Especial Decimoctavo Aniversario
En los tiempos de la censura
Especial Decimoctavo Aniversario
por Ángel Torres Quesada

Como los tiempos han cambiado, me remonto a mi comienzo en Bruguera, allá por el año 1971, cuando fue publicada mi novela: LA AMENAZA DEL INFINITO, que firmé con mi segundo seudónimo: A. Thorken. El que utilice en Editorial Valenciana, para UN MUNDO LLAMADO BADOON, fue Alex Towers. Como en Bruguera ya había un autor de apellido Torres en inglés, me pidieron que eligiera otro y elegí el arriba mencionado.

Por aquellos años existía la censura, claro, pero algo menos dura que la anterior inplantada por el Régimen, que para colmo llegó a prohibir la importación de los cómics de Supermán editados en México, arguyendo que sólo los Ángeles podían volar. Por supuesto, por aquellos años no se permitían ciertas libertades ni palabrotas al uso de hoy, nada que molestara a los mandamases del Movimiento y demás jerarcas, entre ellos los eclesiásticos.

Poco a poco me fui enterando de las normas que la editorial estaba obligada a cumplir, por ejemplo que el chico y la chica no se fueran a la cama si no estaban casados, y la escena debía terminar cerrando ellos la puerta del dormitorio. Los besos, si los había, debían ser sugeridos con delicadeza, no explicados con todo lujo de detalles.

En una de las visitas que hice a la editorial, ubicada en la calle Camps y Fabres, mientras tomábamos un café en la cafetería de la empresa, tuve una larga e interesante conversación con uno de los responsables de los bolsilibros, cuyo nombre no recuerdo. Lástima. Era una persona amable y locuaz. Me contó que enviaban a la censura cada semana alrededor de 30 originales de bolsilibros, de todos los géneros que publicaban. La autorizaciones o prohibiciones del censor de turno se las daba en un plazo de dos o tres días. Le pregunté cómo una persona podía leer en tan poco tiempo tantos bolsilibros. Me respondió que esa pregunta ya se la había hecho él y seguía sin haber podido desvelar el misterio. Mi respuesta fue que el censor de turno sólo leída dos o tres novelas, y mi interlocutor estuvo de acuerdo.

Cuando escribí ENEMIGOS DE LA TIERRA, novela en la que aparecieron Alice Cooper y Adan Villagran, colé algunas escenas que desafiaban a la censura. En el primer capítulo insinúo que Adan estaba enamorado de su comandante, pero éste no era un hombre, como podía sospechar el lector, sino una chica de buen ver. Una belleza, vamos. Creo que esta novela no fue leída por el censor, porque si hubiera revisado las primeras páginas tal vez le hubiera estampado el sello de rechazada.

En LOS CONQUISTADORES DE RUDER es Alice quien osa desafiar a la censura, cuando se entrevista con el dictador de turno, que es retransmitida a todos los planetas subyugados. La comandante, para demostrar a la sometida población que el tirano no es un ser humano sino un robot con apariencia humana, se desnuda mientras conversa con él. Como el falso macho no se inmuta ante la escena striptease, la trama urdida para engañar al pueblo es descubierta y la dictadura se viene abajo.

Años más tarde, cuando llegó la democracia, la cesura pasó a mejor vida, el mundo gráfico se desmelenó y aparecieron toda clase de revistas y libros de despelote y demás.

Los colaboradores de Bruguera, a principios de 1981, recibimos una circular en la que se nos decía que la colección La conquista del Espacio seguía bajo los parámetros establecidos desde su fundación, aunque se nos permitían ciertas licencias. A la vez se nos pedía que los originales que enviáramos para Héroes del espacio debíamos apretar la tuerca del erotismo. Teníamos libertad para desmelenarnos.

La siguiente novela que envié, AMENAZA A LA TIERRA, contenía escenas fuertes, de elevado erotismo. No recuerdo cuáles ni cómo fueron, qué nivel alcanzaron; tendría que volver a leerla y no dispongo de tiempo. Imaginen lo que quieran. Todo siguió por este camino hasta que la empresa entró en bancarrota y los autores nos quedamos sin cobrar. Hablé con un par de colegas y uno de ellos me dijo que le debían casi un millón de pesetas. La deuda que la editorial tenía conmigo no era tan alta, creo que estaba cerca de los sensenta mil duretes. Así fue la desaparición de un gigante. El Grupo Zeta se quedó con los restos de la fenecida Bruguera.

Para terminar, estoy pensando reanudar La memoria estelar, qué caramba. Con los años me estoy volviendo flojo, un vago redomado. Quizás la culpa la tenga la inminente desaparición del universo Gutenberg, ya saben. Se me acaba de ocurrir que el tema de la próxima Memoria podría ser éste. A ver si me pongo en marcha, que mi mecanismo de la imaginación anda un poco alicaído.

© Ángel Torres Quesada
(787 palabras)
Ángel Torres Quesada es escritor