¿Escritores o buhoneros?
por Antonio Santos

No citaré la fuente del consejo por no causarme problemas y, también, por admisión de que fue acto de buena fe, desinteresado. Yo no soy tan ingrato. Pero me dio que pensar, y mucho.

Se me motivó, para promocionar mi obra, que abriese una cuenta en una red social y, enlazándome con otros/as tantos/as usuarios/as, me diese a conocer. Hay un par de sitios, al parecer, especializados en esto. Se establecía un quid pro quo; hablas bien de mí, te recomiendo. En principio, nada malo veía en eso (bueno, me daba pereza porque prefiero invertir ese tiempo en aprender cosas prácticas o perfeccionar mi labor), hasta que reparé en que ¿y si promociono un peñazo? (Es cuestión de integridad personal, de no alentar hipocresías). ¿Y si la persona a la que ensalzaba escribía ojear, en vez de hojear, que era lo que correspondía (ignorancia que abunda, por cierto, y llevada a mucha honra, por cierto)? Y el argumento, ¡por Dios! ¿era tal; existía?

De mi literatura puedo estar seguro; del trabajo de repaso, la necesidad de ofrecer una historia con calidad, la constancia. Tengo un modesto aval que certifica que hay algo detrás, más que la reverberación simoníaca de una red social visitada por media Galaxia, reproducida hasta la saciedad por el quid pro quo citado, que buscaba, a la vez, la difusión del trabajo del que esparcía la noticia.

Pero no es tanto esto lo que quiero comentar (el apóyame y te apoyo, etc.; de una u otra forma esto se hace en otros ámbitos, y es viejo recurso) como el que inviertas horas en hacer eso para tener que despuntar. Horas. Aun días. En vez de estar implicado en lo que de verdad importa, tu obra, y que alcance una relevancia notable, cuyo verbo la destaque sobre las demás, te sientas en tu silla de jinete de Facebook y, ¡hala! a pregonar cosas, a vender en la plaza pública del pueblo ¡la novela del prójimo! con la esperanza de que ¡él/ella en reciprocidad haga lo mismo!

¿A esto hemos llegado; tanto se ha degradado la profesión? ¿A mercadear, con tufo sospechoso de prostitución, tus letras en foros electrónicos esperando convencer de tu calidad a una nebulosa imprecisa, aun indolente, de gente que realmente no tiene en cuenta tus méritos, sino el destello de tus piropos a terceros? O sea, el tiempo que paso en el repaso, la lectura, la meditación de los acontecimientos, la gramática, ortografía, semántica, todo eso se ha ido a la mierda (o casi) porque debería mejor jinetear en mi Facebook y frotarme las manos contento con haber llamado la atención de no sé quién (o muchos más) que espera de mí trato similar.

Ya no se venden, por tanto podemos conjeturar, novelas, o historias, por lo que cuentan o cómo lo hacen, estigmas que hasta ahora han primado. Cierto que los voceros editoriales nos han colado bolas como Dan Brown (y que quede ahí) porque es parte del negocio; la publicidad tiene un poco de mentira que, se espera, sea inofensiva pese a todo, o no muy perjudicial. Y, a palos, aprendes a esquivar esos escollos o ver más allá de los esplendores de lo que te ofrecen.

Lo que ahora vende es un elogio parte de una cadena de ellos, no un relato pensado y trabajado con mayor o menor calidad, gana, interés (del autor depende eso). El lector otea cómo Fulanito (y hueste asociada) canoniza la novela de Menganito, a la espera de que la mesnada de éste haga ídem. (Si lo hacen, todo OK. El silencio, ¡mal sigul!) Como lo de razonar está mal visto (so pena de que, si lo haces, te llamen maricona), pues el que más brillante plumaje exhiba, en plan pavo real, vende novela. Que luego esos foros recojan comentarios indignados cuyo cuerpo es: ¡vaya tostón me han colado! son como los accidentes de tráfico; nadie los desea, pero pasan, ergo son inevitables. ¡Dios lo quiere! (por esas misteriosas razones como actúa el Altísimo). Y, de aquí a cinco años, la idiocracia triunfa, cegados todos por el resplandor de las cadenas de elogios mercenarios, desorientados, aturdidos, por el bombo ensordecedor de los dioses de hojalata y adláteres de chapa.

No me extraña ir como voy. Estoy aún convencido de que es mi trabajo, y lo que éste ofrece, lo que vende la novela. O las sucesivas. En vez de perder tiempo aprendiendo anatomía artística, fijarme en cómo otros componen los párrafos, qué efecto causan determinadas palabras, todo lo que se supone a un autor que se respete debe importarle, por sencillo amor propio, ¡tendría que pasarlo en ¡aclamar! a éste, aquél, aquélla, acá, aquí, ¡por allá! acullá! y reposar, tras horas del divertido juego, en la lectura de cómo tan pintoresco grupo me devuelve el favor.

Vuestro Scriptor.

© Antonio Santos
(805 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 28 de febrero de 2013