Philip K. Dick
por Antonio Santos

No estoy seguro, pero parece ser que P. K. D. es el autor de ciencia-ficción más adaptado al cine. Y no específicamente por las novelas, sino por su ingente y llamativa cantidad de relatos cortos.

Esto es singular hecho que debiera recabar toda nuestra atención, a tenor de los taquillazos que ha generado y, probablemente, su obra siga originando. Otros relatos han tenido una acogida menor, o más fría, pero han mantenido, con fidelidad pienso, las constantes de la producción del atormentado escritor norteamericano.

Estas claves son el intento del profundo análisis psicológico del protagonista que, de repente, descubre horrorizado que no puede demostrar que es quien afirma, y que lo que estima sólida, constante y prosaica realidad palpable, no existe. Puede ser, tal realidad, un coágulo maligno enquistado en sus sesos que, sumiéndolo en un coma (más que delirio de cualquier naturaleza), ha urdido una pararrealidad que se construye de amorfas maneras, ora con falsos recuerdos, ora con estímulos procedentes de Dios sabrá dónde.

Esto fue lo primero que resalté al leer ¿SUEÑAN LOS ANDROIDES CON OVEJAS ELECTRICAS? adaptada a la pantalla de plata como BLADE RUNNER (ya sabemos), el que Deckard no pudiese demostrar que era el funcionario de la policía de San Francisco que alegaba ser, y que un aluvión de datos y hechos contradecían lo que estimaba su día-a-día, reemplazado por un frío y alienado dominio del que huyó sin causa conocida.

Es un problema considerable, si lo meditamos con atención. ¿Cómo puedo probar que soy yo, que habito determinado entorno, y no que agonizo en el piso del cuarto de baño al haber resbalado y me he golpeado el cráneo con el sanitario, y estoy sufriendo una potente alucinación que llamo mi vida? En tal alucinación, el tiempo es materia de elástica propiedad, y un segundo, un siglo. Pero ¿cómo saberlo, diferenciarlo?

La alienación preocupaba bastante a K. Dick, víctima de adicciones que ahondaban cualesquiera que fuesen sus problemas mentales. El cine ha tratado de reflejar, la alienación, al menos en tres filmes: BLADE RUNNER, DESAFÍO TOTAL e INFILTRADO. En estas cintas, el protagonista descubre que es otro, no quien dice ser, y vive (o intentan persuadirlo de que es así) una falsa existencia creada a partir de recuerdos sintéticos implantados, el remedo de las drogas que ingería K. Dick y erosionaban aún más su cordura.

Incluso MINORITY REPORT procura tantear ese argumento, como demuestra cuando John Andelton descubre que su futuro ha sido modificado por un augurio y la seguridad en que vivía, el familiar día-a-día, se desmorona y esfuma, dejándolo desnudo y en una hostil intemperie.

A K. Dick también le martirizaba qué nulo control (o muy escaso) tiene el sujeto de su vida y sus elementos. Nos persuaden de que somos los capitanes de nuestra alma y que existen mecanismos y salvaguardias que lo garantizan. Pero, de pronto, ocurre algo (pongamos un desgraciado ejemplo cotidiano: un desahucio) y descubres que no controlas nada y que tu seguridad personal, aun tu identidad, se esfuman o modifican de forma radical.

Comprendía, con pesimista amargura, que somos tristes y desesperados juguetes del destino, y que una macabra tirada de dados, efectuada por un ente superior, lo puede truncar todo hasta irreversiblemente.

Otros muchos autores desarrollan su obra en esta dirección; también Stephen King construye precisos y meticulosos análisis psicológicos de sus personajes, que los hacen cercanos, íntimos, familiares, aborrecibles, temibles. Pero, al tratarse de un cuentista de lo grotesco y el terror arabesco, cae mal a la crítica refinada y especializada, y se niega a reconocerle esta capacidad suya. Crítica, empero, dispuesta a ¡aclamar! y obliga a ¡aclamar! a escritores con talento más mediocre, o menos cultivado, que el de King en esta faceta. La literatura está tan preñada de prejuicios sectarios...

¿Por qué? Oh, sus autores escriben ese tipo de novelas que a ellos les gustan, y que, debido a la presión clasista que ejercen, deben agradarnos también a nosotros... aunque las encontremos inferiores al elogio vertido.

Esto me reconduce al tema de las adaptaciones cinematográficas. Vamos a estimarlas un máximo galardón, el mayor reconocimiento posible. La ciencia-ficción (materia que nos ocupa, por si aún no lo habíais notado) se ha encargado, un poco por sectarismo, otro por méritos propios, de encumbrar determinadas firmas frente a otras que pudieran ser más imaginativas y fecundas.

Aquí es donde campan (por poner, ¿eh?) San Isaac Asimov y el Beato Arthur C. Clarke, que nos tumba el ánimo con la farragosa y sobrevalorada 2001, tomadura de pelo que contribuye a hacernos junto a Stanley Kubrick.

Veamos: de la considerable obra de San Isaac, ¿cuántas películas se han rodado? Otro por poner: tres. ¿De K. Dick? Diez. Entonces, y en virtud a lo importante y trascendental que es que Hollywood te adapte, ¿por qué K. Dick no ocupa el sitial honorífico del que parece imposible mover a Asimov o Clarke? ¿No ha demostrado mayores méritos?

Pues, se intuye, porque ambos se han labrado una potente reputación entre los clasistas (de todo género) que supera a los méritos, y se prefiere su cómodo convencionalismo al desafío, escalofriante, que plantea K. Dick, el de que sólo usted cree ser quien es, pero tenemos datos que lo contradicen. Y son incuestionables.

Según lo entiendo, la ciencia-ficción es un género del que, desgraciadamente, se han adueñado unas marcadas elites que, como jueces del Radamanto, ya han elegido sus firmas a ¡aclamar! y ponen igual empeño en anular las demás. Y ¡ay de ti! si no les sigues el juego. Han escogido ese muelle tradicionalismo, narrativo, literario, estilístico, creativo, a las complejidades de escritos más montaraces, pero que tienen estímulo, imaginación, un nervio ausente en las obras por ellos encumbradas borrascosamente.

Me pregunto cuántos K. Dick hay en nuestro país, saboteados en vida debido a lo distinto de su producción, frente a la elegida tradición del grupo dominante. Espero que no haya que morir, como le sucedió a K. Dick (y tantos otros) para que los tengamos que descubrir y admirar su trabajo, preguntándonos qué pasó PASÓ para que antes no disfrutáramos de su talento...

© Antonio Santos
(1.281 palabras) Créditos
Publicado originalmente en Una historia de la frontera el 11 de diciembre de 2013