El futuro ocioso
por Francisco José Súñer Iglesias

No es un tema nuevo, muchas ideas de nuestros nuevos políticos que van en esa dirección ni siquiera se pondrían en práctica por primera vez, los romanos ya sabían algo de eso, y viendo que está ocurriendo a nuestro alrededor, no sería extraño que en muy poco tiempo, en términos históricos, se concretara algún proyecto por el estilo. De hecho, ya hay quien vive así, a base de juntar varias pequeñas pensiones, rentas y subvenciones.

Me estoy refiriendo, claro está, a la renta básica, a que no sea necesario trabajar para vivir, o al menos para cubrir las necesidades básicas, que sea el Estado quien mantenga a esa parte de la población en edad laboral que no tiene trabajo, sin que ésta tenga otra cosa que hacer que vivir unos interminables lunes al sol.

Empecemos por decirlo claramente: al menos en España hay un importante desequilibrio entre su capacidad productiva y la mano de obra disponible, es decir, hay más personas que puestos de trabajo y de ahí esas altas cifras de paro que vivimos en este momento. Ya sea por cuestiones estructurales (productos y servicios que tienen una demanda limitada) o tecnológicas (la eficiencia de los procesos automáticos no precisa de excesiva intervención humana) la cuestión es que sobra gente, lo que afecta sobre todo a los trabajadores con menos cualificación.

Ahora bien, el hecho de que sobren personas no significa que la riqueza que genera el país no sea suficiente para mantenerlas dignamente a todas. Demagogias aparte (las soflamas me las paso por el arco del triunfo, con perdón) no es tanto el como y de quien se recaudan los impuestos, sino como se (mal) gastan, las causas de muchos de los males que nos abruman.

Supongamos un estado ideal donde sus gobernantes fueran un ejemplo de honradez y transparencia, en el que los dineros se gastaran con cordura y quedara un remanente siempre listo para usar en lo más conveniente. Podrían ocurrir dos cosas, que o bien se bajaran los impuestos, puesto que la optimización del gasto público no los harían tan innecesariamente altos, o bien se repartiera ese excedente mediante lo que se está dando en llamar renta básica, de modo que nadie pasara hambre, que todo el mundo tuviera un cobijo decente y pudiera renovar su ropa en periodos razonables.

Como decía en el inicio, en el apogeo del Imperio, los romanos (más bien gran parte de la plebe de Roma) vivían de los subsidios públicos, aquello del Pan y el Circo. Hoy día, los emiratos del Golfo Pérsico, gracias a la riqueza del petróleo, mantienen a sus nacionales en una arcadia feliz, nótese sin embargo, que en ambos casos hay cosas que deben ser hechas (construcción, limpieza, etc) y para ello los romanos recurrían a la mano de obra esclava y los jeques a importar asiáticos en unas condiciones bastante lamentables. Otro ejemplo de reparto de la riqueza es el Alaska Permanent Fund, por el cual todo alaskeño de recta moral recibe todos los años una moderada aunque interesante suma de dinero a cuenta de la explotación del petróleo en la región. Hay otros muchos ejemplos, pero sería prolijo extenderse más.

En la literatura de ciencia-ficción también hemos visto ejemplos claros, en ¡HAGAN SITIO! ¡HAGAN SITIO! de Harry Harrison, era el estado quien alimentaba a la población, ¡y como! simplemente para evitar el estallido social. En 1984, de George Orwell la población estaba compuesta, a excepción de la élite dirigente, por funcionarios con trabajos de una utilidad mayormente cuestionable, con lo que además se mataba el pájaro del que hacer con tanto tiempo muerto. Aldous Huxley solucionó el problema del aburrimiento en UN MUNDO FELIZ simplemente drogando a la población, algo parecido hace Andreu Martín en AHOGOS Y PALPITACIONES convirtiendo el Feudo en una orgía perpetua.

Una de las objeciones obvias a este invento de la renta básica (además del manido yo no pago impuestos para mantener a una panda de vagos) es que si ya se tienen cubiertas las necesidades básicas, ¿para qué trabajar? Hay incentivos más que de sobra para que la gente, pese a todo, siga buscando trabajo. Comer siempre lentejas viudas (y hasta huérfanas), vivir en un bajo de 30 metros con ventanas a un patio interior, y andar con brillos en la ropa no es un ideal permanente. Habrá quien se conforme con eso, pero quien más y quien menos quiere tener con regularidad en su mesa filetes y merluza, un pisito amplio y soleado con un plasma de 50 pulgadas presidiendo el salón, vestir si no a la moda, si al gusto, y además tener un cochecito apañado, el móvil con la pantalla más bien grande, salir de cañas cuando apetezca, e irse de vacaciones a la playa todos los años... O simplemente por dignidad personal. Kurt Vonnegut ya lo planteó en LA PIANOLA, todas las necesidades cubiertas a cambio de un trabajo simbólico no hacen necesariamente la felicidad, demostrarse a si mismo que se sirve para algo, que se es alguien, también es importante.

Como se ve, las necesidades básicas son eso, básicas. La búsqueda de una mejora de las mismas impediría que el sistema se paralizara por pura desidia, aunque no es menos cierto que parte de la población se podría quedar atrapada en un círculo vicioso: mantenidos por el Estado de forma casi permanente pese sus esfuerzos, precisamente por la falta de trabajo, y con pocas opciones de mejora ante la posibilidad de que los recursos destinados a la educación no fueran suficientes. George Turner lo describía con precisión en LAS TORRES DEL OLVIDO.

Es innegable que las condiciones económicas y sociales están empezando a encaminarse a una situación que va a requerir de soluciones radicales. Particularmente no me gustaría que la propuesta que describo sea la que hubiera de elegirse, pero hay que ser conscientes que es una de las opciones posibles.

© Francisco José Súñer Iglesias
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