El taller de reparaciones del futuro
por Luis Del Barrio

Hace un tiempo escribí un artículo sobre las impresoras 3D, en aquella época la cosa no estaba del todo desarrollada a nivel comercial pero creo que hoy día quien no tiene una impresora 3D es porque... no la necesita. De momento.

Ya apunté en aquel artículo la idea que desarrollo en este otro, probablemente ya esté sobre la mesa de los jerifantes de alguna que otra multinacional, pero desde aquí la regalo a quien la quiera poner en marcha, eso si, mientras sea honrado y cite la fuente, prometo no meterme en aburridos procesos judiciales siempre que se me ponga como ideólogo del invento. Aunque bien pensado, siempre puede haber algún espabilado que argumente que él ya había puesto en marcha el concepto. Incluso, como comento, que al respecto haya algún proyecto en marcha, e incluso funcionando, la cosa es tan obvia que me da un no se que pensar que he sido el primero en tener la ocurrencia.

Al lío: uno de los grandes problemas con los que se encuentra cualquier taller de mantenimiento, sea grande o pequeño, es el de los repuestos. Cuanto más abarque el taller más problemático será conseguir tener repuestos de todos los aparatos que entren en su catálogo. Normalmente los elementos que se averían suelen ser los sospechosos habituales: esa poleita por allí, ese filtro por allá, esa leva por acá... y los talleres suelen tener el repuesto en su almacén.

No obstante, la ciencia de la logística dice que cuanto menor sea el inmovilizado más rentable será el proceso. O hablando en plata, que de almacenar los repuestos se encargue otro y ya se le pedirá cuando sea necesario. En tiempos era muy común tener que esperar meses a la reparación de algún artefacto porque tenía que llegar la pieza de Alemania. Incluso había una buena cantidad de chistes al respecto. Hoy día, con la tecnología actual, esas esperas ya no serían necesarias, con nuestra flamante impresora 3D y el código de la pieza bastaría darle al botón para reproducirla en poco tiempo (dependerá del tamaño) y acabar la reparación con enorme brevedad.

Hasta ahí el deseo, pero debemos tener algunas cuestiones en cuenta. Por lo pronto el tema de los materiales. Lo normal es encontrarse en cualquier cacharro un buen montón de materiales distintos, aunque a día de hoy los podemos dividir en dos grandes grupos, plásticos (aunque con propiedad habría que hablar de polímeros) y metales, con cada vez más preponderancia de los segundos, que conforman los chasis, cubiertas, aislamientos eléctricos y partes móviles. A los metales les corresponden los temas de electrónica, eléctrica y motorización.

Esto nos lleva a necesitar varias tintas en la impresora: para plásticos rígidos de gran dureza, plástico flexibles y plásticos elásticos, e igualmente otra tinta para metales y otra para semiconductores. La existencia de polímeros conductores supone que muy probablemente se puedan sustituir los metales en su tarea de conductores eléctricos, aunque no se hasta que punto sus cualidades magnéticas (de tenerlas) serían suficientes como para construir motores eléctricos completamente de plástico. De igual modo, también se podría imprimir la electrónica averiada, aunque no se hasta que punto está desarrollado este aspecto, desde luego, la fabricación de circuitos impresos es inherente a este proceso.

Con esto hemos cubierto una parte importante de los casos de sustitución, si bien seguiremos teniendo problemas allá donde las características de los plásticos los haga inviables (temperatura, magnetismo).

Otra cuestión importante es el hecho de que el artefacto sea antiguo y el fabricante no haya codificado la pieza. No es problema, para eso tenemos los escáneres 3D, que harán posible fotocopiar y hasta analizar por espectroscopia el elemento averiado para que sea la propia impresora la que, automáticamente, decida que tintas son las más adecuadas para construir la pieza.

En un escenario ideal, los fabricantes acabarían por diseñar los aparatos de forma que, como he descrito, se pudieran identificar apenas media docena de materiales para simplificar el uso de tintas. Además, las piezas deberían tener un tamaño máximo, se me ocurre que no más de medio metro en cualquier dimensión, para que la impresora no tuviera que ser demasiado voluminosa y la impresión fuera lo más rápida posible.

Una aplicación de esta idea sería en el taller de reparaciones de una nave espacial. Supongamos meses, años, ¡decenios! de tránsito. Cuanto más largo sea el periodo más probabilidad habrá de que se estropee algo. La solución puede ser construir la nave con una robustez a prueba de bombas, seguramente a un costo desorbitado, o hacerlo con una inteligente combinación de materiales que, sin comprometer la seguridad de la tripulación, permita las reparaciones oportunas a base de imprimir los elementos necesarios según lo que he propuesto, y sin la necesidad de tener un almacén de repuestos tan grande como la propia nave. Es más, ni siquiera harían falta unos depósitos de tinta demasiado voluminoso (aunque habrá que contar con la pérdida en el espacio de piezas desprendidas) si los materiales utilizados en la construcción son reciclables (termoplásticos) las piezas pueden ser su propia ave fénix y reconstruirse hasta el infinito.

Antes de que empiecen las pegas y las objecciones: esto no es más un esbozo, un punto de partida. A día de hoy es probable que haya elementos que no se puedan replicar alegremente, o materiales insustituibles en ciertos usos críticos, pero nadie me negará que en la gran mayoría de los casos, con esto que propongo, los costes de logística y las eternas esperas a que la pieza llegue de Alemania se verán grandemente reducidos.

© Luis Del Barrio
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