Mitos del ayer, mitos de hoy
por Francisco José Súñer Iglesias

No creo equivocarme cuando digo que todos los ministéricos (Oh, ¡si! yo también) esperábamos el estreno de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo con el aliento contenido. Las noticias que habían llegado hasta ahora hablaban de una nueva orientación de la serie, de la introducción de nuevos personajes, de hacerla más para todos los públicos, lo que había desatado el pánico entre los seguidores. Lo de popularizar los productos suele derivar hacia el melodrama fácil y el infantilismo cateto. Pero no, el primer episodio de la segunda temporada ha servido no solo para tranquilizar a casi todo el mundo (puristas irreductibles siempre quedan), sino además para entusiasmar a celtas e íberos por igual.

Recordemos algunas virtudes intrínsecas de El Ministerio. Por lo pronto, los planes de educación de las últimas décadas han sido tan mierder (malos, penosos, cutres, sectarios, casposos, insuficientes, ¡mierdosos!) que buena parte de los estudiantes habían perdido las referencias que hacen de España lo que es. Vale que muchos de los mitos con los que se educó a mi generación eran idealizaciones franquistas de una España Imperial bastante ucrónica, pero no es menos cierto que las edulcoraciones posteriores, en vez de poner en su lugar, y sobre todo en valor, esos mitos embellecidos, acabaron por difuminarlos de tal forma que ya no hay quien sepa de ellos.

Afortunadamente, la Historia es la Historia, por mucho que se empeñe en retorcerla vía planes de estudio, y a día de hoy quien quiera tener una idea clara de sus raíces puede hacerlo sin pasar por el tamiz de la educación reglada. El Ministerio recupera nuestros mitos fundacionales, los traduce a un lenguaje actual y, más importante, planta la semilla de la inquietud por saber quiénes eran realmente esos personajes representados de una forma tan poderosa. Que Ambrosio de Spínola (en realidad genovés, de oficio condotiero) un general barrido de la historiografía española haya generado tal entusiasmo (vale, con la voz de Bruce Willis, cualquiera) y se haya hecho tan popular como para incluirlo en este episodio con un papel notable, dice mucho del potencial de El Ministerio no solo para ilustrar, sino para espolear la curiosidad, eje fundamental de la educación. Sin curiosidad no hay formación, solo información.

Elegir al Cid para este episodio ha sido un acierto. Es gracias a El Cantar del Mio Cid, y junto a Viriato (trivializado no hace mucho vía cani - serie de televisión), uno de los héroes míticos de la ante-historia de España. Lo que augura una magnifica segunda temporada es el tratamiento que se hace de su figura. Por lo pronto, primero se mata al hombre. El Rodrigo Díaz de Vivar histórico era un noble respondón devenido en, vaya, mercenario, que al frente de sus mesnadas luchaba a favor de quien mejor le pagara. Tuvo sus más y sus menos con la autoridad de la época, conquistó por su cuenta villas y castillos, y su leyenda quedó magnificada gracias a El Cantar. La puesta al día de un mito con una trayectoria en realidad bastante controvertida se hace incómodo, así pues ¿por qué no construirlo a imagen de la propia leyenda? No hay más que hablar, fuera el mercenario, bienvenido el esforzado caballero.

Todo esto hilado suavemente dentro de los engranajes de la narración, en lo que tiene mucho que ver lo bien perfilados y marcados que están los personajes. La intercambiabilidad típica de otras series se hace difícil en El Ministerio porque los roles están, muy bien definidos. Cada uno tiene su papel, El Jefe, su Mano Derecha, el Audaz Agente Veterano, la Secretaria, la Inteligente, el Iracundo, la Mano Ejecutora, cada uno salpimentado con la idiosincrasia de su época de origen. Incluso los distintos funcionarios reclutados a lo largo de los siglos tienen su propia personalidad, no son meros comparsas, son personas reales.

Esto no impide que El Ministerio tenga sus grandes y pequeñas incoherencias internas, además de las ya señaladas en muchos foros respecto al funcionamiento de las puertas y su laberíntico entramado. Por ejemplo, en este episodio no tiene ningún sentido enviar al Spínola a batirse el cobre (el hierro más bien) al medievo. Por muy agente de El Ministerio que sea y los problemas que tuviera en su época, aún no está fuera del tiempo, como si lo está Alonso de Entrerríos. Un accidente en el que perdiera la vida, lo que incluye también a Amelia y algún otro, podría quebrar la línea el tiempo. Es obvio que hay agentes viajeros y agentes residentes, pero hacer peligrar a los todavía residentes en aventuras que pueden trastocar la historia venidera no es muy lógico, aunque si muy televisivo.

Un punto en su haber es que El Ministerio no es autocomplaciente, autoreferente si, pero esa es otra cuestión. Alguien pudiera pensar que está ideado para exaltar las gestas de la historia española, pero que destaque a sus protagonistas más señalados no implica que hurte los episodios más miserables. Señalado queda el Desastre de Annual, genialidad estratégica de los generalotes africanistas que llevó al exterminio de 10000 soldados en el Rift. Apuntada queda la campaña de Cuba, donde se envió a tropas de reemplazo recién reclutadas, sin equipamiento ni instrucción adecuadas, para caer ante el entusiasmo cubano, la eficacia yanqui y... los mosquitos.

Otra de las virtudes de El Ministerio es que se invierte el presupuesto, insuficiente por supuesto, con acierto. El vestuario es cuidado, las localizaciones bien elegidas, el atrezzo apropiado. No obstante, en este episodio se ha echado en falta esa batalla triunfal que el Cid, ya muerto, es capaz de ganar al moro con su sola presencia, y unos cuantos espadazos de sus forzados leales, que lo cortés no quita lo valiente. La elegante elipsis que nos hurta la batalla no deja de ser frustrante, pero es lo que tiene usar el presupuesto con inteligencia.

Estamos ante una gran serie, con un enorme potencial. El arranque de esta segunda temporada lo ha confirmado, y por lo visto hasta ahora la impresión es que el resto de los episodios estarán en la línea. No se la pierdan.

© Francisco José Súñer Iglesias
(1.208 palabras) Créditos