Engordar hasta reventar
por Francisco José Súñer Iglesias

Cuando leo alguna novelita de la Edad de Oro (o de plata, o de plutonio) se me llevan los demonios porque esa forma de hacer literatura se ha perdido, o al menos olvidado, en detrimento de demostraciones elefantiásicas que maldito bien le hacen a la ciencia-ficción en particular y la literatura en general.

Por un lado los malditos tochos, cantos a la dactilorrea peor entendida, en los que el autor, como un niño hiperactivo, es incapaz de concentrarse en una idea y decide desarrollar las primeras quince o veinte que se le vienen a la cabeza para adornar un argumento central que podrá ser más o menos interesante, pero que inevitablemente acaba sepultado por decenas de historias laterales, vidas ilustres de secundarios prescindibles, sucedidos más o menos graciosos de algún señor de Pontevedra que pasaba por allí y descripciones minuciosas que maldita la gracia que tienen y menos necesidad aún de ponerse en negro sobre blanco. He llegado a descubrir que alguno de estos tochos no perdía en absoluto su sentido saltándose las páginas pares o impares, e incluso una hoja de cada dos, y no solo eso, sino que ganaba en ritmo y agilidad. No tengo claro si esas exhibiciones son debidas a la necesidad del autor de demostrarse a si mismo cuanto ¿y bueno? es capaz de escribir, o a las presiones del editor porque el libro pese (¡en kilos!) lo suficiente como para justificar el precio, aunque es algo que también se consigue a base de aumentar tipografía y márgenes hasta extremos desorbitados.

Hija putativa del tocho es la trilogía. Otro invento del diablo que en la gran mayoría de los casos, de trilogía solo se conforma con el nombre. Una trilogía no es un libro dividido en tres volúmenes. Por mucho que nos empeñemos, EL SEÑOR DE LOS ANILLOS ni es ni fue jamás una trilogía aunque sus tres partes canónicas (planteamiento, nudo y desenlace) se les da por llamar libros, cuando habría que utilizar más propiamente la palabra volumen. Cojan cualquiera de ellos, delos a leer a alguien no avisado y no tardará en detectar que le han dado una obra mutilada. Una trilogía es algo más, pueden ser tres puntos de vista de un mismo suceso, tres historias independientes con protagonistas o motivaciones comunes, o tres ejemplos de vidas ejemplares. EL VIZCONDE DEMEDIADO, EL BARÓN RAMPANTE y EL CABALLERO INEXISTENTE forman una verdadera trilogía, cualquier episodio de la Dragonlance dividido en tres volúmenes, no. Sin embargo, la trilogía se ha convertido en la peste de finales del XX y principios del XXI. La serie Millenium no es una trilogía, es un serial (más bien folletón) como ha venido a demostrar la publicación de su cuarta entrega, ya ni siquiera firmada por su autor original. Las Fundaciones originales no eran una trilogía, sino una antología de relatos ambientados en el mismo universo y ordenados cronológicamente publicada en tres (breves) volúmenes.

Por supuesto, las series interminables también entran dentro de este pequeño museo de la obesidad literaria. Una serie ha llegado al absurdo cuando a) de los sucesos relatados no se infiere una clara conclusión futura; b) lectores entusiastas del inicio de la serie manifiestan un claro desinterés por el discurrir actual de la misma; c) los lectores habituales de la serie entran en pánico al relacionar el punto a) con la avanzada edad del autor; d) se adapta a la televisión. A mi desinterés general por la fantasía, el hecho de que nadie supo darme razón clara del argumento de La canción de hielo y fuego (la idea de que hay un enano hideputa e hiperactivo y que todo el mundo, menos el enano, muere en breve, no se me hace lo bastante atractiva) y oiga, empezar a leer algo que no acaba me parece bastante tonto. Únase a que muchos allegados, aburridos, han perdido el entusiasmo, Martin ya empieza a tener una edad complicada (eso sigue sin acabar y el jodío, encima, se ríe) y ya la tenemos serializada, no queda duda de la decadencia de la misma, lo que no es obstáculo para que se siga vendiendo como churros, son cosas distintas. Otro que tal baila (mal) es un tal Miles Vorkosigan. En este caso las aventuras de Miles y progenie se pueden leer con bastante independencia, y como novelas de evasión funcionan bastante bien, aunque quien sigue la serie me ha comentado que los últimos episodios ya no tienen la chispa de los iniciales, y las hazañas de Miles empiezan a perder credibilidad (dentro de lo creíble que es una obra de ciencia-ficción).

La cuestión es que las novelas de poco más de doscientas páginas, escritas con claridad, con personajes creíbles sin caer en el estereotipo o la náusea vital, en las que una buena idea se desarrolle con precisión, y haya un arranque y un desenlace definidos que no den pie a expansiones posteriores, no están de moda.

La tendencia es engordar hasta reventar, no se si eso es lo que demanda el público en general (hay lectores de un solo libro al año, y para que les cunda tiene que ser muuuy largo) o lo que se le ha impuesto, pero no deja de ser una tendencia de lo más desalentadora.

© Francisco José Súñer Iglesias
(1.019 palabras) Créditos