenemos que conformar con la ISS (la Estación Espacial Internacional) mientras dure, o con futuras estaciones orbitales rusas o chinas. Marte queda muy lejos y no hablemos ya del resto del Sistema Solar. Y lo de terraformar planetas no deja de ser un ejercicio literario más o menos interesante. No somos capaces de revertir el cambio climático en un planeta que conocemos relativamente bien, como es nuestra Tierra, ¡vamos a hacer habitable Marte!

Otro aspecto que dio mucho que hablar a la ciencia-ficción del XX fue la ingeniería genética. Ciertamente, ésta ha tenido un enorme desarrollo en las últimas décadas y promete mucho. Pero aún estamos lejos de los clones humanos de ¿UN MUNDO FELIZ? , de Aldous Huxley o los de CYTEEN, de C. J. Cherryh.

La verdad es que empezamos a darnos cuenta de que la genética es mucho más complicada de lo que parecía y que nos falta mucho por saber. A pesar de las grandes promesas de edición a la carta que brindan tecnologías como el CRISPR, recientemente hemos descubierto cosas como la epigenética que se han cargado conceptos básicos que se creían bien conocidos en el campo.

O la robótica. Asimov nos describió un planeta superpoblado en el que los robots, muchos de ellos humaniformes y dotados de una gran inteligencia artificial, ayudaban a los humanos en las tareas pesadas y rudimentarias, cosa que a su vez, también generaba una cierta reacción de rechazo en ciertos ámbitos (YO, ROBOT, EL HOMBRE BICENTENARIO o BÓVEDAS DE ACERO). Empieza a suceder.

Finalmente, el campo de lo social. ¿Es la democracia la forma de gobierno predestinada para el siglo XXI? Pues la verdad es que si descontamos las descolonizaciones de mediados del siglo XX en adelante, no se han creado muchas democracias en el mundo. Tampoco es que vivamos en una dictadura (o dictaduras) global a lo 1984 (George Orwell), pero a veces cuesta de ver la diferencia.

Los medios de comunicación masivos han evolucionado bastante en la línea de lo que algunos previeron, como Norman Spinrad en INCORDIE A JACK BARRON y, de hecho, me temo que hasta se quedaron bastante cortos.

Resumiendo: el siglo XXI es una curiosa combinación de siglo XX corregido y aumentado y de cosas nuevas inesperadas (aunque pocas), pero también es cierto que aún no han pasado ni 20 años del siglo XXI. Tiempo al tiempo y a ver qué pasa.

© Enric Quílez Castro
(1.214 palabras) Créditos
Enric Quílez Castro mantiene el blog El mundo de Yarhel