Especial Vigésimo Aniversario
La grandiosidad de la ciencia ficción
Especial Vigésimo Aniversario
por Antonio Quintana Carrandi

Uno de los aspectos más interesantes de la ciencia-ficción, en sus diversas vertientes, es eso que ha dado en llamarse el sentido de la maravilla. Desde sus inicios, la literatura de ciencia-ficción ha cultivado la grandiosidad, presentando proyectos que sólo pueden definirse como faraónicos. En cierto modo, en esta categoría pueden encuadrarse muchas de las novelas de Verne, que en su momento presentaban unas ideas que casi parecían descabelladas, de tan sorprendentes como eran en su época. Pero el concepto de grandiosidad adquirió carta de naturaleza con el Imperio Galáctico descrito por Asimov en los relatos que componen su serie Fundación, con sus decenas de miles de sistemas planetarios integrados en una entidad política, que dominaba gran parte de la galaxia. Asimov situó el centro neurálgico de su Imperio en Trantor, un planeta-ciudad dedicado exclusivamente a la administración de los vastísimos dominios imperiales. La idea de una metrópoli que cubría la superficie de un mundo caló muy hondo en el imaginario colectivo de los aficionados a la ciencia-ficción, tanto por lo insólita como por lo sugestiva que era, así que no debe extrañarnos que la serie de obras que el Buen Doctor dedicó a su Fundación sean más conocidas como el ciclo de Trantor. Su importancia ha trascendido la propia obra asimoviana, convirtiéndose en un referente para todo el género, que George Lucas ha utilizado/homenajeado con el impresionante Coruscant visto en las tres precuelas de STAR WARS.

Se podría escribir un tratado sobre los proyectos faraónicos descritos en numerosas obras literarias y cinematográficas. Pero permítaseme barrer para casa, y reivindicar, por enésima vez, la obra más emblemática de la ciencia-ficción española, la fabulosa Saga de los Aznar del valenciano Pascual Enguídanos, George H. White. Si es grandiosidad lo que buscamos, nada como el increíble autoplaneta Valera. ¿Puede haber proyecto más faraónico en la SF que transformar un planetoide hueco, del tamaño aproximado de nuestra Luna, no sólo en una inmensa astronave, sino también en un asombroso mundo artificial? He leído muchísimas obras de ciencia-ficción, y no recuerdo haber encontrado nada semejante en ellas, ni siquiera en las escritas por los autores norteamericanos, que parecen ir de sobrados por la vida.

Todavía hoy, más de sesenta años después de su concepción por la fecundísima mente de Enguídanos, Valera sigue impresionando como el primer día a los lectores que se acercan a la Saga. Pero don Pascual se superó a sí mismo, alcanzando el cenit del sentido de la maravilla al imaginar el extraordinario Circumplaneta, un mundo artificial, creado por los bartpuranos o bartpures con la materia dispersa por el espacio. Su forma de toroide recuerda la de un inmenso neumático, un anillo en cuyo centro se halla una estrella similar al Sol pero algo más grande. Dadas sus características, el Circumplaneta, bautizado como Atolón por los asombrados valeranos que lo descubren, posee una cara interna, la que mira directamente a su sol, con un perímetro de 1.193.000.000 de kilómetros, una anchura de 10.000.000 de km y una superficie habitable de 11.932 billones (con B) de km cuadrados, equivalente a más de 23.000 planetas del tamaño de la Tierra, por lo que puede cobijar perfectamente a 200.000 billones de habitantes. Por su especial configuración, en su cara interior impera un día eterno, mientras la cara opuesta permanece eternamente en las sombras de la noche y cubierta de hielos.

El Circumplaneta permanece como un hito de grandiosidad en la literatura española de SF, empalideciendo incluso al sorprendente MUNDO ANILLO descrito por Larry Niven. Pero Enguídanos fue aún más lejos, y en las últimas novelas de la Saga describió el Hiperplaneta, más asombroso si cabe que el Circumplaneta, ya que se trata de un mundo hueco, similar a Redención o Valera, pero con un tamaño equivalente al de nuestro Sistema Solar, con un radio superior al de la órbita de Neptuno. En su interior alberga una estrella y varios planetas, por lo que se trata de una auténtica esfera de Dyson, aunque el autor nunca emplea tal nombre. Don Pascual comenzó a desarrollar la idea del Hiperplaneta en las novelas LA CIVILIZACIÓN PERDIDA, HORIZONTES SIN FIN y EL REFUGIO DE LOS DIOSES, pero por imposición editorial la Saga fue cancelada, y don Pascual no pudo explotar adecuadamente las enormes posibilidades que le ofrecía un escenario tan espectacular e impactante como el de esta curiosa esfera de Dyson. Una verdadera pena.

Pero mi obra preferida, en lo que a grandiosidad y proyectos faraónicos se refiere, es la trilogía marciana de Kim Stanley Robinson, compuesta por las novelas MARTE ROJO, MARTE VERDE y MARTE AZUL, en la que el autor describe el costoso y larguísimo proceso de la terraformación del cuarto planeta de nuestro Sistema, algo que la ciencia actual considera factible a muy largo plazo. Marte siempre ha gozado de mucho atractivo, no sólo para los escritores de ciencia-ficción, sino también para la comunidad científica, que ha puesto sus ojos en este mundo desde hace décadas. La posibilidad de convertirlo en algo así como una segunda Tierra ha fascinado por igual a científicos y novelistas, y Robinson explota a conciencia y de un modo muy plausible tal idea. A mi juicio, las tres novelas de Robinson conforman una de las series más relevantes de la SF escrita.

El futuro de la ciencia-ficción nos deparará, sin duda, grandes sorpresas en el apartado de los proyectos fabulosos que incluso harían empalidecer los ejemplos que he mencionado, aunque en el caso de Enguídanos se me antoja casi imposible superarle. Sea como fuere, nuestro género seguirá sorprendiéndonos con logros tecnológicos que hoy nos parecerían inconcebibles, y con escenarios increíbles por su monumentalidad y complejidad.

© Antonio Quintana Carrandi
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Antonio Quintana es colaborador habitual del Sitio