Especial Decimoctavo Aniversario
Cosas Raras
Especial Decimoctavo Aniversario
por Jesús Poza Peña

¿Pero qué tiene que ver el sexo con la ciencia-ficción? Miren ustedes, el sexo tiene que ver con todo lo que hay sobre la Tierra. ¿Y también en las estrellas? Pues sí. Hasta el infinito y más allá. En realidad la ciencia-ficción está completamente impregnada de sexo, hasta alcanzar la más pura extravagancia.

Se diría que el sexo en la ciencia-ficción no es, a priori, uno de sus principales temas. Sin embargo, echando un vistazo más detallado se observará que la afirmación anterior está totalmente equivocada. No hay más que ver esas princesas marcianas en apuros. ¿Qué es eso sino sexo? Todo el space-opera está plagado de heroínas de mayor o menor atractivo. Para la leyenda queda el comentario de George Lucas a Carrie Fisher durante el rodaje de LA GUERRA DE LAS GALAXIAS: en el espacio no hay sujetadores sentenció el genio de la lámpara aunque años más tarde le pusiera a la princesa uno de acero en EL RETORNO DEL JEDI.

Y hablando de esta película: queda en ella insinuada la relación entre la propia Leia y el repugnante Jabba el Hutt, especie de babosa gigante rodeada siempre de bellas bailarinas. Tal fue la impresión de la lengua del bicharraco arrimándose a la bella princesa que ha quedado en el inconsciente colectivo, como demuestra el hecho de que Lorna, el personaje de Azpiri protagoniza alguna tórrida escena en el cubil de Mouse, su propio Jabba el Hutt. También había danza del vientre en el exitoso videojuego basado en la sala galáctica Caballeros de la Antigua República, uno de los pilares en los que Bioware ha cimentado su clamoroso éxito. De hecho, han hecho del sexo una de sus banderas y el uso que se hace del mismo en su saga de ciencia-ficción, Mass Effect, es reconocido mundialmente como un signo de madurez.

Así es, querido lector, ese sexo con alienígenas de rotundas formas humanoides y el convertir el objeto de deseo del personaje jugador en una misión más del juego se ha tomado como signo de madurez. Pero pruebe usted a llevarle a un editor una novela con personajes similares a las féminas de Mass Effect y se encontrara con la cantinela de siempre: estos personajes son caricaturas, carecen de psicología, son planos... Como muestra, valga el botón de Peter Hamilton y las acidas críticas cosechadas por su saga de la Commonwealth y su hermosa Mellanie.

No, en novela el sexo tiene que caracterizarse por otro tipo de elementos, dicen los que controlan este negocio. El sexo mueve a Winston Smith a rebelarse contra el Gran Hermano, el deseo hacia la neumática Lenina Crowne llevará a Bernard Marx a su propia catástrofe en UN MUNDO FELIZ. Ambas obras maestras tienen de trasfondo al sexo y al amor como fuerzas universales. Pero no de detiene ahí la obsesión de los grandes por esta materia; por algún motivo en el espacio resulta muy fácil encontrar pareja y en muchas ocasiones sin las desventajas de los celos o la muy humana pasión de la posesión; véase CITA CON RAMA, de Clarke, o PÓRTICO, de Pohl, donde se pasan los viajes espaciales escondiéndose unos de otros dentro de una cápsula minúscula para mantener relaciones sexuales, y donde el protagonista acaba reconociendo a su psicoanalista artificial que para él todo lo sexual está relacionado con su propia penetración anal porque de niño, su madre, que luego murió, le ponía el termómetro en salva sea la parte, y él asocia estos maternales cuidados con el amor.

Pero cuánto daño ha hecho el psicoanálisis al mundo...

Ya se ve que esto del sexo puede llegar incluso a lo ridículo. En la película de 1977, ENGENDRO MECÁNICO, Julie Christie es secuestrada por su propio superordenador con el que tiene... ¡Un hijo! Es tal lo risible de esta premisa que la cinta llegó a ser objeto de parodia a manos de Los Simpson, cuando un ordenador con la voz de Pierce Brosnan trata de seducir a Marge y de quitarse de en medio a Homer asesinándolo con el triturador de la cocina.

Siguiendo con cosas raritas ahí está todo un género de manga japonés: el Hentai de tentáculos, en el que alienígenas y demonios de todo tipo, dotados de pseuodópodos de fálicas formas, se enfrentan a jóvenes japonesitas que, habitualmente, son derrotadas, propiciando la consabida escena de palpos por los orientales cuerpecitos.

Pero sin duda el colmo de lo grotesco lo alcanza el mismísimo Heinlein que en TIEMPO PARA AMAR hace a su protagonista regresar atrás en el tiempo para ni más ni menos... ¡Acostarse con su propia madre! De verdad que tildar al autor de esta singular escena o de la desinhibida, en lo que a sexo se refiere, FORASTERO EN TIERRA EXTRAÑA, de fascista o ultraconservador es un sinsentido. Pero esa, amigo lector, es otra historia.

© Jesús Poza Peña
(806 palabras)
Jesús Poza Peña es escritor