Si algo está bien, mejor dejarlo estar
por Luis del Barrio

El ministerio del tiempo, la reciente serie de ¿ciencia-ficción? de Televisión Española, sin entusiasmarme, me está agradando bastante. Una idea cuestionable pero que funciona, como el del pozo temporal con puertas a distintos lugares y épocas del Reino-Imperio-Estado Castellano-Aragonés-Español, unas tramas a veces traídas por los pelos, pero entretenidas, unos personajes algo vacilantes pero bien diferenciados entre si, unos decorados entre lo chistoso (el propio ministerio es deliberadamente casposo) y el quiero pero no puedo, y lo más importante, una clara evolución a mejor de episodio en episodio, donde los argumentos se van complicando pero haciendo más sólidos, los actores cogen el aire de sus personajes y la ambientación general, si no mejora, por lo menos queda en un segundo plano ante el progreso de los dos primeros aspectos.

Pero lo mejor de todo, lo que me hace respetarla como serie, con todos sus defectos y aspectos mejorables, es que se trata de una serie adulta, no encontramos niños repelentes, ni adolescentes agilipollaos, ni marujas chillonas, ni abueletes cascarrabias (bueno, está Jaime Blanch, pero es otro nivel). Nada de eso, todos los personajes están bien entrados en años, con la excepción quizá de Amelia Floch, todos tienen su buena experiencia vital, todos está bien perfilados y se conocen a si mismos lo suficiente para, sin renunciar a sus principios, evitar que les paralicen absurdos dilemas morales que, como se demuestra en el día a día, muchas veces no sirven de mucho.

Pues bien, leo asombrado que un directivo de Televisión Española, José Ramón Díez, durante el anunció de la renovación por ocho episodios más de la serie, declaró que Vamos a pedir a la productora que la haga más accesible. Ya sabemos lo que eso significa, si ahora el tratamiento del humor es más bien irónico y sarcástico, los guionistas deberán pensarse en la deriva hacia lo chabacano y bobalicón, si como he dicho los personajes son todos adultos, con sus pelos ya crecidos donde corresponde y la cabeza en general bien amueblada, deberán dejar hueco para que imberbes (en sentido literal y figurado) de todas las edades y condiciones acaparen la atención y echen a perder trama tras trama.

Entro en pánico solo de pensar lo que sería que un tierno (pero sanamente estrangulable) querubín, en plena rabieta pre-adolescente, se internara por alguna de las puertas, la del acueducto de Segovia por ejemplo, y metiera la pata hasta el punto de echarlo abajo, no hay más que recordar que ahí va todo piedra sobre piedra. Naturalmente, para rescatar al terrorista infantil, todo el Ministerio debería movilizarse, dejando tareas más serias de lado, poner en grave peligro sus vidas y reconstruir el acueducto, para acabar metiendo al chaval en la cama con un vaso de leche, unas galletas y una paternalista charleta sobre la responsabilidad.

Supongo que habrá formas de conciliar todas las necesidades: el tratamiento que hasta ahora se le está dando a la serie con la inclusión de algún que otro personaje con el que se puedan identificar según que sectores. Sin dejar a los niños, se me ocurre que en realidad la infancia, hasta el siglo XX, no era precisamente una edad fácil, el índice de mortandad era elevadísimo, la explotación y el abuso infantil estaba a la orden del día, un superviviente a esas condiciones de vida seguro que daría más de una sorpresa en cuanto a madurez y seriedad. Un uso inteligente de esas características podría dar mucho juego, pero por favor, no queremos a Los Serrano yendo y viendo por el tiempo, nada de niños repelentes, adolescentes agilipollaos, marujas chillonas, ni abueletes cascarrabias.

© Luis del Barrio
(605 palabras) Créditos