Delitos solares
por Enric Quílez Castro

En España, a diferencia del resto del occidente civilizado, la energía solar se ha convertido en poco menos que un delito. Se ha pasado de promocionarla entusiásticamente hace una década, hasta el punto que estuvimos a punto de ponernos a la cabeza de los países que más energía solar per cápita producían y tecnología de este tipo desarrollaban, instalaban y exportaban, a poco menos de convertirse en un pecado capital, penado y hostigado por tierra, mar y aire.

La verdad es que la cosa no se entiende. Si se supone que hay que combatir el cambio climático producido en buena medida por la quema masiva de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural, etc.), no queremos energía nuclear y con la eólica no llegamos, me temo que habrá que apostar por la energía solar.

¿Cuál es el problema? Pues que es una energía democrática. El sol derrama sus bendiciones para todo hijo de vecino. Cualquiera puede instalarse unas placas solares en el tejado de su casa y eso, para las compañías eléctricas tradicionales, es una verdadera herejía. Si tenemos en cuenta que la mayor parte de los exministros acaban en los consejos de administración de dichas compañías, cobrando unos sueldos de escándalo por no hacer poco más que calentar una silla (eso cuando asisten a las reuniones), pues no hay que ser muy inteligente para ver por qué la energía solar está penada en España, entre otras lindezas.

Ello me recuerda indefectiblemente a un relato de Frederik Pohl, el apóstol del anticonsumismo desaforado, titulado CUAL PLAGA DE LANGOSTA (LIKE UNTO THE LOCUST, 1979), que forma parte de la Trilogía del Reverendo Hake, difícil de encontrar hoy día.

En el relato, las potencias occidentales, quieren sabotear a un país del desierto que ha construido una original y muy peculiar central solar gigante que permitiría aprovechar el sol de una curiosa manera.

No puedo evitar recordar ese relato. Está claro que mucho de esto veremos a partir de ahora con el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Mr. Trump y sus colegas negacionistas del cambio climático, ricachones y adictos al petróleo. Cuando Ronald Reagan llegó a la Casa Blanca, una de las primeras medidas que tomó, fue eliminar las placas solares que el anterior inquilino había instalado en la azotea del edificio. En fin, de momento, hemos tenido un indigesto aperitivo en España.

© Enric Quílez Castro
(391 palabras) Créditos
Publicado originalmente en El mundo de Yarhel el 3 de abril de 2017