Especial Decimonoveno Aniversario
La ciencia y la política en la ciencia-ficción
Especial Decimonoveno Aniversario
por José Carlos Canalda

Dado que hablar en detalle de la influencia de la política en la ciencia-ficción excede con mucho los límites de este artículo, he optado por centrarme en el caso concreto y poco estudiado de la utopía de un gobierno mundial ejercido por los científicos. Y, aunque se trata de un tópico relativamente frecuente, quizá el ejemplo más conocido sea el de la serie Lucky Starr de Isaac Asimov.

En general, no se puede considerar a Asimov como un autor cuya obra esté comprometida políticamente. Aunque era simpatizante del Partido Demócrata y podría ser catalogado como progresista, lo cierto es que el poso ideológico de sus obras es ínfimo en comparación con otros autores más politizados como George Orwell o Robert Heinlein, por poner dos ejemplos conocidos de ideologías contrapuestas. Sin embargo existe la excepción citada, un ciclo de seis novelas juveniles escritas entre 1952 y 1958 por encargo y al parecer sin demasiado convencimiento, ya que las firmó inicialmente bajo el seudónimo de Paul French, razón por la que pueden ser consideradas como meros trabajos alimenticios.

En ellas nos encontramos, tal como he comentado, con un gobierno mundial monopolizado por los científicos. Este peculiar despotismo ilustrado, denominado oficialmente Consejo de Ciencias, estaría en manos de los científicos por ser éstos, en opinión de Asimov —o de Paul French —, los más capacitados para llevar las riendas de la humanidad. En realidad Asimov no fue en modo alguno original ya que Platón, veinticuatro siglos antes, había propuesto en su REPÚBLICA, como sistema político ideal, un gobierno de los sabios al que sólo tendrían acceso aquéllos que estuvieran capacitados por sus conocimientos. Así pues, el Buen Doctor se limitó a modernizar el concepto, cambiando a los filósofos por los científicos —su equivalente actual— pero preservando la idea original de Platón.

He de reconocer que, cuando leí por vez primera estas novelas, un gobierno ejercido por los científicos me pareció una excelente idea, ya que resulta evidente que un gobernante inepto —y por desgracia de éstos hemos tenido bastantes en España— puede llegar a ser muy perjudicial. Y puesto que los científicos desarrollan un trabajo fundamentalmente intelectual, el planteamiento de Asimov me parecía entonces irreprochable.

Claro está que todavía no había pasado por la universidad ni conocía por dentro el mundillo científico, así como también ignoraba la cínica pero lúcida frase de Churchill que afirma que la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos posibles. Porque aunque todas las utopías suelen ser bonitas y atractivas por naturaleza, la cruda realidad se encarga tarde o temprano de darnos un baño de pragmatismo.

Para empezar, el primer punto débil del planteamiento de Asimov es que los científicos, entendiendo como tales a los dedicados a las ciencias clásicas, no son en modo alguno los únicos intelectuales existentes en la sociedad, ya que resulta evidente que tan intelectual es un científico como un filósofo, un escritor, un músico o un artista, por poner tan sólo algunos ejemplos. Esto sin contar con que, a la hora de catalogar como sabio —en el sentido platónico— a alguien para determinar si tiene derecho a gobernar o no, ¿quién se atrevería a ponerle el cascabel al gato?

Pero dejémonos de especulaciones sobre la manera de valorar el intelecto humano, ya que esto nos enredaría demasiado, y centrémonos exclusivamente en la propuesta asimoviana. Un gobierno de científicos, ¿sería positivo para la humanidad?

Mi opinión personal es que los científicos no tienen por qué ser, en general, ni mejores ni peores que los pertenecientes a cualquier otro colectivo social. En realidad, y aquí puedo hablar con cierto conocimiento de causa, cuando a los científicos se les saca de su ámbito profesional —e incluso muchas veces también dentro de él— tienden a comportarse de una manera muy similar a la del resto de la población, tanto para lo bueno como para lo malo. Y es lógico que sea así, puesto que la intelectualidad no es algo que abarque todos los ámbitos del pensamiento y de la conducta, de modo que una persona que destaca en un campo concreto del conocimiento no tiene por qué hacerlo en otros. Aparte, claro está, de que una mente preclara no garantiza en modo alguno una equivalente talla moral.

De hecho, hay ejemplos sobrados de científicos que, con independencia de su genialidad, fueron unos auténticos malos bichos. Quizá el ejemplo más llamativo sea el de Isaac Newton, el cual se dedicó a amargar la vida a todo aquél que tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, incluyendo a colegas suyos de la talla de Hooke y Leibnitz. Thomas Alba Edison, además de inventor genial, fue también un empresario rapaz que no dudaba en recurrir a extorsiones de todo tipo, y Albert Einstein se comportó como un auténtico déspota con su propia familia. Fritz Haber, Premio Nobel en 1918, fue uno de los principales responsables de la guerra química desarrollada por el ejército alemán durante la I Guerra Mundial, mientras en la II cobraría triste fama el doctor en medicina Josef Mengele. Ya a un nivel más cotidiano suelen menudear los casos de fraudes científicos, y como sabe cualquiera que haya pasado por una universidad o un centro de investigación, las mezquindades, envidias y puñaladas por la espalda, habituales en ellos, son en todo similares a las de cualquier otro ámbito laboral.

Por esta razón, resulta ingenuo suponer que una formación científica garantiza una capacidad innata para gobernar. Aunque existen ejemplos como el de Benjamin Franklin, que fue tanto un eminente científico como un avezado político, suele ser más frecuente encontrarnos con los casos contrarios. Margaret Thatcher, la controvertida primera ministra británica, era química, al igual que Elena Ceaucescu, la megalómana esposa del dictador rumano Nicolae Ceaucescu. El dictador portugués Antonio Oliveira Salazar, economista, había sido catedrático universitario. Otro dictador, el haitiano François Duvalier, era médico. Y el serbobosnio Radovan Karadzic fue psiquiatra de profesión antes de convertirse en genocida.

Así pues, lamento tener que contradecir al Buen Doctor; un gobierno de científicos no tendría por qué ser peor que el de los políticos actuales, pero desde luego estoy convencido de que no sería significativamente mejor. Y puede que ni tan siquiera eso.

© José Carlos Canalda
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José Carlos Canalda es ensayista, escritor y colaborador habitual del Sitio de Ciencia-ficción