El perro del hortelano
por Francisco José Súñer Iglesias

No hace mucho leí una entrevista con Jill Farrant, bióloga sudafricana especializada en botánica, en la que se quejaba amargamente de las dificultades que encontraba su trabajo por adentrarse en las arenas movedizas de la ingeniería genética. El trabajo principal de Farrant está centrado en el estudio de las plantas reviviscentes, aquellas que permanecen en estado vegetativo (valga la redundancia) en épocas de sequía, que se pueden prolongar durante años, hasta que, propiamente, reviven en presencia de agua. Las investigaciones de Farrant van orientadas en el sentido de averiguar el mecanismo que permite a estas plantas hacer esto, y extenderlo a variedades que tengan un rendimiento adecuado como alimento.

Esto no dejaría de ser una gran ventaja en lugares donde el clima es caluroso y seco, puesto que con cantidades relativamente pequeñas de agua sería posible conseguir cosechas de cierta entidad, dando lugar a que la población local no dependiera de los caprichos de las sequías, y que incluso se podrían introducir en la dinámica de la explotación agrícola regiones en las que hoy día eso es sencillamente antieconómico.

Esta investigación, que a los gurús del cambio climático antropogénico debería llenarles de esperanza puesto que, al menos en parte, mitigaría los sufrimientos que pronostican debido a esas inminentes sequías y desertificaciones globales, no parece, según las palabras de la propia Farrant, generar mucho entusiasmo. ¿La razón? En ella aparece otro de los monstruos milenaristas: la ingeniería genética, los transgénicos.

El rechazo a los transgénicos es algo incorporado hace décadas al imaginario flower power. Desde la creación de plantas monstruosas que se comerán el mundo, al estilo de MÁS VERDE DE LO QUE CREÉIS, de Ward Moore, hasta la certeza de que las compañías que se dedican a esta industria quieren convertir en clientes-esclavos a los agricultores a base de venderles híbridos estériles que solo ellos saben como reproducir, además de los terribles efectos para la salud pública que tendrían estos engendros del diablo.

A poco que se piense las dos primeras alegaciones se anulan entre si. Si los Monsanto de turno venden semillas estériles ¿de qué forma se van a convertir en invasoras especies que no se pueden reproducir? Desde que hace años oí a un supuesto ecologista lanzar ambas proclamas en la misma frase no he podido volver a tomármelos en serio cuando hablan del tema.

En cuanto a la tercera alegación, los perjuicios para la salud, no existe ningún estudio sistemático que lo certifique (la mayoría de los experimentos solo parecen demostrar lo insano de una prolongada dieta monoalimento), ni menos un seguimiento pormenorizado de una muestra de población que se esté alimentando principalmente con este tipo de alimentos. Únicamente hay prevenciones, muy legítimas, sobre jugar a dios, pero es algo que el hombre lleva haciendo desde que desarrolló la agricultura, de hecho, prácticamente todas las especies vegetales que nos comemos hoy día son transgénicas, lejanamente emparentadas con sus ancestros silvestres. Incluso hay variedades que no se reproducen de forma natural y necesitan de mucho trabajo para ser viables. Vale que no se llega al extremo de la manipulación molecular del ADN, pero estrictamente naturales, tampoco son.

Pues bien, desde ciertos sectores (verdes y ecológicos) se vende por un lado la inminencia del Apocalipsis climático antropogénico (fuera del debate científico desde el momento en el que a los escépticos se les etiquetó como negacionistas) y por otro se atacan duramente los esfuerzos que darían de comer a mucha gente cuando las condiciones climáticas dejen de ser favorables.

Los que pensamos que ambas cuestiones están ya carcomidas por el posicionamiento ideológico antes que por el verdadero debate científico, nos produce mucha desazón que la verdadera catástrofe no vendrá por los cambios más o menos naturales del medio ambiente o la manipulación del germen de la vida, sino por el enquistamiento marmóleo de ideologías que no aceptan el debate ni, propiamente, el método científico.

Edición del 20 de octubre de 2017: Un ejemplo de posicionamiento ideológico es el que rodea al glifosato, un herbicida bastante eficaz pero con muy mala fama, sobre todo porque fue inventado por, ¡sorpresa! Monsanto. Según Geenpeace es altamente nocivo, sin embargo, no parece que esté tan claro que sea tan radicalmente perjudicial, lo que ocurre es que si ciertas sustancias aparecen en según que listas, aunque el riesgo sea remoto, se magnifica de tal manera que aunque sea necesario comer diariamente durante dos años más de quince kilos de soja tratada con glifosato para que la concentración del mismo en el cuerpo humano tuviera efectos nocivos, esa sustancia se convierte automáticamente en el peor veneno del mundo. Es muy difícil distinguir entre las voces autorizadas y las simplemente alarmistas, sobre todo porque las segundas suelen manejar mejor el factor propagandístico, y las primeras se remiten a aburridos estudios científicos y ristas intermibables de cifras y estadísticas. Por naturaleza siempre he desconfiando de los mensajes impactantes y maniqueos. No soy inmune a todos ellos, nadie lo es, pero es más que conveniente ir armado por la vida con una buena dosis de escepticismo.

© Francisco José Súñer Iglesias
(838 palabras) Créditos