2001, una película de su época
por Antonio Quintana Carrandi

No hace mucho, cierto amigo mío, no especialmente aficionado a la ciencia-ficción, vio por primera vez 2001, UNA ODISEA DEL ESPACIO. Como era de esperar, la encontró un tanto confusa argumentalmente, pero perfecta y fascinante en lo visual. Mantuvimos una interesante charla sobre el impactante film de Kubrick, en el transcurso de la cual él comentó que, a su juicio, el director había sido demasiado optimista al imaginar los adelantos en materia astronáutica que presumiblemente habría alcanzado la humanidad para comienzos del siglo XXI. Es, ciertamente, una opinión muy común entre los espectadores de esa película, pero también muy distinta de la que, seguramente, tenía el público contemporáneo de la cinta. Estamos en 2015, y es incuestionable que hoy día a mucha gente se le antoja un tanto fantástica la visión que del año 2001 se da en la cinta. Pero en 1968 esa visión parecía lógica y perfectamente plausible. Intentaré explicar por qué en términos sencillos, igual que en su momento se lo expliqué a mi amigo.

Los 60 fueron los años más intensos de la carrera espacial, una década marcada por el enfrentamiento entre Estados Unidos y la antigua URSS por alcanzar la supremacía en el espacio. Ambas superpotencias dedicaron a ese objetivo ingentes recursos técnicos, científicos, económicos y humanos, obteniendo así, en un plazo muy corto de tiempo, sorprendentes avances en el campo de la exploración espacial. Muy pronto tomaron la delantera los estadounidenses, que contaban no sólo con una considerable superioridad financiera y tecnológica, sino también con la enorme ventaja que, para hacer frente a un reto semejante, representaba una sociedad abierta y democrática, caracterizada por una economía de mercado libre, dinámica y muy innovadora. La NASA supo utilizar inteligentemente esa ventaja, y en poco tiempo la Agencia Espacial Americana dejó atrás a los soviéticos. Cuando Kubrick se hallaba inmerso en la preproducción de su película, el programa Mercury ya había dado sus frutos, y el Gemini estaba en pleno desarrollo. Y mientras se rodaba la película, la NASA estaba embarcada en el ambicioso programa Apolo, que llevaría al hombre a la Luna. Los constantes y casi increíbles adelantos tecnológicos fomentaron el interés del gran público por la conquista del cosmos, y cualquier nuevo descubrimiento en este campo, por insignificante que pudiera parecer, levantaba enorme expectación. La euforia por la carrera espacial, el optimismo despertado por los logros de la NASA, se contagió a las grandes corporaciones aeroespaciales, a las universidades, a todos los estamentos científicos y académicos de la sociedad estadounidense. El espacio se convirtió, como había predicho Kennedy, en una nueva frontera, y su conquista pasó a ser una prioridad nacional. Para los políticos era básicamente una cuestión de supremacía ideológica: había que superar a los soviéticos como fuera. Para ingenieros y científicos representaba la oportunidad para desarrollar sus ideas más arriesgadas. Pero para el ciudadano medio estadounidense, que asistía impotente a los graves problemas que enfrentaba su país, tales como la desastrosa guerra de Vietnam y los conflictos raciales, la conquista del espacio devino en una gesta épica que revelaba lo mejor de Estados Unidos.

Estimulados por la competencia con la URSS, los estadounidenses dedicaron enormes recursos de todo tipo a la carrera espacial, y aquello tuvo como efecto el que todo el mundo asumiese que se había iniciado un imparable progreso en el diseño y construcción de vehículos espaciales, que necesariamente habrían de ser cada vez más complejos y perfeccionados. Se despertó así un sentimiento de optimismo entre la gente, que imaginaba un futuro esperanzador para la humanidad allá arriba, entre las estrellas, y que estaba convencida de que conquistaríamos el espacio, al menos el cercano a nuestro planeta, en poco tiempo. Incluso se pensaba que después del primer alunizaje, y tras otros viajes lunares de exploración, los Estados Unidos establecerían una colonia permanente en nuestro satélite natural.

Kubrick recogió todas esas inquietudes en su cinta, presentando una visión decididamente optimista del futuro del hombre en el espacio. Obsesionado con hacer una buena película de ciencia-ficción, que destacara por su realismo, Kubrick consultó a corporaciones aeroespaciales, universidades, ingenieros y científicos para que le ilustrasen sobre los adelantos que, presumiblemente, habría alcanzado la humanidad en el año 2001. El film se estrenó en Washington D. C. el 2 de abril de 1969. Algo más de tres meses después, Neil Armstrong se convertía en el primer humano en pisar la Luna, dando así inicio a una nueva Era en la historia de la exploración más allá de nuestra atmósfera.

2001 no gozó, en principio, del favor del público, que la encontraba larga, tediosa y casi incomprensible, pero los espectadores más jóvenes la acogieron con entusiasmo. Nombres señeros de la literatura de ciencia-ficción, como el maestro Ray Bradbury o Lester del Rey, no ocultaban sus profundas reticencias ante una película muy distinta a todo lo que se había hecho hasta la fecha. Pero los astronautas americanos y los cosmonautas rusos, además de los científicos de ambas nacionalidades, la recibieron con agrado y sorpresa. Por vez primera, el cine lograba plasmar de forma realista los viajes espaciales, ofreciendo una visión del futuro cercano muy creíble. El legendario Alexei Leonov llegó a decir que ver la película de Kubrick había sido para él como volver al espacio por segunda vez. A pesar del rechazo inicial del gran público y de una parte considerable de la crítica, 2001 acabó por convertirse en un éxito, deviniendo enseguida en una obra maestra y en el título más relevante de la ciencia-ficción fílmica.

Si exceptuamos La puerta de las estrellas y la alineación de las lunas jovianas, elementos fantásticos imprescindibles para el perfecto desarrollo de la acción, 2001 es impecable desde el punto de vista científico. El único detalle que su director no pudo prever fue el auge de la microelectrónica, pero aparte de eso, la cinta ni siquiera ha envejecido. Sus efectos especiales, desarrollados en 205 planos y obra en su mayor parte del propio Kubrick, que poseía unos inmensos conocimientos de fotografía, siguen maravillando al público en general y a los profesionales de los trucajes cinematográficos en particular por su realismo y perfección. Cuarenta y siete años después de su estreno, la increíble sinfonía visual rodada por Kubrick resiste perfectamente la comparación con films actuales, plagados de efectos especiales informáticos, y en muchas ocasiones resulta incluso superior a ellos.

A comienzos de la década de los 70 el gobierno americano, que ya había alcanzado su objetivo político primordial, adelantarse a los rusos en la conquista de la Luna, redujo drásticamente los fondos de la NASA, obligando a ésta a poner punto final al proyecto Apolo. No obstante, el optimismo que había caracterizado la aventura espacial en los 60 se mantuvo, pues se pensaba que aquel recorte de financiación era temporal, y se abrigaba la esperanza de que muy pronto la NASA retomara el programa lunar. Pero el paso del tiempo reveló que la agencia espacial estadounidense se había visto obligada a suprimir sus proyectados viajes tripulados a Selene. Pronto quedó claro que no sólo habría que esperar bastantes años para ver a otro hombre en la superficie de la Luna, sino también que deberían transcurrir muchos más hasta que se estableciese una colonia humana permanente en nuestro satélite natural. A partir de ese momento el prometedor futuro mostrado en 2001, que en el momento de su estreno parecía tan cercano, comenzó a perfilarse como algo de lo que todavía nos separaban demasiadas décadas.

Kubrick tituló su film 2001 porque el maestro Fritz Lang había situado la acción de su fabulosa METRÓPOLIS en el año 2000. Cuando llegó el 2001 se produjeron numerosos documentales sobre la visión que del comienzo del siglo XXI se ofrecía en tan memorable cinta. Hubo opiniones para todos los gustos, pero una cosa está clara: si obviamos el año en el que supuestamente se desarrolla la acción, el film de Kubrick sigue siendo plenamente vigente. No se ha producido un retroceso en la exploración espacial, como argumentaron en su día no pocos indocumentados. La exploración cósmica sigue más viva que nunca, pero, a partir de la cancelación del proyecto Apolo, se ha centrado en misiones a distancia, mediante sondas exploradoras y otros ingenios lanzados a la inmensidad cósmica. Las misiones tripuladas han quedado circunscritas, al menos de momento, al espacio cercano. Esto es consecuencia, fundamentalmente, de la racionalización de la exploración espacial. En cierto modo, casi podría decirse que llegamos a la Luna antes de tiempo, en unas condiciones bastante primitivas, y espoleados más por razones de prestigio político que por otra cosa, aunque la NASA fomentó muchísimo el aspecto científico de sus misiones. En todo caso, en los años 60 del pasado siglo se produjo un avance extraordinario en todo lo referente a la conquista del espacio. 2001 fue, por tanto, una película que retrató a la perfección el optimismo que caracterizó todo lo relacionado con la carrera espacial, un film de su tiempo. La ISS parece poca cosa, si se la compara con la increíble estructura vista en la cinta de Kubrick, y otro tanto puede decirse de las naves con las que contamos hoy día. Tampoco disponemos de una base lunar, y parece que pasará bastante tiempo antes de que la tengamos. Pero creo que el futuro descrito por Kubrick en su extraordinaria e irrepetible película se convertirá en una hermosa realidad a lo largo del siglo XXI. Porque, antes o después, el hombre se lanzará de lleno a la exploración del inmenso océano cósmico que nos rodea, como antaño se lanzó, espoleado por el afán de ver qué había más allá, a explorar los inmensos y misteriosos mares de la Tierra.

© Antonio Quintana Carrandi
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