Qué mala es la democracia
por Francisco José Súñer Iglesias

El problema de la democracia, del voto directo, de la distribución de la responsabilidad entre todos los electores es que, asómbrense, ¡puede ganar la opción más desagradable! ¿Qué? ¿Cómo? ¿Que mis sacrosantos valores se van a ver sometidos y desplazados por una serie de ideales algo más allá de lo cuestionable? Pues si, es lo que tiene eso de entrar en un proceso de elección. Es más, desde antes de los romanos ya se sabía que para ganar unas elecciones había que convencer a los votantes, explicarles las bondades de las propuestas, las maldades del rival y, en los tiempos más oscuros, hasta sobornarlos e incluso chantajearlos.

Pues bien, todavía hay ingenuos que se quedan ojipláticos cuando comprueban que los resultados de las votaciones no son los que deberían ser.

El caso es que no estoy hablando de política. Estoy hablando de ciencia-ficción, de aficionados a la ciencia-ficción y de los premios Hugo. Por resumir, desde hace unos años hay montada una gran escandalera porque ciertos grupos de aficionados yankis se han propuesto que la ciencia-ficción que les gusta a ellos (ligera, aventurera, o simplemente afín ideológicamente) sea la que se imponga en las categorías principales, hartos de que hasta ahora los nominados y ganadores sean, en su opinión, elegidos por cuestiones que nada tienen que ver con la ciencia-ficción o representativos de un tipo más reflexivo y literariamente consistente (y porque no decirlo, a veces tan etéreo como plúmbeo, que miren que es difícil, pero se consigue, se consigue).

Se han organizado, han buscado apoyos, han votado y se han hecho muy, muy visibles.

Es la puta democracia. Si, esa misma que aupó a los nazis al poder y que ha hecho de los países nórdicos un modelo envidiado en todo el mundo.

El éxito de estos grupos ha puesto muy nerviosa a buena parte de la intelligentsia tradicional porque, por un lado, son políticamente de corte bastante, por decirlo amablemente, conservador y la batería ideológica de los advenedizo se hace muy cuesta arriba (machistas, racistas, homófobos), por otro, y creo que principalmente, porque ha perdido el control benevolente que hasta ahora mantenía sobre la tendencia de los premios.

He leído un buen montón de cosas al respecto y la verdad es que a cada artículo se me iba haciendo la sonrisa más y más grande. ¡Estos yankis! Son tan implacables como cándidos. Estad atentos, niños, que el abuelo os va a contar una batallita de cuando era joven.

En España tenemos una larguísima tradición de peloteras a cuenta de los premios Ignotus. Rumores y certezas han corrido por los mentideros durante años. El sistema de votación de los Ignotus los hace fácilmente ganables a poco que un grupo organizado se lo proponga: con el procedimiento antiguo, si se conseguía pasar la primera fase de elección de candidatos (algo más complicado porque solo votaban socios de la AEFCFT y asociaciones hermanadas, aunque tampoco nada insalvable) bastaba con reunir un grupo de familiares y amigos relativamente nutrido, inscribirlos en la Hispacón de turno, y rellenarles las papeletas con el resultado correcto. Ahora es más fácil aún. Al no limitar el voto en la fase previa a los asociados, entrar entre los nominados es bastante sencillo siguiendo el procedimiento ya mencionado.

¿Poco ético? Qué decir... se cumple escrupulosamente el reglamento y la limpieza en el proceso de recuento de votos jamás se ha osado cuestionar más allá de la barra de los bares.

Cuando gracias a esto de Internet se unieron a la AEFCFT y a las Hispacones ciertos aficionados que tenían unos gustos bastante distintos a la intelligentsia del momento, y ganaban otros autores y otras opciones, empezaron las malas caras, las críticas agrias y las broncas monumentales (además de sonadas maniobras contralobby). También se empezó a extender insidiosamente el concepto de que los Ignotus eran unos premios populares, es decir, que como los votaba el populacho no valían ni el famoso piedro del trofeo. Algo así como la Liga de Fútbol, cuando la gano yo es el mejor trofeo del Mundo y cuando la gana el otro es un trofeo de segunda, que donde esté la Champions... Hubo una época en la que los Ignotus estuvieron realmente desprestigiados, bajo el epígrafe de popularidad se pretendía convertirlos en un premio irrelevante, chusco, de tercera, pero claro, el problema venía cuando los ganadores tenían cierta entidad, más del gusto de la intelligentsia. Entonces, ¿molaban o no molaban los Ignotus? Es lo que tiene el echar mierda sobre las cosas.

Ahora los Hugo están en una especie de interregno en el que han sido tomados por los bárbaros del norte y la histeria se ha extendido de tal manera que el prevaricar se ve como algo deseable, y se leen propuestas tan insensatas y descabelladas como modificar (en román paladino, manipular) el sistema de votación y recuento para que situaciones como esta no se puedan volver a dar y siempre ganen los buenos.

Vaya demócratas de los cojones, si el resultado gusta, genial, si no, se cambia el sistema.

Pues no, lo que tiene la democracia es que por su propio espíritu abierto permite la irrupción de cualquier fuerza a poco que ésta se lo proponga y se den las condiciones para que sus propuestas sean recibidas con simpatía. El sistema es perfectamente válido, lo que hay que hacer es estar vigilantes, aprovechar sus fortalezas y proteger sus debilidades, hacer campaña, convencer al votante, hacerle partícipe del proyecto y reunir adhesiones porque la opción representada es más atractiva y razonable que las demás.

Cualquier otra consideración es de tal inmadurez que, en comparación, una rabieta de un crío de tres años es todo un ejemplo de sensatez.

Así que ale, a trabajárselo.

© Francisco José Súñer Iglesias
(954 palabras) Créditos