Soy un tipo inculto
por Francisco José Súñer Iglesias

No hace mucho al actual presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, se le ocurrió decir que ni iba al cine ni veía películas españolas.

Por supuesto, le cayeron hondonadas de hostias.

Si la situación estuviera normalizada nadie tendría porqué haberse puesto de uñas, no haberse inflado a hacer chistes a cuan más hiriente, ni haberle empapelado con decenas de epítetos humillantes. Inculto fue lo más suave.

No veo problema en que el señor Rajoy no tenga especial apetencia por el cine, cada cual tiene sus gustos, nadie está obligado a seguir según que directrices y tiene todo el derecho de mundo a elegir en que invierte sus horas de ocio. ¿Qué en su caso es el fútbol y leer el Marca? Pues oiga, tan feliz.

Yo tampoco voy al cine. La última vez fue para el estreno de PROMETHEUS, y no he vuelto a pisar uno. Es una mezcla de pereza y comodidad. En mi pueblo, Móstoles, no hay salas de cine, y tener que desplazarme una kilometrada para ver una película no me apetece, nada. Hace años no me importaba demasiado, pero ya...

Por tanto, según los razonamientos sarcásticos de tantos y tantos estetas talentosos e influencers de todo a cien, yo también soy un inculto.

En el caso del ocio nos estamos moviendo en el ámbito privado, en el que nadie tiene porque entrar. Siempre me ha parecido que este tipo de ataques son más bien una forma de proclamar la propia excelencia antes que señalar las carencias ajenas. Reprochar estas cuestiones es más bien una forma implícita de proclamar cuan culto es el acusador en contraposición del zote del acusado, lo que además barrunto como una forma de expresar un cierto sentimiento de inferioridad, de modo que apuntando al raro se desvía la atención de las propias carencias. Recordemos también que hay algún que otro espabilao que vive de ser culto, y monta guardia permanente para reivindicarse denunciando las inculturas ajenas.

Además, es un hecho que las humanidades se han apropiado de la cultura en detrimento de las ciencias y la tecnología. El que sea más de números, raramente obtendrá la etiqueta de culto. Pongamos dos individuos. El primero ha estudiado algo en lo que esos números solo aparecen en los pies de página, escucha a Schubert y ciertos trovadores modernos de aire lánguido, lee a Cohelo y es capaz de nombrar al menos diez directores de cine iraníes, pues bien, según el estándar dominante es culto. El segundo, si es químico, le va la salsa (la mayonesa también), la caza menor y tiene una aceptable habilidad con la carpintería, además de no conocer ninguno de los nombrados, resulta que no, que de culto nada. Puede que no se le tache de ignorante, pero lo que viene a ser culto, no lo es.

Como además no ser culto no está bien visto, cuando alguien relevante reconoce alguna pequeña carencia en aspectos cultos es fulminantemente azotado por la masa enfurecida de culturetas en bicicleta. Sip, el no ser culto se considera malo y estigmatizante.

Hay una segunda cuestión al respecto que siempre me ha puesto de un humor borrascoso. Tradicionalmente, a cualquiera que se le propusiera un problema simple de sumas y restas le bastaba con decir que era de letras para dar por sentado que no solo no pensaba resolverlo, sino que estaba muy por encima de esas memeces aritméticas, ¡y se le reía la gracia! Sin embargo, si es usted ingeniero aeronáutico, el diseñador del turborreactor que sostiene en el aire a miles de aviones a diario, y se le ocurre decir que no ha pisado en su vida un teatro, ni interés que tiene, se verá automáticamente denigrado por una legión de idiotas.

Lo divertido de todo este asunto es que a día de hoy, sin la necesidad del simbolismo de otros tiempos menos alfabetizados, la mayor parte de la producción cultural no sirve más que para proporcionar placer estético. La música, la pintura, la literatura solo sirven para eso. Para pasar un rato agradable.

Hay otras humanidades, las ciencias sociales, que consiguen hacernos comprender mejor el mundo en el que vivimos, saber que falla e intentar mejorarlo. Sin embargo, fíjense, tener conocimientos de filosofía, sociología, antropología, economía (¡ja!) no entra exactamente dentro de lo que significa ser culto. Como mucho, será usted considerado condescendientemente como un intelectual.

Incluso dentro de la cultura la hay de primera y de segunda. Ya sabemos que la ciencia-ficción es cultura de segunda, y hasta tercera, categoría, un género desquiciado y para adolescentes. Un seguidor de Sôber no es culto, pero uno de Schubert si. Torrente es basura, lo que mola es Kiarostami.

En todos estos casos estamos hablando de lo mismo, manifestaciones artísticas que son puro entretenimiento, que ayudan a disfrutar de un momento placentero con cosas que, realmente, no sirven para nada más, y no me vengan con cuentos de denuncias sociales y relatos introspectivos. Si de verdad alguien quiere denunciar algo que haga un documental detallando minuciosamente las maldades correspondientes y lo presente al canal Arte para que lo emitan.

Vayámonos a un caso extremo. Llega el Apocalipsis nuclear y tenemos mano a mano al amante de Schubert y Cohelo junto al químico cazador y carpintero. Así, sin más que estos datos ¿a quien dan más posibilidades de sobrevivir?

Yo también.

Puede ocurrir que el primero tenga buena mano con las plantas y en pocos meses sea capaz de tener un huerto más que frondoso, pero hasta entonces habrá tenido que depender del químico cazador porque sus habilidades y conocimientos le sirven exactamente de nada.

Tengámoslo siempre en cuenta; la cultura es un pasarratos agradable, pero poco práctico, que solo tiene sentido dentro de sociedades capaces de ofrecer soporte vital a los cultos.

Y si, soy inculto, ya digo que no voy al cine, no veo cine español ni del señor Kiarostami, no he pisado un teatro en años, Cohelo me parece un pelma, y a mi el Apocalipsis, cualquier Apocalipsis, no me va a pillar precisamente tarareando lieder de Schubert.

© Francisco José Súñer Iglesias
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