[R]evolución tecnológica
por Francisco José Súñer Iglesias

Hocicando por esos interneses de Dios, y tras separar a duras penas el grano de la paja (por lo general un par de granos por tonelada de paja) se encuentran conceptos de lo más interesante. Es una lástima que no sea capaz de recordar dónde y relacionado con qué di con una reflexión sobre la [r]evolución tecnológica que me pareció brillante en su simplicidad. Explicaba con solo un par de conceptos como la implantación de las tecnologías no ha sido una sucesión de saltos cuantitativos y cualitativos, sino una lenta, pero firme y constante, sustitución de lo viejo por lo nuevo, sin que lo viejo, a no ser que fuera de una peligrosidad evidente, dejara de ser útil en ningún momento, ni lo nuevo tuviera que ser necesariamente mejor que lo viejo.

En mi campo, la informática, se suele hablar de dejar morir de hambre a las viejas aplicaciones que ya han sido superadas por versiones o programas más recientes y, en teoría, más eficientes y cómodas. El proceso de migración, al menos con aplicaciones monolíticas y en el entorno de escritorio, es sencillo aunque algo prolongado (con las aplicaciones empresariales cambia un poco la cosa). Se implanta la nueva aplicación, los usuarios descubren las bondades de la misma, poco a poco se vuelcan sobre esta y van olvidando la antigua que, falta de uso, acaba por ser abandonada y hasta olvidada. ¿Del todo? No, siempre queda algún numantino que resiste con verdadera pasión con sus viejas máquinas y programas. Me contaba un amiguete, maquetador de profesión, la pesadilla que suponía uno de sus clientes, que se negaba a dejar de usar su viejísimo 386 y su WordPerfect. Los documentos se los pasaba aún en diskettes, y no parecía tener intención de evolucionar al respecto. Y no hablamos de los años noventa, sino de hace solo un par de años.

Con el resto de las tecnologías ha pasado siempre algo parecido. No fue la escasez de piedras la que acabó con las culturas neolíticas, sino el progresivo dominio de los metales. Incluso dentro de ellos, el bronce sustituyo al cobre, el hierro al bronce y el acero al hierro, cada uno más duro y eficiente que el anterior, sin que eso significara abandonarlos porque hay aplicaciones en las que cada cual es el rey indiscutible.

El vapor sustituyó a la tracción animal, los motores de combustión interna al vapor, la electricidad va camino de sustituir a éstos, pero véase la paradoja de que una buena cantidad de la electricidad que consumimos está generada por centrales eléctricas mediante turbinas de vapor... cuya potencia sigue expresándose en caballos.

Tampoco se puede negar que esta [r]evolución también ha contado con saltos bruscos que han barrido en muy poco tiempo a las tecnologías anteriores, la transición de los teléfonos móviles tradicionales, que pese a toda su evolución se mantuvieron casi idénticos durante veinte años, hasta la irrupción de los teléfonos móviles inteligentes que prácticamente los hicieron desaparecer en menos de cinco años. Pero la premisa sigue siendo válida, para su función principal, que por algo se siguen llamando teléfonos, un MicroTAC sigue siendo igual de funcional que un Galaxy S7.

En resumen, una tecnología no puede ser sustituida a la fuerza o por decreto, a no ser que se trate de la televisión analógica, sino porque lo nuevo es indiscutiblemente más eficiente que lo viejo. Por eso, y sin necesidad de decretos, la televisión analógica nunca hubiera resistido ante la calidad y estabilidad de la televisión digital.

© Francisco José Súñer Iglesias
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