Exactitud contra laxitud
por Francisco José Súñer Iglesias

Un debate recurrente entre los aficionados del género es la necesidad de que de la ciencia en la que se basan libros y películas sea exacta. Qué debería considerarse exacto y que no dentro de una historia ya lo definió Alfonso de Terán Riva en Malaciencia. Alfonso, con buen criterio, no considera fallos científicos todas las licencias que se toman los autores y guionistas. Establece claramente que primero debe considerarse el contexto de la obra, el Universo donde ésta se desarrolla. Si éste tiene toques fantásticos y/o se trata de un universo paralelo donde las leyes de la física con ligeramente distintas al nuestro, si es que esto es posible, y lo que ocurre es coherente con esa estructura, bienvenido sea. Sin embargo, si el escenario se corresponde con el futuro de nuestro presente entonces si, se deben respetar las reglas de la estructura de nuestra realidad.

Es decir, en el espacio nadie puede escuchar tus gritos, puesto que no hay medio que los propague, así que nada de espectaculares efectos de sonido durante las batallas... excepto si nuestro flamante acorazado estelar es alcanzado por los restos, sólidos o gaseosos, de las naves malosas que acabamos de reventar puesto que los impactos contra el casco del acorazado si podremos percibirlos desde el puente de mando. De todas formas es muy probable que si esos fragmentos nos alcanzan a según que velocidades tengamos un serio problema.

De igual modo, los viajes hiperlumínicos también son admitidos, con reticencias, puesto que nuestros conocimientos sobre física no son inmutables, y si bien hoy día la Relatividad General dice que eso no se puede hacer, a saber si algún día otro Einstein volverá a revolucionar lo que sabemos sobre el espacio y el tiempo. Difícil si, improbable también, imposible no. Además, nos quedaríamos sin una herramienta fundamental en la mayoría de los dramas espaciales, y tampoco es eso.

Ese equilibrio entre un respeto por la coherencia interna del relato y las leyes básicas de la naturaleza se suele mantener, en mayor o menor medida. Sin embargo, sobre todo en el ámbito audiovisual, los planteamientos desaforados campan a sus anchas, ante la indignación de ciertos aficionados que se lanzan a furibundas campañas de denuncia y desprestigio. O algo así.

En ese sentido tampoco creo que se deban tomar posturas excesivamente radicales. Está claro que cuando una serie o película llega a cierto punto de desvergüenza respecto a los recursos que utiliza lo mejor es relajarse y disfrutar del espectáculo. Ponerse digno ante una sucesión de licencias sin pies ni cabeza tampoco tiene mucho sentido. Está claro que a los guionistas les importan bien poco todas esas consideraciones y hacen de su capa un sayo con tal de que la historia avance por donde ellos quieren. No hace falta ser muy avispado para detectar este tipo de circunstancias, y en esos casos, perseguir esos errores puede ser una actividad entretenida pero al cabo absurda, es tal la acumulación de ellos que está claro lo que ya he comentado, a los responsables de la producción el rigor les sobra, lo que quieren es tener distraída a la mayor cantidad de público posible, y las objeciones de cuatro científicos fastidiosos les importan bien poco. Y al público en general menos todavía.

Existe también el caso de la producción que se toma en serio a si misma y procura, por todos los medios, exigirse ese rigor. Puede ocurrir que productor, guionistas y director se propongan ser escrupulosos, consulten a todo tipo de expertos y renuncien a cualquier tipo de licencia... al menos a las más evidentes. Puede ocurrir entonces que para que la tensión dramática no caiga, o peor todavía, se acabe la película en el minuto cinco, deban saltarse algún pequeño detalle, introducir cierta discordancia, no ser todo lo estrictamente inflexibles que se habían propuesto... En esos casos tampoco creo que haya que ser demasiado puntilloso con ellos, y menos aún no reconocer el esfuerzo general que están haciendo. Hartos estamos de diálogos tan envaraos como imposibles, o de ver actuaciones poco convincentes, o personajes que no reconocen la traición aún teniendo el puñal clavado en el pecho, cuestiones que si bien consiguen que la producción no alcance la excelencia tampoco la convierten en un bodrio insufrible, obviamente, si esas cuestiones no son la tónica general.

Con esos pequeños fallos científicos podemos hacer otro tanto, señalarlos, si, corregirlos, por supuesto, pero tampoco indignarnos como una prima donna ultrajada ni hacer de ellos una tragedia griega.

© Francisco José Súñer Iglesias
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