El dueño del espacio
por Francisco José Súñer Iglesias

No hace mucho, en Estados Unidos la administración Obama ha lanzado una normativa, la Space Act, que permite a los ciudadanos de la Unión explotar los recursos de espacio exterior a su conveniencia, levantando un gran revuelo porque, en apariencia, los yankis se han apropiado del espacio exterior para su uso y disfrute.

Una pregunta que casi nadie se hace porque parece obvia es ¿de quién es el Espacio? ¿De quién son los planetas? ¿De quién son los asteroides? Dejando de lado alguna anécdota chusca como los espabilados que reclaman la propiedad de la Luna, Marte o el Universo entero, hoy por hoy no son de nadie. Según el Tratado sobre el espacio ultraterrestre (PDF) de 1967, el Espacio viene a ser un a modo de aguas internacionales, no son de nadie, pero a la vez son de todos. En la reciente película EL MARCIANO se explica brevemente pero con precisión como se aplica la legislación internacional al espacio exterior. Supongo que cuando se encuentren habitantes indígenas no se insistirá sobre ese de todos, de nadie y se tendrá en cuenta quien estaba allí primero, aunque durante la Historia de la humanidad normalmente no ha sido así. Todo dependía de quien tuviera el ejército más grande. Y a veces ni eso.

Desde luego, apropiarse de un cuerpo celeste es de una caradura impresionante, ¿dónde están aquellos esforzados exploradores que tomaban posesión de tierras ignotas (sin consultar a los mentados indígenas) en nombre de su Rey? Ni siquiera los yanquis tuvieron el atrevimiento de declarar la Luna como Tierra Conquistada, se limitaron a comportarse como en los Polos: dejamos la bandera para que se sepa que hemos llegado los primeros y poco más. Me parece muy poco serio que un iluminado llegue al registro de la propiedad reclamando la Luna. Menos serio me parece que el funcionario de turno realice el apunte. En cualquier caso el iluminado iba a tener muy difícil reclamar su propiedad, mayormente, el llegar y tomar posesión ya le iba a suponer un quebradero de cabeza.

Bien, ya establecido de quien es y de quien no es el espacio, queda el tema de su explotación. Ya he comentado que viene a ser una especie de aguas internacionales por las que todo el mundo tiene derecho a transitar y todo el mundo tiene derecho a explotar. Y ese es el truco que van a utilizar los yankis para dar cobertura legal a sus nacionales para ir allí y extraer todo lo que sea posible extraer, es decir, si no lo he entendido mal, vienen a poner en negro sobre blanco lo que ya se hace respecto a los recursos marítimos. No estoy muy puesto en las regulaciones al respecto, solo lo que de cuando en cuando se comenta de los acuerdos pesqueros en las plataformas continentales, que generalmente suelen estar bajo jurisdicción de los países ribereños, y las moratorias sobre la captura de especies en peligro de extinción, pero entiendo que todo lo que se pesca en aguas internacionales es de quien ha tenido el valor y el dinero de ir a por ello, y que se pone en el mercado según las normas del país del puerto de descarga.

Es decir, que si un esforzado inversionista yanki es capaz de ir al cinturón de asteroides, traerse a una órbita prudente un cacho de hierro de veinte kilómetros de diámetro, deshacerlo pacientemente y bajarlo a Tierra, el gobierno de los Estados Unidos le amparará en su actividad siempre y cuando lo aterrice en territorio de la Unión y no pretenda imponer exclusivas sobre cuerpos celestes del tamaño que sea.

Ciertamente, el proceso que he descrito requiere tal inversión que va a resultar difícil que exista demasiada competencia al respecto, eso si, lo beneficios prometen ser fabulosos si el recurso importado es a la vez lo bastante escaso y lo suficientemente demandado, porque podría darse el efecto contrario, una sobreabundancia que redujera el precio hasta límites en los que la inversión empezara a ser poco atractiva, ejemplos hay como el del aluminio, cuyo precio a mediados del siglo XIX superaba al del oro pero que a día de hoy, con las mejoras de los métodos de extracción y refinado, ha acabado convertido un material aburrido y vulgar.

El espacio seguirá siendo de nadie, y de todos, pero solo aquellos con recursos suficientes podrán ir allí y traer lo que puedan. Regular eso, aunque suene a prepotencia colonialista, es necesario, a nadie le gustaría verse rodeado de material irradiado o inmerso en episodios, no por improbables absolutamente descartables, como el descrito en LA AMENAZA DE ANDRÓMEDA.

© Francisco José Súñer Iglesias
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