Especial Decimonoveno Aniversario
Los políticos del futuro: La frontera final
Especial Decimonoveno Aniversario
por Guillermo Ríos Álvarez

Hay ciertos géneros narrativos que parecen irremisiblemente asociados a tales tiempos y a cuales lugares. La novela de caballería, por ejemplo, floreció de manera muy específica en la Europa de los siglos XV y XVI, como sucesora del clásico cantar de gesta, pero en prosa y algo más a lo bestia. El policial clásico a lo Agatha Christie, con sus familias extensas y cainitas en mansiones del siglo XVII, es algo propio de la era de las guerras mundiales. Y la novela política... bien, la novela política nunca se ha consagrado como un género propiamente tal. Las hay de tema político, por supuesto. Colindando con la ciencia-ficción nos encontramos con TALÓN DE HIERRO de Jack London, o ESO NO PUEDE PASAR AQUÍ de Sinclair Lewis, que sirvió de inspiración para la serie televisiva V y su correspondiente remake. Pero en general, estas obras tienden a ser experimentos aislados, sin una estructura de género reconocible como tal. Quizás lo más próximo a un género literario de novela política, con sus códigos y referentes propios, sea el corpus literario conocido genéricamente como novelas de dictadores, y que ha sido el producto de la peculiar realidad social de Hispanoamérica durante el siglo XX.

En ciencia-ficción, las cosas han marchado más o menos igual, y el político como personaje tiende a no despertar interés. Es un elemento que forma parte del paisaje, pero pocas veces es el núcleo central de la historia. Incluso en novelas de cariz tan político como 1984 de George Orwell, la política en sí es secundaria. Lo importante en la novela orwelliana no es la alta política, de la cual sabremos tan poco que ni siquiera estamos seguros de que el jerarca conocido como Gran Hermano realmente exista; lo importante en realidad es cómo el régimen, lo termina sufriendo un peatón cualquiera, un fulano opaco y gris llamado Winston, el día en que se le ocurre dejar de doblepensar y desarrolla pensamientos nocivos contra el sistema.

No es que falten novelas de ciencia-ficción con contenido político. La Trilogía de la Fundación de Isaac Asimov, por ejemplo, es un híbrido de intriga política y elementos detectivescos, con el rol clásico de los soldados, mercenarios y aventureros espaciales, relegado a la trastienda, en beneficio de los psicohistoriadores que manejan todo el asunto. DUNE de Frank Herbert es otro intento deliberado de novela política, dándole importancia suprema a las intrigas palaciegas, hasta el punto que en la novela (porque en la película, las cosas son diferentes), el autor hace una cuidadosa elipsis sobre el grueso de las escenas de batalla. Pero ambas obras son, en muchos sentidos, excepciones a la regla. Lo más normal es que los protagonistas sean heroicos patrulleros espaciales al servicio de un gobierno galáctico que es bueno porque sí, o rebeldes contra un gobierno galáctico que es malo porque sí, o mercenarios y buscavidas que sobreviven lo mejor que puede ante un gobierno corrupto y/o impotente porque sí; en los tres casos, la descripción descarnada de las bondades o maldades del sistema es dada a través de los plebeyos que lo sufren, no de los creadores de la tramoya.

¿Por qué a la ciencia-ficción le cuesta tanto abordar los entresijos de la política? Probablemente porque la política como actividad, tiende a carecer de pathos. El político exitoso, es el más frío y cerebral. En política, ser un cabeza caliente puede llevar a terminar como el infortunado Gelimer, el último rey vándalo, cuya recompensa por haber resistido hasta el final una invasión bizantina, fue terminar gritando ¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!, en el desfile triunfal ante el Emperador Justiniano.

Siguiendo un poco el análisis que hiciera Chadwick en su clásico THE HEROIC AGE de 1912, el historiador británico Arnold J. Toynbee se preguntaba lo mismo respecto de las edades heroicas. Un subproducto de éstas es la poesía épica: la épica homérica tras la caída de Creta, la épica germánica tras la caída del Imperio Romano, la épica bíblica tras la retirada del Imperio Egipcio de Palestina, etcétera. Y una característica de los poemas épicos, es el trágico destino de los héroes. Chadwick y Toynbee se preguntaban, por ejemplo, por qué en la épica germánica aparecen los personajes de Atila (como Etzel) o Teodorico (como Dietrich), ambos monarcas cuyos reinos se desplomaron con rapidez suprema tras su muerte, pero no Clodoveo o Gregorio Magno, ejemplos ambos de monarcas hipercompetentes cuya obra política sobrevivió durante siglos después de su muerte. La conclusión a la que llegan, es que estos personajes exitosos en lo político, son demasiado maquiavélicos para ser personajes literarios interesantes. Obtienen sus triunfos con la manipulación e incluso con el doblez, con el cálculo a largo plazo, es decir, con cosas que no solemos considerar como heroicas.

En materia de ciencia-ficción tenemos un curioso pero muy decisivo ejemplo, en Star Wars. La Trilogía Original era políticamente simple: existía un Imperio que era malvado porque era tiránico, y una rebelión que era buena porque pretendía librar a la galaxia del Imperio. La Trilogía Precuela, por el contrario, al ambientarse en la generación anterior y en los tiempos de la República, dedica bastante más tiempo a las intrigas palaciegas. La Trilogía Precuela es bastante inferior a la Original por una serie de motivos, pero hay una razón adicional por la que no inflamó tanto a los fanáticos: tenía mucha más política, en desmedro de la aventura pura y dura de la Trilogía Original.

Abundando en lo mismo, es fácil concluir que en las seis películas de Star Wars hasta 2005, el político más exitoso de todos es Palpatine: manipula al Senado Galáctico, gestiona una guerra civil, consigue instaurarse como dictador, y se mantiene como líder supremo del Imperio durante una generación completa. Pero resulta que Palpatine no es el héroe de la historia sino el villano. Viendo el listado de cualidades personales que posee, es fácil entender por qué: es inteligente, despiadado, egocéntrico, mentiroso, manipulador, falto de empatía, y traicionero. Es decir, toda una galería de valores que tendemos a asociarlos con el villano, no con el héroe, de quien esperamos cosas opuestas: que no sea tan inteligente como bueno para disparar, compasivo, generoso, veraz, honesto, comprensivo, y honorable. Es decir, las mismas cualidades que hacen de Palpatine de lejos el político más exitoso de la galaxia, le impiden en realidad ser un héroe con el cual pueda empatizar el grueso del público.

Incluso en DUNE, excelsa novela de ciencia-ficción política allí donde las haya, los héroes Atreides se presentan inicialmente como personajes legales y honorables, y cuando los Atreides finalmente derrocan al Emperador Padishah, aunque se tornan cada vez más antiheroicos, siempre son retratados como reacios al poder por el poder, y con una preocupación genuina por el destino de la Humanidad, aunque no siempre sean de lo más escrupulosos a la hora de elegir sus métodos de gobierno.

Otro ejemplo glorioso, lo constituye Star Trek. En esta franquicia, sabemos que la Tierra y otros mundos están dentro de un sistema político llamado la Federación, que se intuye bastante complejo. Pero ninguna serie de televisión o película trekkie nos ha mostrado la política por detrás, o si lo hacen, es de la manera más simplista posible. Las series y películas en realidad le prestan más atención a la frontera, a la periferia, allí en donde la política no llega a alcanzar, por sobre los centros de la alta política. Incluso VIAJE A LAS ESTRELLAS: LA TIERRA DESCONOCIDA, la más política de todas las películas trekkies, en donde asistimos al final de la guerra fría entre los klingon y la Federación, el grueso de la película en realidad es más un technothriller en la vena de Tom Clancy, con tintes de drama carcelario a mitad de camino, que una historia verdaderamente política; en esta película, la política está reducida a los buenos de ambos bandos que quieren la paz, versus los conspiradores malvados que quieren seguir manteniendo un estado de guerra, sin que este tópico se explore más allá.

La ciencia-ficción como género, permite buenas exploraciones de la política; al permitirse inventar sus propias realidades y preguntarse cómo cambiaría el mundo con tal o cual avance tecnológico, está en posición privilegiada para especular sobre la clase de sociedad que podríamos o deberíamos construir. Pero el género termina estrellándose allí donde el resto de la creación narrativa también lo hace: en la falta de carisma que en general tienen los políticos como personajes literarios. Hay obras de excepción a este respecto, tanto en la ciencia-ficción como fuera de ella, pero son eso: obras de excepción. Porque ver a un político del futuro moviendo los hilos de la sociedad en el centro de su telaraña a bordo de una estación espacial puede tener su punto, pero sigue siendo mucho más atractivo y llevadero seguir las peripecias simples de un pistolero estelar haciendo pitiú-pitiú con su pistola de rayos a enemigos humanos, alienígenas o robóticos; salvo que, en esto último, nos quedemos con la clásica máxima de Von Clausewitz, de que la guerra es la continuación de la política por otros medios.

© Guillermo Ríos Álvarez
(1.806 palabras) Créditos
Guillermo Ríos es articulista y activo blogero