Un descubrimiento científico capital
por Antonio Quintana Carrandi

El miércoles 22 de febrero los telediarios de todas las cadenas, además de la cansina verborrea sobre la siempre sucia politiquilla, las estupideces balompédicas y otras zarandajas de idéntico calibre, nos ofrecieron, para variar, una buena noticia científica. Me refiero al descubrimiento de un sistema planetario capaz, presumiblemente, de albergar vida. Aunque los noticieros televisivos no le concedieron, ni de lejos, tanta importancia como al resto de las epopeyas, al menos se hicieron eco de tan importantísimo hallazgo. La vigesimoprimera centuria acaba de comenzar, como quien dice, y quizá sea excesivo definirlo como el descubrimiento del siglo, pero se trata, indudablemente, de un avance extraordinario, yo diría que capital, en la exploración humana del espacio profundo.

Las implicaciones científicas de semejante descubrimiento son inmensas. El nuevo sistema está compuesto por una estrella enana roja, bautizada TRAPPIST-1, que posee un cortejo de planetas que orbitan en torno a ella. Lo más relevante es que siete de ellos son mundos rocosos, de tamaño similar al de la Tierra, lo que ya de por sí es extraordinario, pues hasta la fecha la inmensa mayoría de los planetas extrasolares descubiertos eran gigantes gaseosos. Los planetas han sido bautizados con las letras B, C, D, E, F, G y H, en orden de menor a mayor distancia de su estrella madre. Lo más interesante es que TRAPPIST-1 E, F y G se encuentran en la llamada ecosfera, es decir, en la zona alrededor de una estrella en que la temperatura de ésta permite la existencia de agua líquida en la superficie de un mundo. Esta revelación, unida al hecho de que nunca antes se habían detectado al mismo tiempo tantos planetas similares a la Tierra, ha levantado enormes expectativas entre la comunidad científica internacional, y no es para menos. Sabíamos desde hace tiempo de la existencia de otros mundos fuera de nuestro sistema, pero, hasta la fecha, jamás habíamos localizado unos con tantísimas probabilidades de tener vida. Es realmente una noticia sensacional, con una relevancia histórica absoluta, y que, por desgracia, fue tratada por las televisiones como una mera curiosidad.

Sin embargo, somos muchos los que en todo el mundo nos felicitamos por este hallazgo único en su género, que abre infinitas posibilidades científicas a la humanidad. He vivido lo suficiente para ver que, efectivamente, existen en el universo mundos parecidos al nuestro, y espero vivir cuando se confirme la existencia de agua en estado líquido en las superficies de TRAPPIST-1 E, F y G. A decir verdad, la confirmación de que sólo uno de estos planetas posee agua líquida sería una noticia fabulosa. Sea como fuere, algo en mi interior me dice que, incluso a larguísimo plazo, el recién descubierto sistema planetario será un objetivo prioritario para el envío de algún tipo de sonda, o de una nave tripulada.

TRAPPIST-1 se encuentra a 40 años luz, una distancia inmensa para nuestros recursos tecnológicos, pero infinitesimal en la vastedad del universo. Con los medios de que disponemos en la actualidad es impensable enviar una astronave allí, mucho menos una tripulada. Pero ¿quién sabe? Quizás en las próximas centurias la humanidad logre desarrollar alguna forma de propulsión estelar, que le permita salvar tan inconmensurables distancias en un plazo de tiempo relativamente corto. La idea parece de ciencia-ficción, es cierto. Pero si se comparan dos imágenes del primer aeroplano de los hermanos Wright y el ya fuera de servicio transbordador espacial de la NASA, uno tiene la impresión de que entre la construcción de una aeronave y la otra han pasado siglos, y no apenas siete décadas. La tecnología avanza exponencialmente, poseemos inmensos conocimientos. Pero abrigo el convencimiento de que, por pura lógica, lo que nos queda por descubrir es todavía más impresionante que lo que ya conocemos. No creo, por tanto, que sea demasiado descabellada la posibilidad de que, en algún momento, se consiga desarrollar un medio para que una nave pueda franquear la supuestamente infranqueable barrera de la velocidad de la luz.

Si bien TRAPPIST-1 resulta muy prometedor, otro tanto puede decirse de Próxima B, planeta descubierto el año pasado orbitando Próxima Centauri, la estrella más cercana a nosotros, pues dista del Sol sólo 4,22 años luz. Próxima B es un mundo rocoso, de 1,3 masas terrestres, que se encuentra en la ecosfera de esa enana roja invisible a simple vista para el ojo humano, que pertenece a la constelación austral del Centauro. Se cree que este planeta puede tener agua en estado líquido en su superficie, lo que haría de él un firme candidato a poseer vida. A pesar de la gran distancia que nos separa de Próxima B, está bastante más cerca, en términos astronómicos, que TRAPPIST-1, por lo que mandar una nave allí resultaría, en teoría al menos, más asequible.

Sea como fuere, y como creo haber comentado antes en otros artículos y ensayos publicados en el Sitio, estoy seguro de que la historia de la humanidad no ha hecho más que empezar, y de que antes o después nos lanzaremos a la exploración y colonización primero de nuestro sistema, y luego de otras regiones del cosmos. Seguramente será todo muy distinto a como lo han descrito los escritores de ciencia-ficción, o lo que hemos visto en las series televisivas y películas del género. Pero acontecerá, porque nuestro futuro, el de la humanidad como especie inteligente, estará allá arriba, entre las estrellas. Que así sea.

© Antonio Quintana Carrandi
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