Pereza mental
por Francisco José Súñer Iglesias

Recibo mucho correo (aunque cada vez menos comentarios desde la web) preguntándome por tal o cual obra desconocida o la vida y milagros de este u otro autor. Independientemente de que las cuestiones que se plantean sean vagas y poco detalladas: de pequeño vi en la tele una película en la que el chico salva a la chica de unos malvados extraterrestres que la habían secuestrado para hacer experimentos con ella ¿cómo se llama la película?, e incluso a veces se emplea un todo excesivamente imperativo (pobre de mi, como si tuviera que saber hasta el nombre de último técnico de sonido de Star Wars) lo que más me sorprende de estas peticiones es la enorme, inabarcable, pereza mental que demuestran muchas de ellas.

Por lo pronto, cuando se da la circunstancia de que hay alguna pista en forma de nombre de escritor, director o actor, la cantidad de ocasiones en las que viene mal escrito es abrumadora. Spilbert, Azimov, Clark son solo algunos ejemplos. De acuerdo, quizá la premura al escribir y esa endiablada ortografía de los nombres de marcado origen bárbaro sean un problema añadido, de hecho, particularmente tengo muchos problemas para no trabucarme con la h de John, pero una cosa es bailar las letras por descuido o poco dominio del inglés y otra escribir los nombres como alegremente le parezca a cada uno. Se supone que para escribirme se está ante un ordenador con conexión a Internet, ante la mínima duda solo bastan unos segundos para escribir en ese buscador el nombre tal y como se intuye que se escribe, y la máquina se encarga ella solita de sugerir la corrección correspondiente. Esa característica, molesta a veces, es sin embargo una cómoda tabla de salvación cuando se sospecha la posibilidad de estar cometiendo un error.

Claro que ahí ya entra la inmodestia de cada uno, yo, que además de mala memoria tengo siempre la sensación de estar dejando pasar algún error (incluso muy gordo, este mismo artículo es probable que sea un buen ejemplo de malas relaciones públicas) me maravillo ante el aplomo y seguridad que demuestra mucha gente dentro de su propia ignorancia, no hablo ya de no saber que no se sabe, sino incluso de no usar las herramientas de las que se dispone a la hora de averiguar como son en realidad las cosas, eso ya no es ignorancia, es vagancia, pereza mental.

Lo de los argumentos es otro tema recurrente. Es obvio que si no se sabe, se pregunta, y si se hace a un teórico experto mejor que mejor. Lo que me sorprende es que muchas veces, antes de hacer la pregunta no se ha realizado un trabajo de investigación previo. Volvemos al buscador, ya son tan listos que si en vez de términos sueltos escribimos frases en lenguaje natural (eso que hablamos todos los días) prescindiendo de los modismos y el argot demasiado localista, devuelve una serie de resultados que, sin ser precisos, acotan el ámbito de la investigación a unas cuantas páginas que hablarán con más o menos concreción sobre el tema propuesto. La frase chico salva a la chica de unos malvados extraterrestres que la habían secuestrado para hacer experimentos con ella, ojo, escrita sin comillas porque de lo contrario el buscador buscará literalmente esa frase, ofrece unos 10.000 resultados entre los que husmear. Ya tenemos un principio, y ese mismo método he seguido unas cuantas veces para resolver la duda que se me planteaba (ya he dicho que no lo se todo). ¿Qué le habría costado a mi interlocutor hacer lo mismo ahorrándonos tiempo a los dos? Nuevamente la pereza mental explica el asunto ¿Para que voy a trabajar yo teniendo un pardillo que trabaja por mi?.

La pregunta debería ser el último recurso (las horas muertas me he tirado buscando HACIA EL FIN DEL MUNDO, hasta que al fin, me rendí y anduve preguntando por ahí) no la primera opción.

De todas formas soy informático viejo, (pringao howto) y cuando lo que detecto es esa pereza mental sorteo ciertas cuestiones con elegancia.

Y si, esto es un aviso, no me preguntes sin antes haber investigado.

Lo sabré.

© Francisco José Súñer Iglesias
(787 palabras) Créditos