El problema de la libertad
por Jesús Poza Peña

La libertad, ay, la libertad. Siempre en boca de aquellos que no la aprecian. Se utiliza el término libertad como si fuese una materia prima inagotable, algo de lo que hacer uso a capricho. Y sin embargo no hay un bien más escaso. En el mundo del homo sapiens la libertad acostumbra a brillar por su ausencia. Nuestra Historia está colmada de épocas de tiranía, absolutismo, esclavitud, populismo y colectivismo. La libertad es la excepción, no la norma.

Cabe preguntarse por qué, si tanto amamos la libertad, tendemos a crear sociedades en las que escasea. Y es que la libertad lleva indefectiblemente asociada otra cualidad: la responsabilidad. La libertad no puede sino ser individual, en el momento en que se finge colectiva, pierde su alma, porque: ¿quién decide por los demás qué escoger o qué es lo mejor para un individuo si no es el propio individuo? Sólo uno mismo puede escoger lo mejor para sí, dado que no hay dos seres humanos exactamente iguales. Por esta misma causa sus decisiones son sólo responsabilidad de él mismo.

Sin embargo esa responsabilidad individual es una pesada losa. Resulta mucho más cómodo cejar de nuestra responsabilidad personal. La vida del esclavo, un hombre forzado a perder su libertad, o la del siervo, aquel que cede su libertad a cambio de alguna prerrogativa, son mucho más fáciles que las del hombre libre. Ni el esclavo ni el siervo son dueños de sus decisiones, ni responsables de éstas. Tienen un amo que decide por ellos. Mientras que el hombre libre acarrea sus errores, y estos le pesan en la conciencia, duelen, arden y no se extinguen mientras tenga memoria. Ser libre significa vivir con tus propios errores.

El siervo desiste de su libertad, en pos de aliviar su responsabilidad. Y no gusta de otros que la ejercen, porque le recuerdan su propia dejación. Ésta es una artimaña muy habitual en las ideologías colectivistas, las que enarbolan la igualdad, no la igualdad ante la ley, sino la igualdad personal como bandera. Me quedo con esta frase reciente de Rodríguez Braun, que lo expresa con maestría: la desigualdad, por tanto, no constituye ningún desafío, porque las personas no sólo no luchan contra la desigualdad sino que en cierto sentido puede decirse que luchan en favor de ella, porque todas las personas desean mejorar su propia condición, mientras que no todas lo logran en la misma medida.

Algo similar ocurre en nuestro pequeño universo literario. Se alzan voces en contra de Kindle y reclaman el filtro del editor, que, a modo de estado colectivista, decide por nosotros qué es bueno para leer y qué no. Y nos hace a todos iguales, dado que sólo podemos elegir entre lo que él nos ofrece. No me cabe duda de que Kindle es una herramienta imperfecta, pero aún peor es dejar nuestra libertad de elección en manos de una élite, las editoriales no son otra cosa, como bien sabe todo aquel que ha tratado con ellas en algún momento. Tampoco dudo de que la inmensa mayoría de lo que se ofrece en Kindle es pura basura, pero ahí es donde entra la responsabilidad personal en juego. Es mucho más sencillo esperar a que otros, investidos del supuesto poder de la editorial, nos digan qué es bueno para leer. Pero ni las elecciones de las editoriales son inocentes (véase el caso de los cazafantasmas), ni mucho menos acertadas. Un descubrimiento como el de GEL AZUL, de Bernardo Fernández, parece corroborar la confianza en las editoriales. Pero cuando alguien lee algo como las novelas de Javier Bolado, ¿puede extrañarnos que publique lo primero que se le ocurra en Kindle? Y se supone que las obras de Bolado tienen detrás un editor que las ha leído y seleccionado.

Se habla de la crisis de la ciencia-ficción, pero ésta no existe. Nos encontramos ante una oportunidad como no ha habido otra. Nadie, nunca más, decidirá por nosotros qué leer y que escribir si nosotros no se lo permitimos. El mundo de las editoriales, los grandes autores y el control oligárquico de la Literatura ha muerto, igual que ha muerto el negocio del disco en la industria musical. Sí claro, van a defenderse, todo el problema de Google News ha puesto de manifiesto lo mezquino de la prensa española y su bochornoso mercadeo con el poder, del mismo modo que las subvenciones y las cuotas de pantalla estrangulan y arruinan el cine. No importa, es una batalla perdida. Nadie va a volver a comprar discos o a ir al cine porque le apetezca al gobierno y sus amiguetes. Su oligopolio está muerto, o al menos, herido de muerte. Y sólo volverá si hacemos dejación de nuestra libertad como lectores y escritores.

También es evidente que el precio de la literatura tiende a cero. Es tan abundante, gracias al incremento de libertad que supone una Internet libre, que ya no estamos dispuestos a pagar por ella. Los libros en papel no son otra cosa que regalos de Navidad, pisapapeles y fondues que adornan las estanterías y que apenas nadie lee. Pueden venderlo al precio que queremos los clientes o no vender. Tan iluso es el que publica en una editorial pensando que se va a convertir en Asimov, como el que piensa que va a dar el pelotazo en Kindle.

Siempre será mejor decidir por uno mismo que dejar nuestra libertad en manos de otros, a pesar de todos los lobbies del mundo y de todos los chapuceros que por ahí pululan. Es más duro, más difícil, porque nuestras elecciones sólo dependen de nosotros. Es molesto, porque no hay un editor al que culpar y porque nos exige un gran esfuerzo. Pero siempre queda el autor y las opiniones, porque si el sistema funciona en Google Play, en App Store y en Booking, ¿por qué no va a funcionar también en el mundo literario?

© Jesús Poza Peña
(979 palabras)