Especial Vigésimo Aniversario
Contando los eones
Especial Vigésimo Aniversario
por Enric Quílez Castro

La ciencia-ficción es rica en ejemplos de proyectos formidables. Algunos de ellos parecen haber surgido por acumulación. Todos recordamos las imágenes de STAR WARS, por ejemplo, y su planeta capital, Coruscant. O la archiconocida Trantor de la serie de las Fundaciones de Isaac Asimov. En ambos casos, tenemos una ciudad capital que ocupa toda la superficie planetaria.

Un ejemplo similar, sólo que subterráneo, lo encontramos en DUNE con el planeta Ix, uno de los pocos mundos tecnológicos del Imperio Galáctico que tiene una superficie más o menos prístina, pero con ciudades subterráneas tecnificadas. Tanto como los preceptos de la Jihad Butleriana permiten.

Pero estos ejemplos no dejan de mostrar una especie de Nueva York o una Tokyo planetarias. En el caso de las Fundaciones, hasta con un enorme jardín en medio de la ciudad, como sería el Central Park neoyorkino o los jardines imperiales de Tokyo. Se puede pensar mucho más a lo grande.

Un ejemplo son las esferas Dyson, teóricos constructos alrededor de una estrella que permitirían aprovechar hasta el último fotón de energía de la estrella en cuestión y establecer una zona habitable en la superficie interior de la esfera. Podemos ver un ejemplo de esto en un capítulo de Star Trek de la Nueva Generación: RELIQUIAS (Relics).

Una variante de una esfera Dyson es el conocido MUNDO ANILLO de Larry Niven, en que la esfera es sustituida por una especie de cilindro hueco sin tapas alrededor de una estrella, en el que conviven diferentes razas, entre ellas, la humana, los kzinti (los guerreros) y los titerotes (los comerciantes).

Naturalmente hay constructos de menor envergadura, como las estaciones espaciales, soñadas ya por Tsiolkovsky, que aparecen en multitud de películas, series de televisión y novelas. Por poner unos ejemplos: NÉMESIS (Isaac Asimov), LOS 100 (serie de televisión), INTERSTELLAR o ELYSIUM (películas). En ellas, la rotación de las estaciones, permite utilizar la fuerza centrífuga para generar algo parecido a la gravedad artificial y los principales problemas que padecen suelen ser los impactos de asteroides, la escasez de recursos, que deben reciclarse o simplemente los problemas sociales de vivir en un entorno cerrado.

Pero creo que hay otros tipos de proyectos faraónicos menos tecnológicos y más intelectuales. Por ejemplo, las grandes Bibliotecas Galácticas, émulos de la biblioteca de Alejandría pero a escala interestelar.

Un par de ejemplos los encontramos en la labor de los Enciclopedistas de Fundación (Asimov) o en la maximalista Biblioteca Galáctica de la serie de los Sofontes de David Brin, que recoge todo el saber de todas las razas de la galaxia y que tiene unos tintes casi borgesianos.

Estos artefactos intelectuales, que también son materiales, parecen querernos decir que la Humanidad necesita tener un almacén centralizado del saber, cuando hoy día sabemos por la experiencia de internet y de la Wikipedia que esto no tiene por qué ser así. En este sentido, nuestra Gran Biblioteca de la red de redes se parece más a la red galáctica de nexos unidos por ansibles descrita en la serie de Ender de Orson Scott Card. Otra obra faraónica, por cierto.

Una obra faraónica también puede ser una actividad concreta, llevada a cabo por ejércitos de colaboradores a lo largo de los siglos. Es decir, que en vez de tener una extensión espacial, puede ser que tenga una extensión temporal.

Encontramos un buen ejemplo de ello en la serie de DUNE de Frank Herbert, en que se nos cuenta la labor de una orden de mujeres, las Bene Gesserit, una especie de monjas guerreras con poderosas habilidades físicas y mentales, que realizan una selección de los linajes de las grandes casas nobles del Imperio a fin de obtener, por selección genética y con el tiempo, al Kwisatz Haderach: el ser supremo del Universo.

En otro orden de cosas, y desde un punto de vista más bien humorístico, tenemos la labor de computación más grande de la historia, que se asigna a un inmenso supercomputador que debe responder sobre el sentido de la vida y todo lo demás, que aparece en GUÍA DEL AUTOESTOPISTA GALÁCTICO, de Douglas Adams y cuya impresionante respuesta acaba siendo: 42.

Más en serio, en uno de los mejores relatos del maestro Asimov, LA ÚLTIMA PREGUNTA, (THE LAST QUESTION, 1956) se le plantea a Multivac, un superordenador que va creciendo cada vez más y que acaba ocupando una extensión cósmica, si es posible revertir la entropía, es decir, si es posible violar la segunda ley de la termodinámica. La respuesta, aquí sí, tiene repercusiones cósmicas.

Generalmente, los grandes proyectos faraónicos tienen asignado un arquitecto o maestro de obras. A veces, dicho maestro se ha perdido en la memoria o se desconoce. Tal sería el caso de la red de agujeros de gusano que conectan diferentes mundos de la galaxia, como una especie de red galáctica de autopistas, atribuidos a alguna primigenia civilización muy poderosa, que ha desaparecido dejando más o menos rastro.

Encontramos este planteamiento en la serie de televisión StarGate, en la novela CONTACT, de Carl Sagan o la serie de los Sofontes de David Brin.

Otro constructo faraónico de carácter intelectual lo encontramos en LOS LENGUAJES DE PAO, de Jack Vance, en que la misión faraónica es generar una serie de lenguas que deben aprender los oprimidos habitantes de un planeta que han sido invadidos y que, desde una óptica puramente Sapir-Whorfiana, adquirirán gracias a los nuevos lenguajes unas capacidades defensivas que les permitirán plantar cara a los invasores.

Para ir acabando, tenemos los grandes proyectos ecológicos. Quizá, el caso más claro y famoso sea el que aparece en DUNE, un mundo desértico en el que no llueve nunca, y en el que sus habitantes, los Fremen, condensan la poca humedad ambiental, gota a gota, en enormes cisternas subterráneas, lo que en teoría permitirá en el futuro, cambiar totalmente la faz de Dune para convertirlo en un paraíso, con las consecuencias ecológicas y políticas que ello conllevará.

Finalmente, desde una óptica de descentralización similar a la filosofía de internet, existe otro tipo más de proyecto faraónico: la creación de una serie de protocolos de comunicación y actualización de conocimientos que permitirían la existencia de algo parecido a un imperio galáctico, pero totalmente descentralizado y sin núcleo político, sólo una compartición de conocimientos entre diferentes mundos y naves, que aparece en la novela UN ABISMO EN EL CIELO, de Vernor Vinge.

© Enric Quílez Castro
(1.278 palabras) Créditos
Enric Quílez Castro mantiene el blog El mundo de Yarhel